COLUMNISTAS GOBERNAR O ADMINISTRAR

Los límites de la paciencia

El rumbo elegido por Macri empieza a develarse por estos días. Su éxito dependerá de los tiempos políticos y sociales.

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Foto:Dibujo: Pablo Temes

Si bien es cierto que en política es bastante más probable hacer lo que se puede que hacer lo que se quiere, la dirección política implica tener una visión, un diagnóstico y un anhelo. En los tres meses que lleva en los cargos, el gobierno del presidente Macri ha tomado muchas medidas, y varias de ellas han sido impopulares. Sin embargo, todavía es temprano para saber si corresponden a la visión y al anhelo del Presidente o, por el contrario, a su diagnóstico. Recién ahora Macri comenzará, de a poco, a gobernar; no sólo a administrar el Estado, sino a conducir al país en una dirección determinada, hacia un tipo de convivencia proyectado.

¿La era M? En efecto, todavía no sabemos qué cosa será en verdad el macrismo, cuáles serán sus principales batallas, ni por qué será recordado. Más allá de algunos atisbos y condicionamientos institucionales (no tiene mayoría en el Congreso, su partido es pequeño y su coalición es nueva, hay realineamientos en la oposición y en el sindicalismo) todavía la incertidumbre es, esperablemente, grande. Análogamente, y en perspectiva histórica, tampoco sabíamos qué sería el alfonsinismo en marzo de 1984, ni el menemismo en octubre de 1989, ni el kirchnerismo en agosto de 2003.
En su discurso en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, el Presidente dio algunas señales. En primer lugar, afirmó con inesperado énfasis que las medidas impopulares nacen de su crudo diagnóstico sobre la pesada herencia recibida, y que su visión es el desarrollo económico y humano, y su anhelo una verdadera inclusión social, anunciando medidas progresistas. Todo ello frente a una oposición que en el recinto, y ya por segunda vez, se muestra (o se ausenta) intolerante e inmadura.

¿Es creíble el Presidente al trazar esa dirección? ¿O es una mascarada para ocultar una restauración neoliberal? Insisto en que no lo sabemos aún, y habrá que esperar a ver los resultados. Los antecedentes del PRO como partido no dan muchas pistas sobre este dilema. Su activa gestión de la Ciudad de Buenos Aires no ha sido regresiva en términos económicos ni sociales, pero tampoco evidenció un concepto. No fueron sólo globos amarillos, pero tampoco desplegó un contenido político que fuera mucho más allá de solucionar con eficiencia los problemas de “los vecinos”. Su sociedad con la UCR, un partido con experiencia y contenido, puede ser muy beneficiosa si ambas partes así lo prefieren, y previenen y solucionan los inevitables roces.

Por su lado, Macri como líder político tampoco tiene todavía un relieve nítido. Como actor político goza de una gran autonomía para imponer su propia voluntad. Ha logrado llegar a la presidencia a través de un partido que él mismo creó, con dirigentes y militantes que se han ido acercando creyendo en su propio liderazgo, y ha provocado una ruptura inédita en la democracia argentina que es una potencial reconfiguración de la competencia política del país. Podría decirse que en política es un self-made man, que ha llegado a su candidatura presidencial sin deberle nada ni a su cónyuge ni al presidente saliente. Es un emprendedor y no el CEO casual de un partido prácticamente condenado al triunfo. En ese sentido, ha mostrado capacidad de aprendizaje, ductilidad, pragmatismo y audacia, incluso para salir airoso tanto frente a las disidencias internas como frente a las presiones del “círculo rojo”.

Poca paciencia. Por otro lado, todos los gobiernos deben demostrar que además de representar intereses e ideas, pueden resolver los problemas. Y Macri no goza, al menos hasta ahora, de mucho crédito en ninguna de estas dos cuestiones. Con respecto a la primera, es sabido que gran parte de la población argentina cree que el Presidente, por su propio origen social, es un instrumento de los ricos y se desentenderá de los pobres. Con respecto a lo segundo, a pesar de su fama de buen gerenciador para resolver problemas, se le tiene poca paciencia y se han inflacionado los comentarios desconfiados e impugnadores.

Esta poca paciencia hacia el nuevo gobierno tiene dos factores intervinientes. Por un lado se debe al frenesí de la información y de la opinión política. Los medios de comunicación necesitan atraer audiencias todos los días para ganar dinero, y los tiempos de la política para mostrar resultados son en comparación demasiado lentos. En cambio, los escándalos, las crisis inminentes y los diagnósticos temerarios se adecuan mucho mejor a sus necesidades. Ya ha comprobado Macri que periodistas y comentaristas exitosos en la crítica feroz al kirchnerismo no están dispuestos a sacrificar ese éxito por el mero hecho de haberse producido el cambio político en la dirección que preferían. Y las redes sociales acompañan ese furor. Esto conforma una condición estructural cuyo clivaje “periodismo versus gobierno” es más fuerte y duradero que el clivaje “periodistas militantes versus la corpo”. El segundo factor interviniente en la impaciencia no es estructural sino coyuntural: el resultado ajustado de la segunda vuelta minimizó tanto el sentimiento de derrota en los perdedores (que actúan y declaran como si todavía fueran la mayoría) como el sentimiento de triunfo de los ganadores que, urgidos, pueden caer en la trampa de querer mostrar resultados inmediatos y cometer errores no forzados –la metáfora pertenece a Manuel Mora y Araujo–, como ya ha ocurrido más de una vez. En este punto el riesgo de Cambiemos es doble, porque este apuro lo comparte también una porción de su propia base de apoyo, que además de no haber tenido a Macri como su primera preferencia electoral, es mucho más exigente que las bases de apoyo políticas y sociales del peronismo, que aceptan más verticalmente y justifican vehementemente los giros ideológicos, los desbordes institucionales y hasta las transgresiones morales.

Se ha dicho que los discursos, para tener carnadura política y afianzarse socialmente, deben sostenerse con políticas públicas. Macri está inaugurando ambos caminos. A fin de año podremos tener opiniones más fundamentadas sobre ellos. Antes es prematuro.

*Politólogo, presidente de la Sociedad Argentina de Análisis Político (SAAP).



Martín D’Alessandro