COLUMNISTAS NI BOCA NI RIVER: UN FUTBOL QUE AGONIZA, EN MANOS DE BARRAS

Los espectros de Kafka

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“Penetraban por todas las puertas, echando abajo las que estaban cerradas. Eran espectros enormes, huesudos, anónimos en la multitud; con uno se podía luchar, pero no con todos los que me rodeaban.”
Franz Kafka (1883-1924); de su carta a Felice Bauer (1913).

Tenía escrita una columna sobre el superclásico y acabo de tirarla. Hablaba de Teo y su physique du rol de “futbolista maldito” que tiene a todos más pendientes de su próxima provocación que de su astucia para jugar en el área, allí donde más duele; del extraño caso del 4 de Boca, el jugador de las mil caras, y de la historia de Bianchi y Ramón Díaz, los grandes protagonistas del duelo de hoy, los técnicos más exitosos de la historia de cada equipo. Dos grandes goleadores que, curiosamente, no hicieron historia en la Selección. Su etapa como jugadores quedó sepultada por su infalibilidad a la hora de sumar títulos como entrenadores. Dos hombres que saben cómo torear a la prensa, que juegan con la ironía. Especialmente Bianchi. ¿Ramón? Una frase suya lo define mejor que nada. “Quiero que sepan que yo no tengo amigos; tengo compañeros de trabajo y socios en los negocios”, dijo cuando asumió en San Lorenzo en 2007. Su historia no lo desmiente.

Pero no quiero hablar más de fútbol, o en lo que se haya convertido ese viejo rito que nos instalaba en un universo fascinante cuando los partidos se jugaban todos a la misma hora y había que estar pendiente de la radio para saber qué pasaba en cada cancha. Sábados, Ascenso; domingos, Primera. Las bromas de los lunes y ya. A vivir, más allá del circo de la pelota.

Hemos enloquecido. El fútbol se convirtió en una droga estupidizante. Y los estúpidos han tomado el poder. Está todo ahí, tan claro, tan transparente, tan carente de pudor. Da asco.
Señores, los barras ya superaron todos los límites. El viernes lograron que se suspenda un partido. No necesitaron trepar como simios el alambrado detrás del arco o cantar versos racistas para “enfriar” el partido si el rival domina al equipo. No. Independiente no pudo jugar contra Unión porque una de las dos facciones en que está dividida su barra brava planeaba emboscar a la otra para dirimir, a los tiros y navajazos, la supremacía en la tribuna y el negocio. Iban a masacrase mientras los hinchas comunes, desprevenidos, circularan con sus familias, ensimismados, dispuestos a alentar, a sentirse partícipes del sueño del ascenso; ese amor loco, incondicional, que sólo quien haya amasado una Pulpo entre las veredas rotas o en los campitos de tierra puede entender. ¿Y ahora? ¿Qué queda? ¿Prohibir también a los locales? ¿Jugar a puertas cerradas?
El fútbol es un espejo.

En este país hubo, a la vez, un genocidio y un saqueo. Unos desaparecían, otros se llenaban los bolsillos. No tuvimos un Franco, agonizante pero aún feroz, que no dudó en firmar la sentencia al garrote vil para dos etarras y tres guerrilleros comunistas en 1975, pese a la súplica del papa Paulo VI. Aquí nadie puso ni la firma ni la cara, salvo para enviar a la muerte a los chicos de Malvinas.

¿Qué tiene que ver el fútbol con esto? Que todo pasa aquí, en este país salvaje, sin límites, donde nadie es culpable de nada. Siempre hubo pesados en las barras, lo sé, tipos duros que se molían a puño limpio, con cadenas o palos, cegados por la pasión pero sin hacer negocios con su bandera tribal, su única divisa. Nada sabían de la protección política o policial.

Spinetta tuvo contacto con ese mundo tan ajeno al suyo en Córdoba, antes de un recital, en los años 80. Había salido a caminar y se topó con un grupo de hinchas que dormitaba recostado contra la pared, tapados con una bandera de Central. Uno lo reconoció. “¡Eh, Flaco –lo abordaron–, tenés que hacer un tema para nosotros!”. Spinetta hizo una mueca, movió la cabeza y contestó: “No, loco, ustedes rompen todo, se pelean, ¿qué les voy a escribir?”. Más dolidos que humillados, le explicaron: “Vos no nos entendés, Flaco, nosotros lo hacemos todo por los colores que amamos”. Involuntariamente poética, la frase lo conmovió. Y nació la canción. “Por un color / sólo por un color / no somos tan malos / ya la cancha / estalla en nada…”. Es La bengala perdida, donde también cita la absurda muerte de Roberto Basile, hace treinta años, en un Boca-Racing jugado en La Bombonera: “… la bengala perdida se le posó, allí donde se dice gol”.

Lo vi. Fue un fusilamiento en cámara lenta. Lo intentaron cinco, seis veces, o más. Una bengala se estrelló contra la tercera bandeja vacía, un par se clavaron en el campo de juego aún vacío, otras cruzaron por detrás de los palcos. La última dio en el blanco. Cruzó la cancha de tribuna a tribuna y se clavó en medio de la multitud, como una piedra arrojada a un estanque. Todos se abrían en círculo, aterrados, con la vista clavada en el fuego que todavía brotaba de esa cabeza, como una fuente de luz maldita. Un crimen. O dos, para ser más preciso. El partido se jugó y yo –todavía no me lo perdono– me quedé a verlo. Terminaron 2 a 2, creo. Salí de la cancha y caminé como un autómata hasta el Centro. Y allí vi la tapa de Crónica con la foto del cuerpo como un muñeco roto entre los escalones. La imagen me paralizó. “Vengo de ahí”, le susurré al kiosquero. Esa noche no dormí.

El viernes los abogados de los energúmenos de elite trataban de despegarlos del hecho. Frases como vidrios rotos. “Emboscada”. “Detenidos”. “Facas carcelarias”. “Armas de fuego”. En Facebook, durante el día, convocaron a una “batalla final”. Unión regresaba a Santa Fe y la pelota volvía a rodar, indiferente. Argentinos perdía con Belgrano. Gritos. Polémicas. Caruso exigía: “¡No permitamos más esto!”. Hablaba del árbitro. Fotos. Los funcionarios y los detalles del caso. No quise más.

Los espectros de Kafka, un siglo después, reaparecen. Hoy juegan Boca-River y tiré todo lo que había escrito. Basta. Esta vez elegí irme.



Hugo Asch