COLUMNISTAS NUEVA SECRETARIA

Los intelectuales tienen que servir para algo útil

A propósito de la creación del organismo que tiene al frente a Ricardo Forster, el filósofo aboga por mirar más allá del pasado y hacerse cargo de las cosas que pueden cambiarse de una manera inteligente. El “pensamiento nacional”, una simulación.

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No creo que haya ni que deba haber un “pensamiento nacional”. La existencia de un país no supone que ese país deba producir en cada una de las ramas del quehacer humano una variable distintiva y relevante. No es necesario que haya poesía nacional, ni diseño nacional, ni automovilismo nacional. Tampoco sexualidad nacional, ni pedicuría nacional, ni caligrafía nacional. En general, esa visión que en cada ocasión en que puede ve una oportunidad para el “nacionalismo” suele ser parte de un planteo popular o populista, que como podemos concluir por experiencia genera sobre todo atraso para el pueblo al que dice querer representar y defender.

Es un truco, el “nacionalismo”, una magia para aparecer como defensores de lo propio cuando en realidad no se atienden las realidades básicas de la comunidad a la que se gobierna. Tal como sucede con quien dice amar a sus hijos enormemente pero no se hace tiempo para ellos y prefiere la militancia o el fútbol 5.

Carta Abierta, órgano ideológico del gobierno K, ha sido malinterpretada: no es un aporte al debate de ideas, pertenece al género humorístico. Causa la gracia que causan los intelectuales que adolecen de los vicios de la intelectualidad tradicional, convencional, en un mundo en que esa rara planta, el intelectual, ha mutado de mil maneras raras e interesantes. Esa intelectualidad de museo, muy propia del intelectualismo corporativo universitario, no es relevante, y no sólo porque su producción no supone ningún aporte valioso sino porque no conmueve ni involucra a nadie. Una lectura sensata, corriente, de sus textos y proclamas percibe inmediatamente la voluntad de hacer una prosa confusa, altisonante, impostada, para terminar defendiendo lo indefendible, lo que no se sostiene sobre sus piernas en ninguna realidad verificable. Tal vez diciéndolo en difícil pueda pasar, porque si se habla claro es indefendible.

El academicismo intelectual es una corporación. No tan dañina como la corporación política, pues su irrelevancia la hace menos peligrosa, pero es una comunidad igualmente cerrada, defensora de privilegios de origen incierto, protectora de sus pares ante cualquier avance de una visión más moderna y útil, y por lo general bastante improductiva.

Ser intelectual es sensacional, pero el intelectual debe ser útil. Y la utilidad de un intelectual, hoy, no tiene que ver con la búsqueda de un “pensamiento nacional”, cosa que no hay, sino con trabajar ideas para generar visiones que permitan avances, ideas que ayuden al país a conseguir el desarrollo que tan difícil le resulta lograr. Serían deseables intelectuales integrados a equipos de trabajo donde lo conceptual pueda rendir y producir alguna diferencia, intelectuales cercanos a la ciencia, a la psicología, al trabajo, a la creación en cualquier plano, a la producción, a la renovación de la moral y las costumbres. Intelectuales que puedan pensar y aportar frente a los problemas que se padecen y deben ser solucionados.

Parece sensato dudar del valor de las “investigaciones” que tendrán origen en la nueva secretaría. Por otra parte es claro hacia dónde apunta ese pensamiento nacional y sus búsquedas: hacia el pasado. En medio de una política que no sabe qué hacer con el presente, que sólo puede intervenir en él guiado por la intención de producir un beneficio para la conservación del poder, es decir, un beneficio propio, es comprensible que la mirada del pensamiento tenga predilección por la historia. Como si el presente no tuviera urgencias, como si la realidad constantemente cotidiana no estuviera llena de personas vivas que necesitan cosas, como si no hubiera un país que demanda gestión y producción, cuidados, ideas, planes, estrategias, innovaciones, cambios profundos y osados. La corporación política, es decir, los mismos que gobiernan de manera concertada desde el inicio del actual período democrático, aquellos que durante treinta años han demostrado una gran ineficacia para terminar con la pobreza en la Argentina –que no tienen interés en realizar tal logro, tal vez porque sienten que la pobreza es cultura popular y no les parece correcto sacarle a tanta gente su cultura para ayudarla a tener la dentadura completa y la heladera llena– cuando llega el momento de parir pensamiento piensan para atrás. Revisemos, revisemos, revisemos. Revisemos un poco más, creo que se nos pasó algo. Peleemonos por todo pasado, no sea cosa que tengamos que ocuparnos del presente, esa banalidad. “Los pueblos que no conocen su historia tienden a repetir sus errores”, repiten como si fuera un mantra, cuando en verdad correspondería más bien decir “las comunidades que se obsesionan con su pasado caen en la patología de no poder tratar con su presente”.

Otra intelectualidad es posible. Una que se vuelque más hacia la creación de lo nuevo, que aprenda a mirar los tiempos que corren en el planeta con una perspectiva inteligente, superadora de la infantilidad de la mirada crítica y por fin asumiendo la adultez de saberse a cargo de las cosas. La pregunta principal no es “cómo sucedió lo que sucedió”, sino “qué queremos hacer y cómo vamos a hacerlo”. En ese rumbo hace falta mucho pensamiento, pero uno que sepa que debe rendir cuentas a la acción, ponerse a su servicio, no volverse objeto autónomo cultivado por personalidades severas e historicistas.

Aboguemos por una intelectualidad que supere la historia, o mejor dicho que entienda que a la historia se la produce en el filo del presente, donde los vivos asumen el protagonismo que les corresponde y reconocen el principio fundamental de todo hacer humano: hay que hacer un aporte, algo que sirva. Un aporte real, no uno que sea validado por un pequeño grupo de personas a las que la realidad se les escapa cada vez que intentan asirla y creen que ese rasgo de su personalidad es un valor, una distinción, y no la expresión de una carencia. Carencia de interés, o de talento, o de dirección. Carencia de amor por otra cosa que no sea la producción narcisista de ideas de apariencia profunda y realidad superficial.

El intelectual convencional adora el pasado porque tiene problemas para moverse en el mundo de las realidades. El intelectual convencional es el que se vuelve intelectual porque no sabe muy bien qué hacer con las cosas y por lo tanto se aparta. Uno estudia filosofía, lo sé por experiencia, porque prefiere ponerse un poco lejos, en una postura que pueda parecer de superioridad, como una manera de ocultar incapacidades básicas.

De ese estado se vuelve, tal vez, curado, si uno descubre una buena psicoterapia, o vive un buen amor, o tiene hijos, o tal vez porque al crecer uno despliega nuevas fuerzas y descubre otras maneras de tratar con el mundo con el que antes no podía tratar. Pero muchas veces este progreso personal no tiene lugar, y el intelectual se pone cada vez más crítico, distante, escéptico, histórico, pedante, oscuro y despersonalizado. Ponerse al servicio de la historia es también eso: despersonalizarse, intentar ser sin ser, cambiando las cuestiones personales por posiciones ideológicas o sociales que puedan mostrarse con orgullo y que sirvan para ocultar la profunda falta de autoestima que hay en la base de tales miradas “pensantes”.

Crear una secretaría de pensamiento nacional es burocratizar lo que tendría que ser aire fresco. Las ideas tienen que ver con el desafío, con la indisciplina, con el intento de encontrar lo que aún no existe. Este establishment de la crítica ideológica intelectualmente dogmática y oscura es una variable lógica en el nivel del pensamiento de lo que estos períodos K han dejado ya sobradamente en claro: que hablar del pueblo y adoptar la impostura de defenderlo es el truco del delincuente perfecto, permite hacer el mal en paz, porque se ha adoptado la apariencia del bien. Si no fuera así, en vez de faltar tanto a la ley y defecar en la institucionalidad, este poder hubiera resuelto, después de tantos años de bonanza, el tema de la pobreza. Tal vez no de manera definitiva, pero habría cifras ciertas de una disminución visible, y no eternas peleas y justificaciones, y simulaciones constantes. El pensamiento nacional es una simulación de pensamiento.

Pero no es tan grave, mucho más grave es lo otro, que no hayan tenido interés ni capacidad para ocuparse de los problemas que hoy nos corren. Porque no habrá pensamiento nacional, pero el país existe, y también es posible la inteligencia, y esta política de lucha permanente y de siempre justificada ilegalidad no supo instalarnos en la vía del desarrollo. A nivel del pensamiento, este cargo, esta visión, esta pantomima, va en el mismo sentido: ya que no podemos, o no sabemos, o no queremos pensar para servir, por lo menos hagamos una buena simulación. Ya que no podemos pensar a favor de la gente, y desarrollar la comunidad, simulemos pensar nacionalmente.

*Filósofo, escritor.



Alejandro Rozitchner