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Los intelectuales K y la economía

La Carta Abierta 16 y los aspectos económicos con desprolijidades y desaciertos. Los límites hacia el futuro.

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Foto:Télam

No resulta sencillo analizar los aspectos económicos que contiene el último pronunciamiento de los intelectuales de Carta Abierta, el número 16. Más allá del deliberado lenguaje críptico (un modo de eludir el nombrar algunas cosas por su nombre), se reitera en un estilo de razonamiento que lo hace irrefutable.

El documento reconoce que el proceso de irregular crecimiento de la década kirchnerista está encontrando límites para su proyección futura. Pero lejos de reconocerlos como una evidencia de errores, desprolijidades, desaciertos o equivocaciones del programa en marcha, lo adjudica siempre a otros factores ubicados siempre fuera del dominio del gobierno.

Este razonamiento, en tanto exculpatorio, se torna inasible para el análisis pues los problemas que se afrontan nunca son consecuencia de la propia política económica sino que siempre pueden ser adjudicados a oscuros intereses, a razones estructurales, a presiones de los poderes concentrados, a los imperios dañinos, a factores ajenos al gobierno o bien al comodín multiuso llamado “neoliberalismo”, poderosa fuerza abstracta que acude como un deus ex machina allí donde algún nudo gordiano intelectual pueda hacerlo necesario.

De este modo, para los intelectuales de Carta Abierta los problemas económicos resultan ciertamente fáciles de solucionar pues ante la menor compulsa con la realidad, afloran las explicaciones confortables que derivan las culpas hacia otros escenarios ajenos a la responsabilidad del gobierno.
Por otro lado, los intelectuales K se empeñan en desconocer aquellos factores contextuales que favorecieron la aplicación del programa económico de Néstor y Cristina. Así, el dato esencial de la economía internacional de estos años (la multiplicación de los precios de las materias primas de exportación), brilla por su ausencia carece de importancia, nunca es mencionado.

Sin embargo se trata de un dato esencial que permitió, hasta no hace mucho, lograr los amados superávits gemelos, piedra filosofal de la salud económica. En otras palabras: los intelectuales K no tienen en cuenta el decisivo viento a favor que le llegó todos estos años desde la economía mundial (¡desde el mundo global!) pero están atentos a echar culpas al contexto mundial apenas le rebota algún zumbido desfavorable, como ahora lo hacen con Brasil y la industria automotriz.

Con este cómodo mecanismo, el análisis de la economía les resulta asaz sencillo: todo ‘lo bueno’ es producto del programa económico y todo ‘lo malo’ es consecuencia de factores ajenos o de conspiraciones de los poderosos.

El debate ideológico

Hacia el final del ciclo, la economía K no luce robusta ni lozana. Esto está claro e incluso Carta Abierta lo reconoce. A regañadientes pero lo reconoce. Pero claro: nada es culpa del gobierno ni de la política económica en marcha. Un gran tema es la inflación. Sin embargo, el documento evita referirse a ella como si se tratara, como realmente es, un problema de cierta gravedad. Los responsables son, se sabe, los empresarios formadores de precios.

Este concepto no es sostenido por ningún economista serio en el mundo pero, además, no explica por qué en otros momentos estos empresarios no lograron impulsar la inflación y por qué esto tampoco ocurre en otros países de la región. Sólo Argentina y Venezuela están viviendo una rebelión de los formadores de precios.

Resulta curioso que intelectuales de formación marxista apelen a explicaciones fundadas en la voluntad para echar luz sobre problemas económicos. En algún lugar parecen haber extraviado los argumentos que otorgan a fuerzas y procesos económicos objetivos el rol principal, dejando a los individuos y sectores sociales apenas la posibilidad de adaptarse, con mínima influencia, a estos procesos que los superan y arrastran.

Esta potenciación de la posibilidad de maniobra del empresariado les permite a los intelectuales K tomar distancia de quienes sostienen que la inflación está vinculada a la monetización del déficit del presupuesto que se origina en un exceso de gasto público, o bien en los aumentos nominales de salarios pactados en las paritarias. Carta Abierta toma estos señalamientos técnicos como un ataque a la política dizque redistributiva del gobierno como si –nuevamente- una mejora en la distribución del ingreso pudiera determinarse voluntariamente.

Si las cosas fueran como dice Carta Abierta, si el déficit fiscal, la emisión monetaria y los aumentos de salarios no tienen influencia alguna en la inflación, entonces ¿por qué no aumentar la Asignación Universal por Hijo, por ejemplo, a 5.000 pesos? ¿Por qué limitar los aumentos salariales al 25/30%? ¿Por qué, entonces, corregir los subsidios a la baja, como se está haciendo ahora?

Tenemos toda la impresión de que el populismo (Argentina, Venezuela) están perdiendo el debate ideológico. Y esto ocurre por una razón sencilla: tras la lluvia de dinero que significó el inusitado aumento de los commodities a partir de 2002, ha apelado a una distribución del ingreso de índole chambona y con objetivos electoralistas, que resulta insostenible en el tiempo. Ha mostrado su ineficacia productiva y su incapacidad para establecer un programa económico razonable, que asegure el desarrollo armónico y continuo, que signifique aumentos de la productividad e incorporación de tecnología de un modo sistemático, etcétera.

En el caso de la Argentina, por ejemplo, el programa económico ha desembocado en una inflación difícil de controlar y que provocará trastornos económicos y sociales al próximo gobierno. Pero además, este gobierno ha creado un desequilibrio dañino, que condicionará durante varios años la política económica en su conjunto: el déficit energético. Este daño le es totalmente atribuible a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, con el agravante que el deterioro energético fue reiteradamente advertido por expertos de diversas filiaciones políticas.

Vivir sin lo nuestro

Por un tiempo deberemos vivir sin nuestro petróleo: el yacimiento de Vaca Muerta, descubierto durante la administración Repsol de YPF, supone una bendición a futuro pero se necesitarán inversiones de unos 10.000 millones de dólares anuales para ponerlo en explotación

Y este punto nos lleva nuevamente a otra de las debilidades del discurso de Carta Abierta: se queja de la extranjerización de la economía pero hace rato que le ha declarado la guerra al conjunto del empresariado argentino (incluidos los productores agropecuarios). Esto nos hace difícil de entender cómo se representan la economía argentina del futuro los intelectuales oficialistas. ¿Acaso una sociedad sin empresarios fuertes? ¿Una sociedad integradas por Pymes que obtienen créditos de Bancos Cooperativos u oficiales? ¿Una economía donde los grandes emprendimientos son estatales?

Quizá no recuerdan el desastre que era el estado de los años setenta y ochenta, que urgieron a las privatizaciones de los años noventa, que fueron apoyadas no sólo por Néstor y Cristina sino también por la inmensa mayoría del pueblo argentino.

El grupo de intelectuales K no parece haber capitalizado intelectualmente el hundimiento del mundo socialista. Esa era una sociedad con un estado omnipotente, planificador y empresario. Y todos sabemos cómo terminó. A esa catástrofe no fue ajeno el deterioro de la productividad, el retraso tecnológico y la falta de estímulos económico elementales, vinculados a la iniciativa privada y la ganancia individual.

En el marco actual de deterioro económico, Carta Abierta le propone a Cristina una salida: profundizar la línea económica. Y esto significaría, por ejemplo, estatizar el comercio de granos. Una medida tentadora por donde se la mire, conforme a la lógica kirchnerista. En efecto, el horizonte de complicaciones económicas y sociales que inexorablemente se avecina, sería cubierto de este modo por un cimbronazo patriótico. En ese caso, cualquier desbarajuste económico podría ser adjudicado a una conspiración de los poderosos y oligarcas en defensa de su propiedad y en contra de “profundas reformas en beneficio de los que menos tienen”. A esto lo denomina “la centralidad del Estado, incluyendo su involucramiento productivo”.

Tenemos la impresión de que ni el país ni el mundo van hacia esa región. Más bien al contrario: el protagonismo principal parece estar en manos del sector privado, de un empresariado nacional que aprenda a moverse en el marco de alianzas regionales y fluidez global.

(*) Especial para Perfil.com.



Daniel V. González (*)