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Los EE.UU. de Trump se encuentran con la Rusia de Putin

A pesar de que las intenciones del presidente electo son un enigma en muchos ámbitos, su elección supone una esperanza para el “reinicio” de las relaciones bilaterales de Washington y Moscú.

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El presidente de Estados Unidos suele dejar una huella más profunda en la política exterior, donde suele tener más peso que en cuestiones internas. En este sentido, la política exterior de Trump promete ser sonada.

No es muy probable que el nuevo presidente comience mañana mismo a construir su “muro” en la frontera con México, ya que un proyecto de esta envergadura requerirá una gran financiación y el derecho de asignar este tipo de fondos presupuestarios pertenece exclusivamente a la Cámara de Representantes de Estados Unidos.

Al mismo tiempo, la política de migración de Trump se endurecerá y lo más seguro es que frene el plan de Obama de ofrecer una regularización a los siete millones de inmigrantes irregulares que ya se encuentran en Estados Unidos.

Trump tampoco promoverá los planes de integración comercial global como el del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). Al contrario, el nuevo presidente intentará reforzar la tendencia ya existente de devolver al país los puestos de trabajo creados por las corporaciones estadounidenses. Trump no desatará una guerra comercial contra China, sino que intentará alcanzar acuerdos con ellos sobre algunos compromisos y concesiones.

En lo que respecta a las relaciones con Rusia, si hubiera ganado Clinton estas relaciones habrían sido condenadas al estancamiento, y en el peor de los casos a una futura degradación y a una peligrosa escalada de las tensiones. La victoria de Trump da una oportunidad para que la situación no se agrave todavía más.

Con su carácter excéntrico y extrovertido, Trump parece ser el extremo opuesto al introvertido y hermético Vladímir Putin. No obstante, parece que el antiguo coronel del KGB se siente más cómodo con este tipo de personas que con Hillary Clinton.

No sólo en Estados Unidos, sino también en Moscú, muchos consideran que Clinton es mentirosa e hipócrita. Además, muchos sospechan que fue ella quien inició, durante el período en que dirigió el Departamento de Estado, las protestas en Moscú en otoño de 2011 y en la primavera de 2010.

Y después de sus duras declaraciones contra Rusia asegurando que el Kremlin quería “frustrar” las elecciones o “meter en la Casa Blanca a su marioneta Trump”, no queda nada claro cómo podrían Putin y Clinton haber mantenido una conversación tranquila y sin irritarse mutuamente. Las relaciones con Trump no tienen un “historial de crédito” parecido, por lo que éstas pueden comenzar de cero.

En este sentido, Trump recuerda en parte al que en otro tiempo fue “el principal amigo europeo de Moscú”, Silvio Berlusconi. Por otra parte, es un hombre impulsivo y tiene poca experiencia diplomática. Es capaz de hacer declaraciones completamente inesperadas sobre el presidente ruso que podrían resultar ofensivas para éste. Y teniendo en cuenta que las relaciones entre Rusia y Estados Unidos siguen estando estrechamente relacionadas con las relaciones personales de sus presidentes, esto podría provocar un rápido empeoramiento de la situación: “del amor al odio sólo hay un paso”.

Putin ha sido uno de los primeros líderes mundiales en llamar a Trump para felicitarlo por su victoria. Pero también él fue el primero que llamó a Bush el 11 de septiembre de 2001 para expresar su solidaridad en la lucha contra el terrorismo, así como el pésame por las víctimas de los atentados. Después tuvo lugar el famoso “discurso de Múnich”, lleno de decepción por las relaciones con Occidente en general y con EE.UU. en particular.

Del mismo modo, por ahora no se sabe qué acabará significando el slogan de Trump: “Make America great again” (“Haz de EE.UU. un gran país de nuevo”). Si la tendencia hacia el “neoaislacionismo” y hacia una menor injerencia en todos los rincones del mundo se consolida, esto influirá de forma positiva en las relaciones con Moscú.

Si Trump sigue siendo fiel a sus declaraciones en plena campaña electoral, cuando aseguraba que EE.UU. no debe influir en los asuntos de Ucrania ni interesarse especialmente por el destino de Crimea, esto sentará las bases para un nuevo “reinicio” de las relaciones entre ambos países. Si EE.UU. deja de presionar a Europa para que ésta atenúe sus sanciones contra Rusia, esto también ayudará. Sin embargo, Trump no podría, aunque quisiera, atenuar o eliminar las sanciones estadounidenses, ya que en su camino se interpondría la mayoría republicana, por no hablar ya de los demócratas, en ambas cámaras del Congreso. A cambio de su retirada del apoyo a Kiev Moscú podría hacer concesiones a Washington en Siria, si es que Siria sigue formando parte de la agenda de Trump para su política exterior.

Sus anteriores declaraciones sobre la necesidad de traspasar la carga de la responsabilidad militar y económica dentro de la OTAN a sus aliados europeos también pueden beneficiar a Moscú. Sin embargo, es poco probable que Trump cancele el despliegue del escudo antimisiles que tanto preocupa a Moscú, ya que el sistema responde a su política neoaislacionista.

Los planes del nuevo presidente de recuperar la extracción de petróleo en Alaska podrían tener unas consecuencias desastrosas para la economía de Rusia, ya que provocarían una caída de los precios mundiales de los recursos energéticos, la principal fuente de ingresos de la exportación para el presupuesto ruso.

De este modo, a pesar de que las intenciones de Trump son un enigma en muchos ámbitos, el nuevo presidente de EE.UU. supone una esperanza para el “reinicio” de las relaciones bilaterales con Rusia. En cualquier caso, los EE.UU. de Trump en el ámbito internacional no serán como los de Barack Obama ni como los de su predecesor, George Bush.


*Analista político y miembro del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia.



Gueorgui Bovt