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Los demócratas saben que las elecciones también se pierden

En las verdaderas democracias se dan tres factores: que sean un sistema, y no sólo periódicas, que haya partidos y que haya incertidumbre sobre quién ganará los comicios.

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Las elecciones legislativas que se realizan hoy en Venezuela reflejan que, aunque funcione muy mal, todavía hay democracia en ese país. La oposición tiene una buena chance de convertir el enorme rechazo a Nicolás Maduro que muestran las encuestas en una oportunidad para controlar la mayoría en la asamblea nacional; se satisface el principal requisito de la democracia:  incertidumbre sobre quién ganará.
El nerviosismo reinante responde tanto a la incertidumbre sobre el resultado como a las dudas sobre la disponibilidad del gobierno para aceptar un resultado adverso. Maduro ha dicho que, en caso de sufrir una derrota, “estoy cerebralmente, espiritualmente, políticamente, militarmente preparado para asumirla. Y me lanzaré a las calles, en todos los escenarios somos millones”.
En las democracias, los demócratas pierden elecciones y aceptan los resultados. Con todos sus problemas sociales, políticos y económicos, Venezuela sigue siendo una democracia, aunque su presidente continuamente dé señales de no ser un demócrata.

Democracia minimalista. La democracia es un concepto con muchas definiciones diferentes. El estiramiento conceptual al que ha sido sometida esa palabra hace que haya formas contradictorias de entender el concepto. Desde aquellos que la asocian con resultados (fin de la pobreza, oportunidades para todos, educación gratuita) hasta los que la ven como un ideal inalcanzable (felicidad, desarrollo pleno de la sociedad), la democracia es un sustantivo que atrae un número infinito de adjetivos. Para evitar que el concepto se convierta en un significante vacío –una palabra que quiere decir tantas cosas distintas para tanta gente que al final no significa nada– resulta razonable definir la democracia de una forma minimalista.
Como ha señalado el influyente politólogo Adam Przeworski, las democracias son sistemas en que los partidos pierden elecciones. Esta definición simple incluye tres condiciones que, como veremos, no son fáciles de cumplir. Las democracias deben ser sistemas (no basta con elecciones esporádicas sujetas a la discreción de un hombre fuerte). En las democracias debe haber partidos (aunque apenas sean grupos de personas que se organizan para oponerse al hombre fuerte y comparten pocas otras cosas en común). En las democracias debe haber también incertidumbre. Las elecciones no siempre serán libres e informadas. Las reglas muchas veces favorecerán al que ostenta el poder. Habrá persecución contra la oposición. Los líderes de oposición podrán estar presos. La cancha y el árbitro podrán estar cargados a favor del oficialismo, pero si la oposición se presenta a jugar, es porque tiene chances de ganar.  
Las democracias que funcionan bien garantizan igualdad de oportunidades a la oposición. Ahí, basta con sacar un voto más que el oficialismo para quedarse con la victoria. En las democracias que funcionan mal, la oposición tendrá que ganar por amplio margen, para contrarrestar las ventajas desleales que tienen el oficialismo y las irregularidades que muchas veces suman varios puntos porcentuales a favor de la votación oficial. Con todo, cuando la oposición tiene una chance, por más débil y frágil que sea, de ganar, el camino de las elecciones es mucho mejor que la opción mucho más riesgosa, y costosa en vidas, que la resistencia callejera. De ahí que aceptar la definición minimalista de la democracia–elecciones libres, aunque sea en cancha dispareja– igual obliga al oponente, cuyos valores y comportamiento democráticos están ampliamente en entredicho, a aceptar participar en un juego en el que puede perder.

Maduro, ¿demócrata? Es evidente que la democracia en Venezuela está en problemas. Con líderes de oposición injustamente encarcelados, persecución sistemática contra aquellos que desafían al oficialismo, con restricciones flagrantes a la libertad de prensa, procedimientos irregulares, abuso de poder, debilitamiento de instituciones y crecientes casos de corrupción, la democracia venezolana está en estado de coma. Aunque también abunda la evidencia de irregularidades y discrecionalidades a favor del oficialismo, la institucionalidad electoral es la única oportunidad de lograr que la voluntad popular se exprese para decidir quiénes deberán dirigir los destinos de la nación desde la Asamblea Nacional.  Los graves problemas económicos y sociales que existen en ese empobrecido país hacen que haya mucho en juego en esta elección.
Pero así como no ha cumplido con las expectativas de lo que deber ser un buen presidente, Maduro también ha quedado al debe respecto de la forma en que debe actuar un demócrata. En vez de repetir que todos deben hacer la voluntad popular, Maduro ha amenazado con el caos y el desorden en caso de que gane la oposición.  Igual que el dictador chileno Augusto Pinochet que, antes del plebiscito de 1988 que permitió recuperar la democracia, advirtió que las opciones eran “yo o el caos”, Maduro ha querido intimidar a los venezolanos con advertencias apocalípticas para restringir su libertad de escoger el destino que debe tomar el país.
Es cierto que las campañas siempre buscan polarizar al electorado. Los candidatos siempre dicen que ellos son la salvación de la patria y sus rivales representan un camino seguro al despeñadero. Eso es parte de la dinámica de las campañas.  Pero amenazar con baños de sangre y anunciar que, en vez de aceptar la voluntad popular, saldrás a la calle en caso de perder, resulta una incriminatoria confesión de ausencia de valores democráticos. En una definición minimalista de la democracia, las elecciones son la prueba de fuego. Incluso cuando la oposición renuncia a exigir igualdad de condiciones, cancha pareja y procedimientos que garanticen que todos los votos serán contados adecuadamente, los no demócratas en el poder temen perder. En cambio, los verdaderos demócratas saben que las elecciones también se pierden

*Profesor de Ciencias Políticas, Universidad Diego Portales, Chile. Master Teacher of Liberal Studies. New York University.



Patricio Navia