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Los hilos de la revolución

Mariano Pensotti ofrece en Arde brillante en los bosques de la noche un magnífico ejemplo de desborde.

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Mariano Pensotti ofrece en Arde brillante en los bosques de la noche un magnífico ejemplo de desborde. Literalmente: construye una obra sin bordes. Su apariencia es fácil de percibir (unos títeres que van a ver una obra de teatro sobre unos personajes foráneos que miran con recelo una película con falsos strippers rusos), pero la perversión de procedimientos y de reflejos da mucho más que la suma de estas tres partes esquemáticas.

La Revolución Rusa ha dejado de ser una acción concreta para devenir tópico. Los actos contradictorios, necesarios, de aquellos rusos han sido sobreexplicados por palabras. Esa lucha de ideas corre el riesgo de ser hoy lucha de versiones y descripciones. La obra opera dos movimientos de corrimiento decisivos. Uno, no centrarse en aquella revolución en un país que ya no existe y que no la reconoce, sino en uno de sus ecos presentes: la prédica de Alexandra Kollontai, que reflexionó sobre cómo el capitalismo construye el cuerpo de las mujeres. Y dos, no “hablar” de revolución sino “ejercerla” en el interior de un corpus acotado de formas propias. Pensotti no describe la revolución más que con balbuceos de títeres cuyos hilos son operados por manos inhábiles de seres en todo tipo de problemas; sin embargo realiza un acto revolucionario al extender los bordes formales de todo aquello que le sucede a la pieza. La mutación es ley. Es garantía de vida. Y el acto libertario de la imaginación sin tope es inevitablemente contagioso.

El grito, el susurro, de Susana Pampin cuando cae la oscuridad resonará aún unos años. Seamos libres. Seamos más libres.



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