COLUMNISTAS EL ARTE DE LA GESTICULACION

Los políticos como artistas

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Hace un tiempito vi El sol, una de las partes de la trilogía de Alexander Sokurov dedicada al emperador Hirohito (las otras dos abordan Hitler y Lenin, o mejor Lenin versus Stalin). Envuelto en los aires de mi propia híbrida hubris, considero al cine, por lo general, un arte menor, redundante y primitivo; secretamente sigo creyendo que la transmisión de un concepto o una emoción no requiere de una corte de musicalizadores que ejecutan violines sintetizados y coloristas de imágenes y actores que trabajen relieves didácticos: el cine como arte del subrayado que toma al espectador por idiota. Desde luego, ese desprecio es la contracara de mi fascinación y Sokurov es, quizá, el único director de cine vivo que me obliga a comerme entera mi vanidad y suspirar de admiración, porque desde luego que no reproduce ni refleja sino que transfigura. Filmada en 2005, El sol cuenta el día de la rendición japonesa desde un registro metódico y exasperante de los pasos y movimientos del emperador en su ya sitiada residencia, y después, cuando debe abdicar de su condición divina y encontrarse con el general Mac Arthur. Hay una escena extraordinaria, en la que el emperador sale a los jardines de palacio, vestido con su jabot o lo que sea, su terno o chaquetilla o como se llame (no soy sastre), su saco con faldones y su galera, y se acerca a oler los rosales, rodeado de los soldados americanos, y la prensa americana lo fotografía, y el emperador, el dios, sonríe y hace un paso de comedia, la crema de su cortesía, bajo la única figura de Occidente que conoce y lo deslumbra: Charles Chaplin. (En las otras dos partes de su trilogía, Hitler, Lenin y Stalin son actores o comediantes dados a la farsa).

Ayer vi una película de un director que no conozco, titulada Emperador, y que aborda de modo muy distinto el mismo asunto. Es americana, y por lo tanto buena parte está compuesta del desperdicio clásico, el requisito del éxito (el soldado rudo; la vacua intriga sentimental; el turismo antropológico militar que investiga el alma del derrotado). En el film, un general que maneja la lengua nipona debe investigar, por orden del comandante supremo invasor, Mac Arthur, la responsabilidad o inocencia de Hirohito respecto del ataque a Pearl Harbor para averiguar si debe ser colgado como criminal de guerra o, por el contrario, mantenido como símbolo milenario de Japón, y también como baluarte frente a la acechanza comunista. La película, que se deslizaba cómodamente por la ripiosa carretera de los lugares comunes, de golpe pega un salto y encuentra una verdad estética –bien que provisoria, como una incrustación, no olvidemos que es Hollywood– cuando el general-detective debe encontrarse con un anciano viceministro del emperador depuesto y formularle el mismo interrogante: “¿Decidió Hirohito el ataque a Pearl Harbor?”. Desde luego, acostumbrado al estilo cortés, comienza preguntando si podría tener alguna información que refleje los sentimientos y recuerdos del emperador durante la guerra. El viceministro responde que “Su Majestad no archiva sus sentimientos y recuerdos”, pero que en una reunión crucial del concejo imperial, realizada tres meses antes de empezar la guerra, rompió todo precedente y obró de manera inesperada al recitar un poema escrito por su abuelo. En este punto, el viceministro se pone de pie y canta el poema: “Es nuestra esperanza que todos los océanos del mundo se unan en paz. Entonces, ¿por qué los vientos y las olas se levantan hoy en rabia furiosa?”. El americano no comprende: “¿Es eso lo que el viceministro puede decir en defensa de su Emperador?”. El japonés se asombra: “Fue una extraordinaria muestra de valentía de Su Majestad el recitarlo en esa reunión. El emperador no se expresa directamente como la mayoría de los hombres”. “¿El emperador ordenó el ataque?”. “Como dije, Su Majestad recitó un poema escrito por su abuelo. Me daría gusto recitarlo de nuevo para usted, general”.

¿Cómo entender a un fantasma convertido en un dios dictando sentencias alusivas sobre lo real? Finalmente, el sentido se deduce de la pasión de los cuerpos. Quizá la alegoría termine siendo el arte supremo, y Scioli nuestro próximo presidente



Daniel Guebel