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¿Los líderes que nos merecemos?

No surgieron de la nada, son el resultado de los procesos históricos anteriores que generaron sus condiciones de posibilidad y nuestros propios deseos en ellos corporizados.

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Mandela, Obama, Trump: el fin de una época hacia otra.
Mandela, Obama, Trump: el fin de una época hacia otra. Foto:Cedoc Perfil
Europa se queja de la mediocridad de sus líderes, casi todos perdiendo elecciones: David Cameron, Matteo Renzi, aun Mariano Rajoy sobreviviendo. O por perderlas: François Hollande, con 4% de popularidad en Francia, y Angela Merkel, quien tampoco tiene asegurado lograr ser reelecta en Alemania. Mientras que Rusia con Putin y ahora Estados Unidos con Trump se decidieron por líderes no mediocres pero no menos intranquilizadores.

El discurso de despedida de Obama este martes en Chicago, enumerando los logros de sus ocho años de mandato (“revertimos la recesión, aumentamos los empleos, aprobamos el matrimonio igualitario, restablecimos relaciones con Cuba, acordamos nuclearmente con Irán y matamos a Bin Laden”), omitió lo principal: si muchos norteamericanos no estuvieran insatisfechos con estos dos mandatos presidenciales demócratas, no habrían votado por Donald Trump, aun asumiendo que quien perdió fue Hillary Clinton y no Obama.

Tras el colapso de la URSS, el mentor de Putin pedía dejar de mantener cubanos y vietnamitas para mejorar a los rusos


Lo que tampoco pudo hacer Obama y sí hizo el limitado George Bush hijo fue despedirse elogiando la alternancia entre partidos. Hace ocho años, en su discurso de fin de mandato, Bush remarcó que la llegada de un presidente negro era un “orgullo para toda la nación”, una señal de “la vitalidad de la democracia norteamericana” y de cumplimiento de “la permanente promesa” del sueño americano de movilidad social.

Esperar lo inesperable. Esa fue la síntesis de 2016, lo inesperable sucedió: Brexit y Trump, entre tantas otras sorpresas. Pero ¿realmente eran inesperables el nacionalismo y la antiglobalización de las superpotencias?

El canal LN+ del diario La Nación emitió el domingo, en su ciclo de documentales premiados, una obra de arte. Desarrolló el fin del apartheid en Sudáfrica y la liberación de Mandela a través de la historia de un negociador francés que logró convencer al líder del Movimiento para la Liberación de Angola, José Eduardo dos Santos, de que liberar a un famoso capitán del ejército sudafricano que había detenido cuando trataba de destruir una base angoleña permitiría que el entonces gobierno racista de Sudáfrica liberase a Mandela: un prisionero negro por uno blanco de carceleros de color invertido. Sudáfrica estaba en guerra con Angola porque Estados Unidos la había usado como avanzada militar para derrocar a los gobiernos comunistas que se iban instalando en Africa tras el colonialismo. Paralelamente, la revolución angoleña contó con el apoyo de 50 mil cubanos que Fidel Castro envió para vencer a los sudafricanos. La paz entre Sudáfrica, Angola y Cuba se firmó en diciembre de 1988 y 15 meses después Mandela fue liberado y terminó el apartheid. Cuba fue el primer país del mundo en reconocer el nuevo gobierno de Sudáfrica y, al año siguiente, Mandela viajó a Cuba a agradecerle a Fidel Castro su colaboración.

Que soldados cubanos lucharan contra sudafricanos y que Estados Unidos defendiera un régimen racista sólo se puede comprender bajo la lógica de la Guerra Fría y la internacionalización de todos los conflictos del mundo. Ante cada confrontación en cualquier punto del planeta, siempre uno de los bandos contaba con el apoyo de la ex Unión Soviética y el otro, de los Estados Unidos. Ese mundo desapareció y el mejor ejemplo es Angola, donde José Eduardo dos Santos lleva más de dos décadas como presidente y una de sus hijas, Tchizé dos Santos, es directora de la revista Caras Angola.

No hay hecho político posterior a la Segunda Guerra Mundial hasta el pasado reciente que no haya estado atravesado por la Guerra Fría entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética. La historia completa de los golpes militares en Sudamérica encuentra su principal explicación en un Estados Unidos capaz de apoyar a quien fuera con tal de que no proliferase el comunismo. Un presidente como Obama, negro, promoviendo el fin del embargo a Cuba es parte del fin de ese proceso histórico. Fidel Castro explicaba la intervención militar cubana en Angola contra el apartheid porque Cuba se pobló con 1,2 millones de esclavos africanos y había una deuda pendiente que pagar.

Quizá no por casualidad, el acercamiento de Obama hacia Cuba comenzó en el funeral de Nelson Mandela, donde el presidente norteamericano se acercó a saludar a Raúl Castro, a quien se distinguió siendo uno de los nueve oradores de la ceremonia fúnebre. Castro fue introducido a la multitud por el presidente del Congreso Nacional Africano diciendo: “Ahora vamos a presentar a un líder que viene desde una pequeña isla, de un pueblo que nos liberó, que luchó por nosotros… el pueblo de Cuba”.

El triunfo de Trump, como ya lo anticipó el del Brexit, es el cambio del internacionalismo al vecinalismo global


Amerusia. El ascenso de Trump a la presidencia de los Estados Unidos con una narrativa antiinternacionalista es similar al que, tras el colapso de la Unión Soviética, tuvo el primer presidente de Rusia y mentor de Putin, Boris Yeltsin, quien promovía “dejar de mantener vietnamitas y cubanos” para preocuparse por la calidad de vida de los propios rusos. La mirada endogámica de los ingleses despreocupándose del destino común con Europa también lo es.

Probablemente, a la pérdida de valoración de la metafísica la acompañe una capitis diminutio de la política, cuya expresión sea una forma de vecinalismo con economía global. El fin de la Guerra Fría dio paso a una sustitución creciente por una guerra comercial que, en lugar de capturar soldados, armas y territorio del enemigo, tiene como objetivo actual capturar renta, dominar el mercado mundial y controlar los precios de intercambio.

El lenguaje de Trump no es un lenguaje militar sino un lenguaje económico: cuando le dice a México que construirá el muro con dinero de México, no está diciendo que el gobierno de ese país pagará la construcción del muro sino que lo construirá con el dinero que volverá a quedar en Estados Unidos aplicando impuestos a los productos que se importen de México. Está diciendo que va a capturar renta de lo que producen los obreros mexicanos para, entre otros fines, pagar ese muro.

Los portaaviones, los ejércitos numerosos y las armas sofisticadas no son utilizados para dirimir cuál será el sistema económico: si capitalismo o comunismo. Aceptado el capitalismo como único sistema económico, se genera una competencia entre naciones por la plusvalía de Marx llevada a la escala de países.

En el siglo anterior, el líder de una potencia o de una revolución era una persona que había desarrollado habilidades militares, e incluso no siendo militar se vestía de uniforme para ciertas ocasiones. En el siglo XXI, la guerra comercial parece darles ventajas a los líderes con aptitud empresarial, quienes más entienden de captura de renta. Así habla Trump y, salvando las distancias, también el lenguaje de Macri es empresarial.

Los líderes que cosechamos no surgieron de la nada, son el resultado de los procesos históricos anteriores que generaron sus condiciones de posibilidad y nuestros propios deseos en ellos corporizados. Escandaliza verse reflejado en el espejo de Trump, pero él representa parte del espíritu de una época caracterizada por la regresión de ciertos aspectos como también por el avance de otros.

No somos ajenos a los líderes que tenemos, hayan sido en nuestro caso Menem, Kirchner o Macri.