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Los saqueos de todos los días

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Una siesta de mucho calor, de ésas en las que el brillo del sol rebota con estruendosa presencia sobre las chapas de los techos y quema los ojos. Visito la casa de mi amiga en una villa de la ciudad de Córdoba. Tomamos mucho mate dulce –y más dulce– y nos ponemos al día con las novedades del barrio, de los hijos, de la vida... Varias rondas después se me hace tarde para tomar el único colectivo que pasa por allí cada dos horas. Intentando emprender la marcha con el cuerpo para que poco a poco el fin de la conversación nos acompañe hacia fuera, sentimos una frenada. Laura ceba con apremio el último mate y abrimos la puerta. Con el pie medio adentro, divisamos una manada de hombres que se apelotonan sobre el portón y, sin anuencia alguna, se meten en el patio y medio segundo después, a la casa de Laura. Patadones por montones abren –porque rompen– puertas y alacenas. Según parece buscan lo que encuentran: televisores, videos, revuelven papeles y gritan.
Podría decir que esto ocurrió días atrás en el marco de los ominosos saqueos que se produjeron en Córdoba. Pero no. Los hombres que entraron no eran personas comunes: eran policías uniformados. Mi amiga estaba sufriendo un “allanamiento” abusivo que saquea lo que tiene por delante. Al parecer, no tenían orden de un juez, o al menos nunca podremos saberlo –tan bestial presencia no habilita preguntas, dudas ni pretensiones de argumentar derechos–.
Como no todos saben, gran parte de los objetos y electrodomésticos que se disponen en las viviendas de los pobladores de barrios populares son adquiridos en los circuitos informales de la economía o intercambiados entre familiares o vecinos, por lo que las facturas y los recibos que “comprueban” la pertenencia resultan raleadas excepciones. Este hecho “justifica” entonces el saqueo policial que los despoja una y otra vez de lo que con mucho esfuerzo algunos logran comprar.
Podría decir también que este relato forma parte de un hecho aislado. Pero no. Estas prácticas policiales son más que habituales en las villas, como una arista más del conjunto de políticas de “seguridad” implementadas por José Manuel de la Sota desde el año 2000, coherentes con la mundialización de la tolerancia cero y con los reclamos de los visibilizados sectores medios y altos en torno a garantizar la propiedad privada. La militarización de la policía, la relocalización de gran parte de las villas hacia las periferias de la ciudad, el control y la represión policial de esos sectores considerados “zona roja”, las numerosas detenciones arbitrarias amparadas en el Código de Faltas y al menos nueve muertos en casos de violencia institucional en el último año colaboran con construir la “seguridad” de aquellos que, como si no bastara, fertilizan los negocios inmobiliarios privados con la proliferación exponencial de barrios privados y countries en toda la provincia.
El acuartelamiento de las “mujeres de los policías”, y después de los mismos policías, puso en escena una complejidad de realidades que no puede ni merece tratarse en pocas líneas. Pero sobre todo expuso las condiciones laborales de los uniformados que, rodeados de onerosa parafernalia militar, padecen sueldos magros y hasta parecieran justificar la participación de muchos de ellos en la economía ilegal.
Podría decir que todo esto que ocurrió horroriza los límites de la perplejidad. Pero no. La segregación socio-espacial custodiada a palos y golpes –y sus incontenibles implicancias– tiene más defensores que detractores. Muchos vecinos, atacados por otros vecinos, reprodujeron por “entendible” pánico y sin más las mismas lógicas que reproducen muchos policías en lo cotidiano. Esta especie de linchamiento a individuos provenientes de sectores criminalizados, en particular pobres, jóvenes y varones, ya es conocido. Lo que pasó en Barrio Nueva Córdoba –en el cruce de las calles Independencia y Peredo– con el joven motorizado condensa lo que se viene gestando con desigualdad desde hace años. No pretendo simplificar el asunto, sino simplemente advertir en casos particulares cómo operan los mecanismos de diferenciación cuando pretenden instaurarse los límites de lo que para algunos es inaceptable… cuando nos toca la puerta de la cara.

*Magíster en Antropología, doctora en Ciencias Sociales e investigadora del Conicet.



Natalia Bermudez