COLUMNISTAS SIMBOLO DE LOS 70

López Rega en el recuerdo

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Junio es mes de aniversarios y de recuerdos movilizantes. El 9 de junio de 1989, hace 26 años, apenas un cuarto de siglo murió José López Rega, “el Brujo”, “Daniel” o “Lopecito”, ex cabo de la Policía Federal. Primero mayordomo y después mano derecha de Perón cuando regresó  definitivamente a la Argentina, muy enfermo, castigado por un antiguo cansancio, una deficiencia cardíaca y muchas nanas serias en su cuerpo. López Rega fue el filtro perfecto que buscaba Perón: nadie podía visitarlo sin su anuencia.

En una revisión a fondo del pasado reciente, López Rega, un símbolo nefasto, expresión de la desmesura gigante que se vivió en la Argentina a lo largo de los años setenta, ha pasado un poco al desván. El colega Marcelo Larraquy lo rescató en un libro excepcional. Del olvido son responsables las organizaciones de derechos humanos que consideran que la etapa a revisar es a partir del comienzo de la dictadura militar y no desde el retorno complejo y oscuro de Perón. E incluso de antes, desde las primeras acciones de los grupos guerrilleros

Durante bastante tiempo, los que santifican a Perón consideraron que López Rega actuó por su cuenta y riesgo. Los hechos demuestran lo contrario. El ex mayordomo cumplió con los guiños  cómplices y las órdenes del general. En 1973 Argentina era la expresión desbordada de un país sin rumbo, donde primaba la desorientación de los militares, el pánico de los civiles y la existencia de grupos guerrilleros dispuestos a tomar el poder. Y en el medio una economía que no lograba encontrar su eje.

Para ese año las únicas entidades armadas que presionaban (las otras se habían ido diluyendo) con importante cantidad de seguidores eran Montoneros y el ERP. Al comienzo Montoneros mantenía una ideología de extrema derecha, pero luego fueron ingresando católicos revolucionarios y representantes de la izquierda argentina, incluso ex comunistas. En la mayoría de los atentados se delegó la Inteligencia de las acciones en Rodolfo Walsh, de las ex FAR, que mantenía todo un pelotón de ayudantes. En el ERP primaba una mezcla de indigenismo y de marxismo que a algunos les hizo rememorar propuestas trotskistas (empero, la mayoría de los trotskistas rechazaron el foquismo revolucionario, el “elitismo armado”). Todos habían encontrado amparo, dinero, custodia, instrucción  y hasta guardería para sus hijos en Cuba, que anhelaba incendiar América Latina para no quedar sola frente a Estados Unidos.

Perón que había pisado Buenos Aires con ánimo de profundizar la puesta en marcha de un Pacto Social comenzó a cuestionar a todos los “armados” y al mismísimo Cámpora, su ex delegado, que los había amparado. Tras el asesinato de Rucci, Perón prometió actuar con lo que consideraba “desviaciones” con la ley o fuera de la ley. Autorizó las posibilidades de acciones paralelas a los límites legales del Estado. Algo similar al Somatén, creado por el dictador español Primo de Rivera y disuelto por la Segunda República en 1931. Somatén es una expresión de origen catalán: som atents (estamos atentos), un grupo salvaje y violento, impune, al servicio del jefe supremo que no pedía permiso para acabar con alguien o con grupos adversarios. Perón fue quien ungió a López Rega como responsable del Somatén criollo. Desde el Ministerio de Bienestar Social, en combinación con jefes policiales, personal de las fuerzas armadas y la colaboración de militantes de la extrema derecha creó las Tres A, la Alianza Anticomunista Argentina. Estos asesinos cargaron en su haber con más de 4 mil muertos y participaron de una guerra encubierta.

Muchos de sus integrantes se sumaron como torturadores y gente de acción durante los tiempos de la dictadura, a partir de 1976. Huyó López Rega tras la reacción sindical frente al “rodrigazo”, se lo ubicó diez años después en Estados Unidos y fue juzgado en tiempos de Alfonsín como responsable del terrorismo de Estado.

*Escritor y periodista.



dmuchnik