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Los mil nombres de Dios

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Mistica. La Virgen de Guadalupe despierta el fervor de millones de mexicanos.
Mistica. La Virgen de Guadalupe despierta el fervor de millones de mexicanos. Foto:Cedoc Perfil
Algunos se han empeñado en demostrar que Dios no existe, pero hay esferas importantes de la vida como la estética, el amor, la mística, que están más allá de la lógica. Ningún silogismo puede explicar el éxtasis que provoca un concierto de Daniel Barenboim y Martha Argerich, o la emoción que produce el contacto con lo místico. He leído textos cristianos, islámicos, judíos, budistas, taoístas y de otras religiones, he tratado de participar de ceremonias religiosas de todos los credos. Lo hice siempre con respeto, porque sentí que expresaban los mil nombres de Dios mencionados en un rito que se celebraba en Kataragma.

Este año llegaron siete millones de personas a la ciudad de México para venerar a la Virgen de Guadalupe. La emoción mística que se siente cuando a las doce de la noche, del 12 de diciembre los peregrinos cantan  a la Virgen Las mañanitas es única. Siglos antes de la conquista los indígenas adoraban en el cerro del Tepeyac, cerca de Tenochtitlán, a la diosa Tonantzin (Tonan madre, Tzin amada). En 1520 los españoles destruyen su templo y construyeron allí una capilla para venerar a la Virgen de Guadalupe, una advocación de Extremadura que Cortez llevaba siempre en su estandarte. Los indígenas aceptaron el hecho y se produjo el caso más importante de sincretismo cultural americano. Más allá de los argumentos que pueden demostrar que Juan Diego no existió y que los hechos vinculados al milagro no pudieron suceder, la peregrinación produce una emoción profunda generada por la fe de un pueblo que se ha conservado y transformado a lo largo de los siglos. Al respecto, es interesante la interpretación del teólogo Richard Nebel en su libro Santa María Tonantzin Virgen de Guadalupe.

Hace más de cuarenta años experimenté otras dos experiencias místicas intensas. En la ciudad de Kandy, en las montañas de Sri Lanka, tiene lugar desde hace siglos la Perahera del Diente, un conjunto de ceremonias en homenaje al diente del Buda que sobrevivió a la cremación de sus restos mortales. Se inicia con la procesión de los elefantes con la reliquia y continúa con otros eventos que comunicaban una sensación mística semejante a la peregrinación guadalupana. Por esa misma época pude alojarme dos días en el monasterio de Puyaran cerca de Khatmandú, en las estribaciones del gran Estupa de Boudhanath. Contemplar el paisaje escuchando las mantras que recitaban los monjes, mientras leía La misa sobre el mundo de Teilhard de Chardin y escuchaba música gregoriana en un walkman a casete (era lo que había) me permitió vivir otra sensación mística maravillosa. Volví a ambos lugares años más tarde. Estaban llenos de turistas con bermudas que comían pochoclo, los monjes habían dejado de lado las mantras, hacían dinero vendiendo reproducciones de plástico del diente y de los Budas. Dios se había ido. Seguramente le pasó lo mismo que a los fantasmas y al Gato con botas con los que compartí mi infancia en la vieja casa de la familia que desaparecieron cuando llegó la televisión.

En la escuela nos sentíamos cerca de Dios. Tres sacerdotes celebraban la Misa de Angelis, una pieza maestra de la música monofónica. Sus ornamentos cubiertos de oro resplandecían en la penumbra, sonaban los incensarios, la iglesia se inundaba de humo de incienso. Los niños cantábamos en latín el Tatum Ergo, sentíamos que compartíamos el idioma de Dios. No se parecía en nada al castellano con acento brasileño de los telepredicadores que invaden el continente.

La tecnología mató muchas experiencias místicas, pero permite crear otras. Escribo junto a una pequeña cascada rodeada de helechos gigantes y orquídeas. En una pantalla se proyectan algunas imágenes conseguidas por el Hubble, entre ellas el Campo Ultra Profundo compuesto por estrellas y galaxias que están a 13 mil millones de años. Se oye una cinta sin fin con la Misa de Angelis y Das himmlische Leben de la Cuarta sinfonía de Mahler. La pantalla es pequeña y el volumen de la música permite escuchar el murmullo del agua que va al vientre originario, el océano en que nació la vida.

*Profesor de la GWU, miembro del Club Político Argentino.


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