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Los caminos a Don Torcuato

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Dicen tener sus argumentos quienes creen que fue Juan Román Riquelme el que decidió irse de Boca. Tenemos los nuestros aquellos que estamos convencidos de que quienes deciden de verdad hicieron lo necesario para que el crack sintiera que no tenía sentido insistir en quedarse en un lugar del cual personas influyentes esperaban que se fuera. En el mejor de los casos, nadie –ni siquiera Carlos Bianchi, El Hombre que Volvió de la Siesta– hizo lo necesario para retener no sólo a uno de los máximos ídolos de la casa, sino al único jugador que parece capaz de darle cierta armonía a un equipo en crisis.

Sospecho que, a esta altura, serán varios menos quienes creyeron que, fútbol por fútbol, el ciclo de Román debía concluir.

Concluye una semana extraña que deja la sensación de que aquellas puertas que parecían definitivamente cerradas hoy, cuando menos, no tienen la llave puesta.

Más allá o más acá del voluntarismo, fue sugestivo que Daniel Angelici haya bajado la apuesta socarrona de hablar de que la única vuelta posible del fenómeno sería en un partido homenaje, para pasar a asegurar que se analizaría el asunto si Arruabarrena pidiese por el regreso de su amigo. Si algo así sucediese, la sensación de que a Bianchi le faltaron algunas fichas por jugar al respecto pasaría a ser una grosera evidencia. Al toque, el Vasco respondió con un “el tiempo dirá” a una consulta sobre el tema, sólo luego de dejar en claro que Román es su amigo pero que, en este momento, a uno sólo le importa Boca y al otro sólo le interesa lograr el ascenso con Argentinos.

Como siempre, el juego de las palabras ocupa demasiado más que noventa minutos de partidos que suelen dejar elocuencias mucho más poderosas que cualquier contoneo semántico. A Boca le está yendo mejor en los números que en el juego mientras que a Riquelme le está yendo mucho mejor en su juego que en lo que finalmente cosecha su equipo. Como si fuese posible hacer un enroque –inviable, al menos, hasta el final de la temporada– el ejercicio reduccionista tan en boga en nuestros medios señala que a Boca le hace falta Riquelme y a Riquelme le hace falta Boca.

¿Realmente Boca necesita a Román? Sin dudas. El que se estrenó en la quinta fecha del torneo ante Vélez es un equipo distinto al de Bianchi. Se explicó aquí mismo: aun con apenas destello de buen juego, la idea de Arruabarrena parte de algunas premisas que Bianchi ignoró rotundamente en su última etapa xeneize. Por ejemplo, darles a los jugadores el rol que mejor suelen practicar. Por ejemplo, no dudar en cambiar de nombres si aquellos en los que se confió inicialmente no rinden. Lo hizo de movida poniendo a Calleri y a Chávez en lugar de Martínez y Gigliotti así como después desplazó a Carrizo, un insustituible para la mishiadura del comienzo de certamen.

Por cierto, lo sucedido con Capiatá le quita a la aún prematura gestión de Arruabarrena un elemento vital para sobrellevar muchos momentos de fútbol flaco y confuso: el resultado. Aun así, sigue con superávit. Lleva apenas diez partidos disputados, de los que ganó cinco, empató tres y perdió apenas dos. ¿En cuántos de estos cotejos el rendimiento del equipo se acercó a lo que pretende el cuerpo técnico? Un puñadito, es cierto. Y es algo que jamás ocultó el entrenador. Por cierto, me parece de mala fe ignorar los números de esta gestión, cuando fueron justamente los números, y no justamente la estética, los que edificaron la leyenda Bianchi. En la misma casa en la que Carlos terminó de convertirse en el Virrey, nadie debería ignorar que los números de la gestión actual son sustancialmente mejores que los que tuvo la anterior en más de setenta encuentros.

De todos modos, es evidente que Boca empieza a acercarse a un límite peligroso: el de volver a acostumbrarse a perder con cualquiera. El equipo que perdió con los paraguayos no debió haber perdido, pero hizo poquito para merecer otro destino. Mucho antes de terminar tirando centros indescifrables –como en la parte final ante Racing–, Boca fue un equipo que trató de reencontrarse con el control del juego y que quiso evitar la tentación de tirarla para arriba a ver qué pasa. Todo bien. El único detalle es que, para tener algo de precisión, necesitó jugar a una velocidad en la que no podría inquietar a ningún equipo de la comarca. Si usted quiere quedarse con que el motivo del éxito de Capiatá fue que Echeverría les tocó el amor propio diciendo algo que jamás dijo, lamento decirle que el conjunto de Marecos estuvo lejos de parecerse a las tropas guaraníes que participaron de la Guerra de la Triple Alianza. Ni siquiera se defendió bien; por lo general, sus rechazos volvieron a pies de jugadores rivales, incluso dentro del área. Los paraguayos ganaron con un gol que casi no buscaron y porque enfrentaron a un rival que jugó tan mal que sería difícil repetirlo.
Muchas veces, cuando los merecimientos no te corresponden, es un aliciente para el futuro. Por ejemplo, lo que le pasó a Racing ante Atlético Rafaela hace dos semanas, cuando debió ganar por cuatro goles un partido que perdió por dos. Como se dice en esos casos, jugando así se ganará más de lo que se perderá. Lo de Boca fue al revés. Jugando así, perderá aunque el rival ni lo intente.

A partir del miércoles, todo Boca empieza a mirar distinto lo que tiene. Entiendo que es injusto y exagerado. Para el cuerpo técnico, porque apenas si dirigió diez partidos recibiendo un equipo desquiciado. Y para el plantel, porque muchos de sus integrantes tienen en el club apenas un par de meses o porque otros fueron supinamente ignorados por una gestión que hizo casi todo mal.

A cuenta de lo que suceda esta tarde en Mendoza y, fundamentalmente, el jueves en Paraguay, la Bombonera volverá a ser un termómetro claro el domingo próximo. Boca Juniors vivió –y murió– de la mano de la influencia de su hinchada. Parece ser que no existen demasiados dirigentes que se animen a tomar decisiones dándole al aplausómetro –o al silbómetro– el valor que realmente tiene. Da la sensación de que si Boca no se recupera ni en juego ni en resultados, los caminos conducirán inevitablemente a Don Torcuato.

Sería infantil creer que Román es el hombre capaz de desatar el nudo del desorden boquense porque la picó sobre la hora y definió los penales ante un equipo de la tercera división. Lo que tiene Riquelme es el don de la certeza, la genialidad de los que les aseguran a sus compañeros que vale la pena rotar, subir, bajar, picar o saltar a cabecear. Demasiadas cosas siguen nutriendo su genialidad como para detenerse en el aporte que –no– hace cuando el equipo pierde la pelota. A propósito, desafío a quien quiera presentarme al equipo en el que los diez jugadores de campo influyen tanto en defensa como en ataque.

Luego, apuntarle a Román con el dedo acusador de la mala campaña del Bicho es darle al crack la dimensión del Dios Todopoderoso que no es. Se trata del hombre que mejor entiende el juego en nuestro medio. No necesariamente alguien capaz de resolver las limitaciones de un equipo que reduce la ilusión apenas comienzan sus partidos y que, para colmo, además de sumar poco y casi no hacer goles, pierde soldados en cada batalla.

¿Realmente Riquelme necesita a Boca? No caben dudas de que en la cabeza de Román sólo hay espacio para buscar el ascenso y, en segundo término, meter a Argentinos en la Libertadores. Un mero dato estadístico lo pone en evidencia: ¿cuánto hace que no juega nueve partidos de forma ininterrumpida? Lo hizo incluso estando limitado por alguna lesión más molesta que excluyente.

Podría decirse que el ascenso del equipo de Borghi pasó a ser para Riquelme más un desafío o una obsesión que el mero placer por seguir jugando hasta los 40.

Ese placer, ayudar a un equipo dirigido por amigos y la reivindicación de volver al lugar del cual jamás debió haberse ido, puede convertir este delirio en necesidad.

Como sea, esto no es sólo un asunto entre Riquelme y Boca, nombres que algunos sueñan con no ver nunca más unidos dentro de una cancha (del mismo lado).

Es un asunto que nos involucra a todos los que queremos disfrutar del fútbol por el fútbol mismo. Para esos hinchas que seguimos siendo, ver a Román tocar dos pelotas ayuda a recordar que el fútbol sigue siendo mucho más que una carrera de obstáculos con un pedazo de cuero inflado que vuela por el aire sin demasiado sentido.

Y aunque lo siga haciendo fecha tras fecha, con el enorme respeto y cariño que todos deberíamos tener por esa fábrica de genios que ha sido el club de La Paternal, este presente de Argentinos puede hacer que todas las intenciones sean estériles. Bueno. Pensándolo bien, quizás con Boca suceda lo mismo.



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