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Los animales como críticos literarios

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Hay un relato de Juan Rodolfo Wilcock en El estereoscopio de los solitarios donde una gallina actúa como una editora infalible. Una importante editorial italiana decide deshacerse de todos los editores, de gustos falibles, melancólicos e influenciables, y sustituirlos por una gallina, a la que dejan sola dentro de una habitación con el manuscrito a ser tenido en consideración, y si la gallina lo destruye es signo de que no debe ser publicado. En cambio, si lo deja intacto, se publica. Y la gallina no se equivoca nunca. Es como una especie de pulpo Paul, que durante el mundial de fútbol de 2010 se dedicaba a predecir quién ganaría los partidos. Sólo que las decisiones de esta gallina son privadas, no hay masas de descerebrados pendientes de ellas.

En mi caso, encuentro que todos los animales que pasaron por mi casa de un modo u otro cumplieron un papel similar. Mafia, mi perra (un mastín napolitano de una belleza arrasadora, QEPD), solía llevar a condición de papel picado los libros raquíticos de poesía, por los que vaya uno a saber por qué tenía una predilección insobornable. Debe de haber pulverizado una cincuentena de libros mientras era cachorra, y juro que ni entonces ni ahora extraño alguno de esos libros que se manducó. Diva, su sucedánea, prefería las novelas de autores argentinos. En su juego entraba indudablemente un factor de selección: los libros no estaban en el piso, sino sobre una mesa, y no siempre el libro que terminaba en sus fauces era el que estaba en la cima. Su criterio siempre me pareció sorprendente, de una eficacia envidiable. Nunca, en los años que vivimos juntos, puso en práctica un juicio erróneo, ni siquiera dudoso: lo que se comía era estricta y literalmente basura. Ahora vive con mi hermana, y como tiene todo un parque a su disposición abandonó la crítica para dedicarse a la vigilancia, que es para lo que fue concebida. Hace poco, sin ir más lejos, mi hermana se levantó a la mañana y encontró en el jardín la mitad de un pie humano. Al parecer, durante la noche, alguien había tratado de invadir la propiedad privada de Diva y la invasión le costó cara.

Ahora tengo un gato, Jim Beam, que también practica la crítica literaria con eficacia y profesionalismo. Comenzó saboreando un libro escrito por mí, a partir de lo cual me di cuenta de que ese gato tenía talento. Luego siguió con un libro de conferencias de W.G. Sebald y me evitó la tarea y el cargo de conciencia de destruirlo yo mismo. Luego siguió con otras menudencias. Cayeron en sus fauces un par de libros de Jonathan Franzen, un par más de Alice Munro y varias obras de teatro de Harold Pinter (como se puede apreciar, a Jim Beam no le caen bien los premios Nobel), y luego arremetió contra Paul Auster (no Leviatán, que como buen crítico decidió salvar de la destrucción). Pero hoy, al despertar, descubrí que Jim Beam había pasado la noche comiéndose una edición de La Divina Comedia. Con lo cual queda científicamente demostrado que Jim Beam es un animal y que de literatura no entiende nada.



Guillermo Piro