COLUMNISTAS REPARTO DE CARGOS

Los pregabinetes

Cómo compiten, entre afinidades y conveniencias, los presidenciables al definir sus posibles equipos.

Foto:Pablo Temes

Unos con más prisa que otros, se apoltronan en sillones imaginarios, reparten cargos,  prometen medidas y, sobre todo, dinamitan a eventuales competidores. La mayor demanda hoy se registra en áreas como  Economía, Seguridad, Inteligencia. Plata e intimidad. Veamos.

Dentro del PRO hay un ejército cada vez más numeroso de economistas convocados (Frigerio, Sturzenegger, Kiguel, Guidotti, Secco, Dujovne, siguen los nombres), a quienes contiene y convoca Carlos Melconian para no perder leve supremacía. En general,  se reúnen un día determinado, discuten sobre instrumentos (tipo de cambio dual, por ejemplo), pero coinciden sobre el sentido de la economía y cierta racionalidad profesional. Si bien decide Nicolás Caputo sobre los informes que producen, por último bendice para la foto Mauricio Macri, el ahora armonizador oriental, budista.  

La mayor demanda se da en Economía, Inteligencia y Seguridad: plata e intimidad

Más heterogénea se muestra la otra franquicia, la del Frente para la Victoria, donde Daniel Scioli se empeña en repetir hábitos kirchneristas y protagonizar cada decisión futura: él será presidente, canciller, ministro también. Avido,  parece que no le dejará nada a nadie. Por lo menos, es lo que necesita para reafirmar parte de una personalidad extraviada durante el reinado de la pareja presidencial. Ese fenómeno diluye  ambiciones de sus colaboradores y evita la exposición mediática de consultores de criterios distintos y  opuestos entre sí (hay quienes consideran imprescindible solucionar el tema de los buitres y otros más cristinistas que endilgan traición a la patria a esa posibilidad). Por un lado,   retozan Blejer, Bein y Levy Yeyatti; por el otro, devotos seguidores de Axel Kicillof, hasta él mismo, ansiosos por no perder la sinecura y,  por último,  aspirantes con entidad  diversa y GPS diferenciado,  adaptables a la incertidumbre del jefe, como sus atávicos Alejandro Arlía, en superior medida Silvina Batakis –una  “griega” que amenaza volverse más famosa que la propia Xipolitakis, no por la voluptuosidad–y Rafael Perelmiter, alguien que siempre va a estar en la escudería,  el contador de todos los secretos, responsable de la próxima y postergada declaración jurada  de Scioli (aseguran que será más sustentable que la de Macri aprobada por la Afip y, obviamente, mucho  menos controversial que la de Cristina). Perelmiter no deja de agradecer a su cliente que lo haya incorporado al último y súbito viaje a Cuba,  donde seguramente reparó una deuda con su debilidad ideológica y tropical  de juventud.  Hay más aspirantes, muchos más, se agregan, no tanto por la performance del candidato en las encuestas, sino por la promesa de que dispondría de un gabinete con 35 ministerios, no vaya a pensarse que él será menos que la doctora a la hora de expandir el Estado.

Con otra visión, claro, aparece la marca de Sergio Massa, más homogénea y módica en gastos y planes, con apariencia de equipo y sometida a una sola conducción, la de Roberto Lavagna. Lo rodean  Pignanelli, Delgado y Redrado, entre otros; es nítido en ese sector a quién le tocará el Palacio de Hacienda si triunfa el ex intendente de Tigre: no hay sorteo ni licitación.

Esta puja económica por el cargo económico (no olvidar a los empresarios) y de economistas, en rigor aparece  en todos los cambios de gobierno. Son una novedad, en cambio, los enfrentamientos por otra frutilla del  poder venidero,  relacionada con el dinero y la intimidad. O sea, el dominio sobre  la seguridad, el control de la inteligencia estatal.

Ha sido público, en el bastión de Scioli, la voluntad ciega de seguidores cristinistas por desplazar a funcionarios del gobernador y cambiar sus políticas. De Casal al jefe de policía Matzkin, incluido Granados, aunque con mayor disimulo debido a que disponía de una relación propia, y de su mujer, con la Presidenta.  Fueron años y variadas las tentativas por amputarlos; eran el gatillo fácil entre otras bellezas de acusaciones y quienes “recolectaban plata por izquierda para tirarla hacia arriba”, impugnación que ahora copió Elisa Carrió en su campaña. Provenía de organismos de derechos humanos, de la línea progresista que ahora se inscribe con Scioli en el circuito bonaerense y, por escenificar en una persona se cita a Marcelo Saín, iniciador de aquellos cuestionamientos de antaño y hoy presunto autor de la nueva y cuestionable norma de Inteligencia. Es decir, un preferido de la Casa Rosada.

Hay más. Por supuesto, aspiran –con el contingente de izquierda flexibilizado a la Scioli– promover al propio Saín a lo que fue la SIDE o conservarlo a Parrilli en ese instituto, ya que fue elegido con aprobación del Congreso (claro, también lo pueden remover con un decreto). Luchan contra las inquietudes de Pepe Scioli, el  encumbrado hermano que ya deseó ese cargo cuando Daniel llegó a la vicepresidencia con Néstor, y éste, ya instalándose, despachó con desprecio esa pretensión. También contra el juez Rodolfo Canicoba Corral, al que Scioli –hace ya mucho tiempo– le prometió el cargo.

No hay que sacar de la pantalla al empresario afecto a la seguridad, Mario Montoto, otro dilecto del entorno de La Ñata. También sueña con una delegación, quizás el Ministerio de Seguridad, el fiscal Carlos Stornelli, conocedor por varias razones de los temas militares,  y quien ya acompañó  al gobernador en ese rubro al principio de su gestión. Si hay traición a la patria por negociar con los buitres, es de imaginarse lo que vendrá si Scioli se inspira en una línea no precisamente garantista. Mientras, como ofrece tantos ministerios, quizás le asigne uno de ellos (Economía Social) a un referente de ese espacio en alerta, Emilio Pérsico.

Para Macri y Massa estas designaciones no parecen tan prioritarias ni conflictivas. A pesar de que ambos respiran experiencia en el tema: Macri porque sigue procesado por las escuchas del caso Ciro James, y Massa debido a que Cristina lo responsabilizó de seducir al segundo de la SIDE en su propio gobierno, Francisco Larcher. El porteño le entregó la responsabilidad de planes y políticas a Francisco Cabrera, quien a su vez le cedió tareas a Juan José  Gómez Centurión, de compleja asimilación al PRO por su transparencia, al que le reconocen pasado “carapintada”, pero evitan reprochárselo debido a que es uno de los máximos héroes del Ejército en la Guerra de Malvinas (abatió al oficial británico de mayor graduación y salvó a uno de sus compañeros en Darwin).

Raro parece que en el mismo equipo de Cabrera también aparezca la legisladora Silvia Majdalani, integrante de la comisión que debía controlar –sin éxito, claro– la SIDE de Stiuso. Se supone que en estos temas aportará ideas el radical Horacio Jaunarena. Por el lado de Massa, para este tema que explota en las inmediaciones de Scioli, la cuestión se torna más sencilla: pensaba derivar los temas a un fiscal y a un juez, cuyos nombres todos conocen pero nadie menciona.



rgarcia