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Los puntos ciegos del desarrollo

A menudo tendemos a centrarnos en los problemas más visibles, olvidando que lo que necesitamos son soluciones inteligentes.

No siempre repartir computadoras ha mejorado la educación.
No siempre repartir computadoras ha mejorado la educación. Foto:Cedoc Perfil

¿Cuáles son los mayores problemas a los que se enfrenta la humanidad? En cualquier parte del mundo en donde hago esta pregunta, escucho respuestas bastante similares: la falta de educación y oportunidades, la pobreza, la desigualdad, la violencia y la guerra, la degradación ambiental.

Pero estar de acuerdo en que existe un problema no es lo mismo que saber cómo solucionarlo. Por lo tanto, debemos analizar fríamente los costes y beneficios, y considerar honestamente lo que sabemos y lo que no sabemos.

Perú tuvo buenas intenciones cuando trató de mejorar los resultados de la educación a través del famoso programa de un ordenador portátil por niño, One Laptop per Child. Un ensayo controlado aleatorio concluyó que no se había producido "ningún impacto sobre el rendimiento académico o las habilidades cognitivas" y los profesores informaron que los niños a quienes se les había entregado un ordenador portátil se esforzaban menos que el resto.

En Guatemala se puso en marcha un experimento sobre nutrición en 1969, en el que se estudió a niños en edad preescolar de varios pueblos que contaban con una dieta rica y se les comparó con niños de comunidades vecinas, que contaban con una dieta nutricionalmente más pobre. Treinta y cinco años más tarde, los niños con una buena nutrición que no contaban con retraso en el crecimiento a los tres años de edad, permanecieron en la escuela más tiempo y desarrollaron mejores habilidades cognitivas en edad adulta.

Sin embargo, abordar de forma indirecta el problema puede funcionar. Intervenciones para mejorar la educación de las niñas, facilitando las oportunidades para las mujeres a la hora de tener negocios o heredar la riqueza, han demostrado que pueden ayudar. En el sur de Bangladesh, desde el año 2008 al 2010, el aceite de cocina se distribuyó a los padres de las jóvenes solteras de entre 15 y 17 años, bajo la condición de que un supervisor confirmara que las chicas seguían estando solteras. Las jóvenes receptoras de esta ayuda tenían hasta un 30 por ciento menos de probabilidades de casarse antes de los 16 años. Por cada dólar gastado, se alcanzaron aproximadamente 4 dólares en concepto de bien social.

Pero un nuevo metaanálisis concluye que cada dólar gastado en estos programas genera beneficios anuales por valor de sólo 28 centavos de dólar. Hasta el momento, sólo tenemos pruebas evidentes de que estos beneficios duran alrededor de 3 años, lo que significa que la cantidad total de beneficios es de 84 centavos por cada dólar gastado. Es evidente que se trata de un mal uso del dinero. Incluso si de forma optimista asumimos que estos beneficios serán constantes durante 10 años, cada dólar generará menos de 3 dólares de beneficio.

Una vez más, un planteamiento indirecto es demostrativamente más eficaz. El incremento en las oportunidades de intercambio comercial reduce sin duda la pobreza. Si se llevaran a cabo las negociaciones de la Ronda de Doha, para liberalizar el comercio mundial, se reduciría el número de personas pobres en la sorprendente cifra de 145 millones en 15 años, según datos de la investigación encargada por el Consenso de Copenhague.

En el desarrollo, al igual que en otros ámbitos de la política, tendemos a menudo a centrarnos en los problemas más visibles, olvidando que lo que necesitamos son soluciones inteligentes. Es fácil sobreestimar las certezas y pasar por alto las áreas en las que se necesita más investigación. Pero no debemos tener miedo de reconocer las lagunas existentes en nuestros conocimientos. Áreas como la educación y el empoderamiento de la mujer son demasiado importantes como para aceptar que las buenas intenciones podrían ser suficientes.


(*) Director del Copenhagen Consensus Center y autor de los best seller El ecologista escéptico y Cool It. Es profesor visitante de la Copenhagen Business School.




Bjorn Lomborg (*)