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Los huevos y la canasta

No leo novelas sobre escritores cuando los personajes de esa ficción se inventan tomando como modelo a escritores “reales”; sí, en cambio, leí durante años los cuentos y novelas sobre novelistas y cuentistas que escribía Henry James.

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No leo novelas sobre escritores cuando los personajes de esa ficción se inventan tomando como modelo a escritores “reales”; sí, en cambio, leí durante años los cuentos y novelas sobre novelistas y cuentistas que escribía Henry James; tal vez porque el tiempo y la distancia y mi ignorancia y mi pereza me sustraían a la tentación de averiguar si el autor había creado a sus personajes basándose en escritores existentes. De ser así, eso tampoco habría tenido particular importancia, porque James se las arreglaba para convertir a sus personajes en delicados y sombríos portaestandartes de un “asunto”, ya fuera éste uno de los que aquejan singularmente a un autor, o de aquellos que titilan en la conciencia de un sujeto cualquiera.

En un rápido repaso, podríamos recordar que James abordó los problemas del escritor que agota o malgasta su talento; los de aquel que decae y cede a las puertas del éxito; los del que avizora pero no puede acceder a la obra verdadera; los del que renuncia en pos de satisfacciones mundanas (sexo, dinero, respetabilidad); los de aquel que debe duplicarse para escribir obras maestras y obtener cierto éxito social; los de la conciencia aguda que percibe y no puede reparar la catástrofe del entorno; los de la conciencia obnubilada que advierte tardíamente la fatalidad del amor; los del artista que lleva su obra a las cimas del arte y cuya magnificencia no es advertida; los del artista que solo concibe en el olvido y el silencio la magnificencia y se niega a anunciar la buena nueva. En fin. También escribió novelas sociales y de época y visitó el infierno manteniendo siempre las buenas maneras, como si su función fuera dejar abandonada en el fuego su tarjeta de visita.

Pues bien, en severa contradicción con mi negación previa, compré una novela de Colm Tóibín cuyo personaje era el propio Henry James. Se trata de The Master. Retrato del novelista adulto. Me persuadió mi propio fanatismo por Henry James, mi deseo de encontrar en una ficción la verdad que se oculta o escamotea en la biografía monumental de Leon Edel y, en fin, el gusto por no hacerme caso. Ayudaron a mi decisión el precio de liquidación, la tapa dura y los previsibles elogios de la contratapa. Leídas unas setenta páginas de charla chirle y desvaída elegancia, no puedo sino asegurar que nada nos desvía más de nuestro objeto que el fanatismo por el fetiche. El error del amor tuerce la letra.



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