COLUMNISTAS LAS FIGURAS PUEDEN MAS QUE UN GESTO OSCURO

Los límites de la jactancia castrense

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Si no fuese que las prioridades deberían ser otras, sería interesante que alguien con capacidades para hacerlo realizara un estudio sociológico que nos explicara las razones por las cuales son los mismos autodenominados hombres de fútbol los que instalan las peores sospechas alrededor del juego que más jugamos y que más nos apasiona.

Hace menos de 48 horas, a la inevitable incredulidad de muchos que vieron cómo el sorteo parecía a la medida deportiva, geográfica y hasta meteorológica del equipo de Sabella, uno de los hombres de confianza de Julio Grondona le regalaba vía satélite al mundo un gesto con connotaciones tristemente castrenses, pero que en una jerga que ubico cronológicamente en la segunda mitad de los 70, alude inocultablemente a lo que pisa y talla “el que manda”, “el capo”. Dirán lo que quieran, pero esos dos deditos derechos tocando el hombro izquierdo hablan por sí solos: un señor de la delegación argentina, sin siquiera contemplar que estaba sentado al costado del técnico del seleccionado, se sonreía socarronamente celebrando el suceso de un sorteo que, evidentemente, adjudicó “al que manda”. Lo vieron todos. De todos modos, siendo que se trata de un señor de influencias, la AFA debería dar explicaciones convincentes. O, directamente, pedir disculpas, aunque nadie vaya a creerlas genuinas. De todos modos, nunca olvidemos que el fútbol es para vivos.

Nada de esto difiere demasiado de otras leyendas no tan urbanas de nuestro fútbol. Lo del vomitivo que mezclaron en el bidón con agua que el aguatero/mascota del seleccionado de 1990 le acercó a Branco lo instaló un jugador que influyó decisivamente en ese partido. Fui testigo de su confesión.
Otro jugador se expuso en primera persona tiempo después de que Maradona habló del café veloz. Y no se refirió al desempate con Australia, sino a un amistoso con Brasil. Aquella vez fue el cafetero/mascota.

Sumen el ejemplo que quieran. Las anécdotas más densas de la historia de nuestro fútbol, las que degradan la esencia del juego, las que ponen todo en duda son todas instaladas por jugadores, entrenadores o dirigentes. Casi siempre en off. Casi siempre delante de un periodista amigote que, ellos bien saben, la difundirán sin detalles que incriminen a su hombre de confianza. Así es esto. Contamos algo evitando dañar a nuestro amigo –cuando nos ponemos cholulos, los cronistas calificamos de amigo a todos– pero nos importa un bledo dañar al fútbol mismo.
Está claro que a la Argentina le tocó un grupo clasificatorio ideal para todo equipo que aspire a convertirse en favorito a medida que pasen los partidos. Mientras españoles y holandeses, italianos e ingleses, portugueses y alemanes deberán romperse los cuernos de movida, la Argentina podrá, siempre con cuidado y respeto, ir de a poco en su evolución.

Por mucho que digan que los partidos hay que jugarlos, que el fútbol está igualado –sólo cuando los mejores se disfrazan de mediocres– o que es peligroso llegar confiado a un Mundial –seguramente, debe ser mejor llegar muerto de miedo–, la Argentina enfrentará a un debutante (Bosnia), a un africano que nunca pasó de octavos de final (Nigeria) y a un equipo que ganó sólo uno de los nueve partidos que jugó en este certamen (Irán). Ni elegidos a dedo se podría armar un grupo mejor.

Además, la Argentina ligó el Grupo F que, junto con el H, garantiza destinos vecinos a su concentración de Belo Horizonte, como San Pablo, Río de Janeiro o Porto Alegre. Si miramos con optimismo y cierta lógica el futuro, nuestro equipo no sólo evitaría a Brasil hasta una eventual final, sino que lo mismo podría sucederle con España, Italia o Alemania y, siempre dentro de una previsibilidad que rara vez se cumple, Holanda sólo aparecería en un camino de semis. De por sí, un cruce de octavos con Suiza, Ecuador o esta Francia que necesitó otra vez de fallos lamentables para llegar a Brasil 2014 pinta interesante, y hasta Cristiano Ronaldo en cuartos podría ser buena noticia.
Toda esta perorata de seudo pronósticos inútiles –un gol del gigante Dzeko a los 10 minutos del debut cambiaría el estado de ánimo y pasaríamos a ser automáticamente los peores de la comarca– tiene muchísimo menos valor que la realidad que se viene viendo dentro de la cancha. Con los inocultables defectos defensivos, con el problema de un arquero que sólo ataja con la celeste y blanca, no veo demasiados equipos que puedan ofrecerle al mundo esa telaraña formada por Mascherano, Gago, Di María, Agüero, Higuain y Messi. Ese es el auténtico rédito del seleccionado. Les banco que el sorteo les parezca mucho más digno de sospecha que producto de la fortuna, pero ¿alguien imagina que para italianos, ingleses, alemanes, españoles o portugueses hubiera sido buena noticia toparse con el sexteto mayor?

Pero aun a riesgo de pecar de ingenuo, quiero preguntarles si ustedes encuentran alguna razón para que se beneficiase con un sorteo tramposo a la Argentina aun más que a cualquier otro equipo influyente del planeta. Olvídense de Suiza: el equipo de Blatter ya ligó un grupo clasificatorio tan favorable como que su escolta fue Islandia, mientras Cristiano e Ibrahimovic terminaron rompiéndose los cuernos. Lo suizos no sólo se beneficiaron con una eliminatoria cómoda, sino que, aprovechándola, crecieron en el ranking derrotando a rivales de menor valía que italianos o ingleses y se adueñaron de una cabeza de serie. Al margen, tienen una generación de jugadores jóvenes que pueden darle una entidad que jamás tuvieron.

Al margen de este caso, ni Brasil ligó tanto como la Argentina: el eventual cruce de los locales en octavos será contra españoles u holandeses.
Yo no veo el motivo para tanta bondad. Salvo que la FIFA esté organizándole el tour despedida al presidente de la AFA, que viene insinuando que ya es tiempo de dejar el sillón.

Por encima de las elucubraciones –y de que, de creer en ellas, convendremos que Cafu es mejor manipulando bolas de plástico que jugando de cuatro–, el sorteo del viernes y el Mundial en sí tienen la deformación preexistente de un sistema de designación de favoritos realmente disparatada. Ya de por sí es deforme que ninguno de los cuatro asiáticos figure entre los 45 mejores del ranking. Pero si luego le das a ese ranking la entidad de definir sin discusión quiénes son los ocho favoritos, entonces hay un doble discurso difícil de explicar.

Entonces, tenemos de cabezas de serie a uno que entró de última como Uruguay, a dos equipos menores como Suiza y Bélgica. Y otro que no jugó ninguno de los últimos tres mundiales como Colombia. Si el primer caso se justifica por antecedentes como el cuarto puesto en Sudáfrica o el título en la última Copa América, es difícil justificar la actualidad rabiosa –y en algún caso distorsionada– de los otros tres.

No crean que es sencillo este ejercicio de poner arriba de la mesa todos los matices y todas las especulaciones que surgen en la previa de un sorteo como éste y todo lo que detona a partir de él. Ni que hablar de todo lo que dicen saber personas más o menos influyentes del ambiente.

Sin embargo, soy de los que espera ansiosamente el Mundial. Porque creo en el juego, porque creo que vale la pena vivir un mes de puro Messi, Neymar, Cristiano, Agüero, Vidal, Alexis o Rooney, y porque si creyese lisa y llanamente en lo que dicen y hacen los tramposos debería eliminar al fútbol de mi agenda hasta el final de mis días.

Entonces, por mucho que se jacten de una presunta viveza, por más que quieran adjudicarle a Grondona los poderes unificados de Houdini y de Lacoste, es de gilada ignorar que el auténtico afano argentino es tener todos juntos semejantes futbolistas. El desafío será saber usarlos. En ese momento, no habrá ni bolas frías, ni bolas calientes ni jactancia castrense.



Gonzalo Bonadeo