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Los hijos virtuales

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Se puede vivir con tecnología o vivir para ella. Darle un espacio en la vida o darle la vida. Una encuesta encargada por Microsoft y coordinada por la especialista en cultura juvenil Roxana Morduchowicz, dice que el 40% de los adolescentes argentinos está conectado a internet 24 horas por día. Significa que esos chicos siguen conectados mientras duermen. No hay un segundo de sus vidas en el que no estén “enredados”. ¿De dónde sale este tiempo dedicado al mundo virtual? Del mundo real, el de las cosas tangibles, el de las relaciones personales cara a cara, voz a voz, cuerpo a cuerpo, el de los vínculos familiares, el de experiencias vivenciales en la realidad física. El tiempo cronológico de nuestras vidas no es infinito Así, las horas que se suman a internet se restan de otra parte. Sutil e inexorablemente la realidad virtual desplaza a la real y la conexión a la comunicación.
La comunicación es siempre artesanal. Requiere mirar (no sólo ver), escuchar (no simplemente oír), hablar (más que emitir sonidos) y percibir emocionalmente (pues en todo acto de comunicación se pone en marcha lo emocional no verbal, con un precioso cúmulo de información). Incluye significativos silencios, modulaciones, experiencias cocreadas o compartidas (algunas gozosas, otras dolorosas). Como cualquier pieza de artesanía, la comunicación entre personas reales y distintas requiere, además, un ingrediente esencial: el tiempo. No hay inmediatez y fugacidad en la comunicación, sino proceso y construcción. Un acto de comunicación es siempre único, es un punto de llegada. Y nos comunicamos con
la totalidad de nuestro ser. Mente, cuerpo, espíritu.
Las herramientas de conexión no son, necesariamente, de comunicación. Los humanos se comunicaban antes de internet, antes del teléfono, antes del telégrafo y aun antes de la escritura. Comunicarse es una necesidad existencial. Los avances tecnológicos estuvieron siempre al servicio de esa necesidad y facilitaron, además, la información. Pero una cosa es la herramienta al servicio del hombre y otra el hombre al servicio de la herramienta. En el primer caso el instrumento es usado para cuestiones puntuales y por un tiempo específico. En el segundo se corre detrás de su evolución, se posponen y postergan vínculos, afectos, actividades, necesidades, atención e incluso vocaciones, sacrificándolos a la urgencia de la conexión, que se impone hasta crear la ilusión de que es imposible vivir sin ella.
Una consecuencia dramática y compleja es la pérdida de habilidades y el empobrecimiento de funciones cerebrales esenciales. El cerebro es moldeado permanentemente (gracias a su plasticidad) por las experiencias que vivimos. Estas generan circuitos, habilidades, memoria, intuición, capacidad de anticipar, de comparar, de comunicarse (artesanal y existencialmente), de afrontar situaciones de incertidumbre, de crear, de imaginar, de cuestionar (base del esencial pensamiento crítico) y de vivir en un mundo en el que lo aleatorio es parte indisoluble y central de la vida. Esto es algo que la tecnología niega ofreciendo un universo digitalizado en el cual el azar no entra, la incertidumbre tampoco, el otro encarnado mucho menos y, desde ya, tampoco el tiempo. La menor dilación entre acción y respuesta provoca crisis de ansiedad, es inadmisible. Pero el cerebro necesita de las experiencias físicas y temporales como del oxígeno. Ellas enriquecen su funcionalidad emocional, la sensorialidad, las habilidades sociales, la inteligencia práctica y todas las demás inteligencias, como la emocional, espacial, intuitiva, etcétera.
Cuatro de cada diez adolescentes están en riesgo de convertirse en simples accesorios de artefactos tecnológicos. De vivir al servicio de éstos, en una carrera de adecuación servil, de actualización por la actualización y, finalmente, de adicción. Todo esto con sus consecuencias de inadecuación para vivir en el mundo real, ese en el que, con los lógicos y naturales cambios evolutivos,
se construyó desde siempre la experiencia humana.
Y, por fin lo más inquietante, lo que abre serios interrogantes: estos adolescentes tienen padres (se supone). ¿Esos padres advierten que sus hijos son apenas presencias “virtuales” en la vida real? ¿Qué no están allí, donde el vínculo se construye y se enriquece? ¿O acaso ellos mismos desecharon ya la comunicación, que exige responsabilidad y compromiso, prefiriendo la conexión, que viene servida? Las respuestas atañen a la calidad de los vínculos que vivimos y a la sociedad en que los experimentamos.

*Escritor y periodista.



Sergio Sinay