COLUMNISTAS FINANZAS GLOBALES

Londres, el rubor de ya no ser

La capital británica ha dejado de ser el corazón financiero del mundo. Superada por Nueva York, los especialistas creen que el descenso de la City se debe más a errores propios que a virtudes de Wall Street.

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Desplazada por Nueva York, por única vez en siete años, Londres ha dejado de ocupar el primer lugar como centro financiero del mundo.
Al Indice de Centros Financieros Globales (GFCI) lo comunica semestralmente la consultora británica Z/Yen Group. En 2008, uno de los participantes del estudio explicó que se trabajaba sobre la base de “una combinación de bajos costos, régimen tributario favorable, sistema legal transparente, ubicación geográfica atractiva, una imagen de país positiva y expertos especializados”.

Wall Street acumula 786 puntos en una escala de mil, sobrepasando por dos a la City of London (o “square mile”, porque su superficie orilla la milla cuadrada), que redujo su puntaje de 794 a 784. El distrito financiero inglés ocupa el lugar del primitivo asentamiento romano, que fue aniquilado por el gran incendio de 1666.

Reconstruido bajo la supervisión del arquitecto Christopher Wren, 52 iglesias permanecen enhiestas como espigas. Frente al desalojo de la “pole position”, la Catedral de San Pablo (única de estilo renacentista), la Torre de Londres y el Tower Bridge se sonrojaron bajo las llamas tenues del pudor crepuscular.

El presidente de Z/Yen (Michael Mainelli) ha subrayado tanto que esos dos puntos son estadísticamente irrelevantes cuanto que pueden marcar un punto de inflexión. “Londres parece estar tocando fondo”.

El retroceso está enraizado en varios goles en contra, más que en aciertos ajenos. Los especialistas coinciden en afirmar que desde el comienzo de la crisis económica en 2007, Wall Street no ha mejorado al menos de manera visible los disimulos de su maquillaje. Cruzando el mar, se escucha la voz de Javier Solís tremolando: “que es un escándalo dicen…”. En realidad, se trata de varios, y a ellos se añade algún ingrediente adicional.

Un recuento no puede omitir la adulteración de la tasa Libor (interbancaria de correspondencia de Londres), la manipulación de los tipos de cambio y valores de referencia financieros, y el camuflaje de las pérdidas comerciales. Tampoco los pagos que deben afrontar algunos bancos y compañías de tarjetas de crédito por la venta irresponsable de seguros de cobertura de pagos. La base del truco consistía en empotrarles a personas que no lo requerían pólizas que aseguraban el pago de deudas si el deudor moría (o sufría otro tipo de percance que le imposibilitara cubrir el crédito).
Las modalidades radicaban en emboscar el carácter opcional del seguro, en hacerlo condición del crédito sin que el cliente fuese informado y en tapiar los hechos que hubiesen vuelto “no elegible” al deudor llegado el caso de tener que recurrir al seguro –como por ejemplo ser un trabajador independiente–. Tampoco le hizo un favor a la reputación de la plaza el caso del “trader” francés Bruno Iksil, quien de lunes a jueves especulaba desde la City por cuenta del JP Morgan, travestido como la “ballena de Londres” o “Voldemort” –según se lo conoce en el microclima de las finanzas– y los fines de semana, retozaba en su nidito parisino con su mujer y sus cuatro hijos. Promediando el 2012, mientras se subía al Eurostar camino a la capital de Francia, Voldemort dejó tras de sí un “muerto” de cerca de dos mil millones de euros por operaciones de alto riesgo en el mercado de derivados. Le hizo un flaco favor a la plaza y un agujero al crédito del JP Morgan en los Estados Unidos. En esos momentos, su consejero delegado Jamie Dimon intentaba persuadir al gobierno norteamericano para que cejara en su intento de introducir normas restrictivas para regular las operaciones de alto riesgo de los
grandes bancos.

Ultimo, aunque no menos importante, tampoco es un estímulo el referendo 2015 para constatar si el Reino Unido deja o no la Unión Europea. No es lo mismo abrir y cerrar la heladera cuando uno es esposo de la dueña de casa que cuando uno está de visita, divorciado ya. La economía de la Unión Europea es la más grande del mundo.

Según la multiplataforma de negocios, economía y actualidad chilena “Pulso”, en el ranking de Z/Yen Group califican sólo cinco ciudades latinoamericanas; en el 25º puesto figura Buenos Aires, que desde la última edición trepó 21 puestos y sumó sesenta puntos, constituyéndose en la ciudad que más aumentó su puntaje de los 83 centros financieros tomados en consideración. Siguen San Pablo (puesto 38º), Río de Janeiro (45º), ciudad de Panamá y ciudad de México. Hay que tener en cuenta que el ranking es sólo sobre el sistema financiero, lo que hace que trabaje como algo absoluto, y que el contexto es el de una política monetaria global laxa con el objetivo de abortar una nueva gran depresión. Pero esa, como diría Rudyard Kipling, es otra historia.

El “Big Bang” de la City de Londres alumbró el 27 de octubre de 1986, y se denomina así al fuerte crecimiento de los servicios financieros con posterioridad a las desregulaciones de la industria originadas durante la administración conservadora de Margaret Thatcher. En dicho año, el Reino Unido exportó unos dos mil millones de libras de servicios financieros y veinte años más tarde alrededor de 23 mil.

Tanto cambiaron las cosas que la Bolsa de Londres pasó de un flemático horario que comenzaba a las 9:30 horas, culminaba a media tarde, salpimentado con un par de rigurosas horas para almorzar, a otro que comienza a las 7:00 am, termina a las 18:30 y permite interactuar con los mercados asiáticos a primera hora londinense y con los americanos a última. Más aún: en 1975, el Banco de Inglaterra exigía que todos los del distrito financiero estuviesen a diez minutos a pie de la oficina del gobernador del banco central británico, para que en caso de crisis y convocándolos con media hora de anticipación, el jefe del Banco de Inglaterra pudiera tener a sus pares del sistema frente a frente. Se decía (Peter Day) que “el gobernador podía manejar la City con simplemente levantar sus cejas”.

Desde el punto de vista estrictamente técnico, hasta entonces existían los “brokers”, que actuaban como agentes de inversores, y los “jobbers”, que completaban el mercado manteniendo posiciones en valores por cuenta propia. Desde los cambios se pasó a un sistema de capacidad dual, donde los creadores de mercado no sólo cotizan precios de valores concretos, sino que también actúan como agentes (los “jobbers” y los “brokers” existentes se fusionaron con bancos nacionales y extranjeros). Adicionalmente, un mercado basado en el parqué (ubicación física de la Bolsa de Valores) se transformó en uno basado en la pantalla (computadoras y telecomunicaciones).

La “revolución” modificó el horizonte edilicio de la ciudad. Canary Wharf, una baldía zona de muelles en el este, fue el almácigo donde germinaron palaciegos rascacielos para proveer a bancos globales de pisos donde transar. Los fondos de cobertura (“hedge funds”) buscaron en el oeste oficinas boutique, y hacia el norte, en Marylebone, BNP Paribas emplea un staff de más de tres mil personas, muchas de ellas extranjeras (el 35%), algo menos de la mitad francesas.

Dentro de este marco general, el hálito de club se mantuvo erguido. La “red Schroders”, un conjunto de ex ejecutivos de la banca de negocios británica con espíritu de grupo “que domina las salas de juntas de la City” (Patrick Jenkins) ha dado mucho que hablar, articulando el viejo estilo con los nuevos tiempos. James Bardrick, uno de sus miembros, expresa que “unas pocas cosas acerca de Schroders eran muy diferentes. No era estirado, era variado. Empleó gente súper brillante, de señalada elegancia y alguna intachable e integralmente educada gente como yo”. Da la idea, comprendida la proverbial altanería, tan añeja como el tradicional
arrojo inglés.

En la misma cuerda, sir David Walker –que se esforzó entre bambalinas en los ‘80 para reformar la Bolsa– expresó: “En su tiempo un círculo virtuoso, soportado por una regulación sensata, (la City) se ha desarrollado de modo tal que Londres es más que una red: ha devenido un nudo y es muy dificultoso desenredar un nudo”.

Durante los próximos meses, Londres deberá lidiar con ello si desea volver a ser el primer centro financiero del mundo



Rafael Bielsa / Federico Mirré