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Los caminos del peronismo

El sistema democrático necesita de una oposición sólida, y hoy el PJ no lo es. Sin CFK, cuatro vectores para buscar reinventarse.

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A LA DERIVA
A LA DERIVA Foto:PABLO TEMES

Cambiemos va camino a consolidarse en el poder y debe incluso ya planificar un eventual segundo mandato. La oposición está fragmentada, sin un liderazgo claro, sin ideas innovadoras, sin una agenda propositiva, carece de voceros calificados en áreas fundamentales de política pública y, fundamentalmente, existe una rara modorra (¿será resignación?) en culturas políticas que, se suponía, se veían a sí mismas como parte del poder.

Pero el sistema político acentúa su tradicional disfuncionalidad como resultado de esta asimetría: la única forma de obtener un mínimo de estabilidad (y de ese modo sentar las bases de un proceso de desarrollo vigoroso, equitativo y sustentable) es con fuerzas políticas representativas de los intereses de la ciudadanía, capaces de cooperar y controlarse mutuamente en el ejercicio, así como de asegurar alternancia.

Una fuerza de gobierno fuerte sin una eficaz oposición es una fórmula inestable y peligrosa, pues el sistema republicano requiere un poder diseminado que facilite el control de los actos de gobierno. Para evitar los excesos hegemónicos, para señalar y corregir los inevitables errores e inconsistencias en los que todos los gobiernos incurren, resulta fundamental contar con una oposición sólida, articulada, versátil y lista para gobernar. No la tenemos, y es preciso por eso preguntarnos cómo y quiénes están en condiciones de reconstruir el peronismo.

No parece ser, obviamente, Cristina. “Si soy un obstáculo para ganar en 2019, me bajo”, reconoció en el reportaje que le hizo Novaresio para Infobae. No tiene muchas opciones: casi nadie en el peronismo considera que tiene el potencial y los atributos personales y políticos para ser una candidata realmente competitiva. Casi todos los gobernadores justicialistas la excluyen para 2019 y la ignoran ahora: no apoyaron su campaña electoral, no acompañaron sus reclamos de fraude electoral, rechazan su reclamo de que Argentina abandonó el Estado de derecho.

Una muy probable cuarta derrota sobre cinco elecciones (2009, 2013, 2015 y 2017) blanquearía su estatus como una líder lo suficientemente importante como para permitir el surgimiento de otra figura competitiva, pero que al mismo tiempo no puede ganar en su territorio ni, mucho menos, afirmarse como alternativa a nivel nacional.

Cuatro vectores. El justicialismo puede reconfigurarse a partir de cuatro pilares: el poder territorial, los legisladores, el sindicalismo y los movimientos sociales. Los cuatro tienen tensiones o divisiones internas, pero sobre todo pujas y lógicas divergentes entre sí.

Cada vez que perdió el poder, el peronismo resurgió de forma transicional con un esfuerzo cooperativo, no con un liderazgo personalista (como el de Menem o el de Kirchner). Algo de eso veremos seguramente ahora. Pero el poder territorial se ha convertido en esta transición a la democracia en un factor fundamental: gobernadores e intendentes han ganado espacio en la gestión y construyen (algunos han destruido en 2001) gobernabilidad, sobre todo en términos de estabilidad política. Desde 1989, todos los candidatos presidenciales del PJ han sido gobernadores, con la excepción de CFK (aunque Néstor fue su jefe político hasta el día en que falleció). Las principales contradicciones surgen del hecho de que los intendentes del Conurbano se han convertido, como dice Asís, en “minigobernadores”: cualquier intendente del conurbano bonaerense tiene similar población y presupuesto que la provincia promedio del interior.

El segundo eje de poder peronista reside en los poderes legislativos, tanto a nivel nacional como provincial y, en mucho menor medida, hasta en los concejos deliberantes. Los representantes del pueblo juegan un papel fundamental en el plano institucional (o deberían hacerlo).

Los sindicatos, por su parte, continúan siendo un actor importante. Es cierto: están debilitados tanto en el frente interno como en el contexto político actual. En la primera de las aristas aparecen las contradicciones entre los diferentes dirigentes –hasta la organización de un paro les está costando–, más el desgaste de algunas de sus principales figuras por casos de corrupción, la presión del Gobierno para incrementar la transparencia en el manejo de las obras sociales y el envejecimiento de sus líderes históricos.

Del otro lado, aparece una realidad que afecta a todo el mundo, no sólo a la Argentina: la Cuarta Revolución Industrial genera por ahora poco empleo en términos netos. A esto hay que sumar que en el país existe una suerte de burbuja de empleo público, que en principio favorece a los sectores más radicalizados .

El cuarto vector de poder reside en los movimientos sociales. Si bien se los agrupa bajo esa denominación, una disección más profunda nos permitiría ver que existen todo tipo de matices entre estas organizaciones. Sin embargo, reconocen un común denominador: tienen poca autonomía relativa porque dependen casi enteramente de los recursos del Estado; suelen demostrar una fuerte presencia territorial y capacidad de movilización, de “copar” la calle; y poseen el potencial de convertirse en bases clientelares.

El sistema político necesita que el peronismo se reinvente a partir de un liderazgo articulador o coordinador de estos cuatro componentes: ninguno de esos vectores de poder es autosuficiente. Si se pelean entre ellos, los devorará Cambiemos. Además, debe constituir un consenso interno que le permita definir no sólo el formato, sino también el papel institucional que quiere jugar: es lindo escuchar que llegó la hora de un peronismo republicano que favorezca la gobernabilidad, pero lo cierto es que eso entra en contradicción con su historia reciente, y también la remota. Menudo desafío para un partido que está comenzando a transitar un desierto que desconoce: el de la debilidad electoral, la derrota como resultado más probable.

Antes la debilidad, la única opción es la cooperación: una conducción colegiada que designe a un coordinador (¿Roberto Lavagna?) que asegure un diálogo fluido con todas las partes e incluso con el gobierno nacional.