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Los adictos

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Los adictos que se reúnen periódicamente en la Biblioteca Nacional admiten en una carta abierta su dolorosa recaída. En un lenguaje denso que obliga a releer cada párrafo, propio de las personas que abusan del consumo excesivo de eslóganes como “tributan al imperio” y de palabras tipo “espesor”, confiesan que a pesar de los veintidós años de uso intensivo del poder necesitan seguir inyectándose peronismo.

Importada la pasta base de Italia, cortada y mezclada en el país por militares y civiles golpistas, el peronismo prometía “la felicidad del pueblo” y parecía no tener contraindicaciones. El reparto haría de cada ciudadano un hombre libre, justo, soberano, nuevo, a estrenar.

Los primeros síntomas de abstinencia ante la escasez reavivaron una lucha salvaje entre bandas que conseguían y distribuían sólo a sus clientes. Con los años, los jefes de los carteles se repartieron el territorio para comercializar lo “paco” que quedaba de la pasta base.

Recordar los hechos es inútil. Los adictos solo ven en la historia culpas siempre ajenas, “oligarquías”, “especuladores”, “sinarquías internacionales”, “corporaciones” y razones para seguir consumiendo por la “liberación”.

En los momentos de lucidez, algunos reconocen criminales y delitos que llaman “errores”, pero basta que aparezca un diller joven, “renovador”, para que se enganchen nuevamente.

Así, toda humillación se “relata” y se justifica. Rebajarle la mínima a siete de cada diez jubilados, en relación con la inflación acumulada, y decir que se les dio aumento. Aceptar que un matrimonio de empleados públicos, Néstor y Cristina, sume una fortuna de 80 millones de pesos –más los dos millones de dólares que compró Néstor en “extasis” antes de que aumenten– y pedirle ahora a los sindicatos que “moderen” sus reclamos.

Nada importa, ni matar ni morir, ni López Rega, ni Firmenich, ni Rucci, ni Manzano, ni Menem, ni Boudou, ni Báez, ni los capos sindicales informantes de la dictadura, ni Saadi, ni Insfrán, ni Alperovich, ni los señores feudales, todos multimillonarios en nombre de la “causa nacional y popular”. Nada, nada importa cuando se trata de conseguir una dosis de “justicia social” que los devuelva al ensueño de una vida heroica y los aleje de la sencilla realidad.
La lista podría ser larga, hay tambien montoneros cómplices de la dictadura, hay una tira interminable de ladrones, hay muchos responsables de la vida miserable que han llevado durante decenas de años, y llevan, millones de pobres y de personas “ajusticiadas” socialmente en villas, pero... cuidado, antes de lanzar datos como piedras, revisemos las caídas propias. ¿Quién, en este país, no se ha dado un saque de peronismo, blando o duro, en cualquiera de sus envases? ¿Quién?

Mirémonos todos al espejo, entonces. Para contar lo que se ve sin tratar de empañarlo con el aliento de la épica ni con el “espesor” de la metáfora. Las expertas organizaciones de autoayuda advierten que la recuperación requiere de esfuerzos y compromisos a largo plazo. La receta es cariño, contención, reparar el vacío espiritual, elaborar proyectos, reparar la autoestima dañada, aceptar que otros pueden sentir y pensar diferente aunque no sean intelectuales, evolucionar, recordar, crear, crecer.

Es duro, claro, pero la buena noticia, al parecer, es que tratándose de un país todavía adolescente que sólo ha consumido peronismo durante 60 de sus 200 años, las esperanzas de lograr vivir sin depender de que otro venga a contarte otra vez su historia para que no puedas hacer la tuya, son altas.

En ese sentido, el documento de los adictos de la Biblioteca debe leerse como una contribución a salir del infierno. Ellos están diciendo: “Miren a lo que hemos llegado “. La devolución debiera ser: “Gracias por tu confesión, hermano, estamos juntos, saldremos juntos de esto”.

*Periodista.



Carlos Ares