COLUMNISTAS SOCIALDEMOCRACIA, POPULISMO RANCIO Y DERECHIZACION

Los tres kirchnerismos

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Detrás de la aparente homogeneidad de la década, se esconden los matices. Hay un primer kirchnerismo que va de 2003 hasta la crisis del campo. La estabilidad, el crecimiento y la recuperación del poder presidencial ocultaban el huevo de la serpiente. Bastará mencionar los juicios políticos ignominiosos a varios miembros de la Corte (convalidado, conviene recordarlo, por casi todo el arco político); el comienzo de la corrupción con el caso Skanska, los aviones de Ricardo Jaime, la “bolsita” de Felisa Miceli, las valijas de Antonini Wilson y la embajada paralela en Caracas; bastará evocar el despido de periodistas críticos y el manejo discrecional de la pauta publicitaria; bastará dar cuenta de la negativa a brindar conferencias de prensa, la ausencia de reuniones de gabinete, el maltrato a empresarios o la reivindicación acrítica de la violencia de los militantes setentistas. Fueron alarmas que pocos sismógrafos registraron.

El segundo corte va de 2008 a 2012 y está signado por el enorme dispendio populista. Las altas retenciones al campo, la incautación de los fondos de pensión, los manotazos a las reservas del Banco Central o la lisa y llana emisión de moneda sin respaldo actuaron como sucesivos financiamientos de esos desquicios. La sensación de que los impuestos eran para que los piqueteros operaran como fuerzas parapoliciales, para que empresas ineficientes y amigas recibieran dádivas o bien para que los Schoklender y las Madres los dilapidaran en sus barrocas peripecias inmobiliarias fue decisivo en el cambio de clima social. La implícita percepción de justicia es el cemento del pacto impositivo, lo que no medió en este caso. 2008 traza así una línea divisoria. La salida adoptada por el kirchnerismo fue la primera de una larga serie de soluciones erróneas: ya que las cosas no van bien, al menos mostremos que van bien. Un decorado de prosperidad: nace así el famoso relato. Es el momento de auge de 6,7,8, Tiempo Argentino, Carta Abierta y un vasto menú de medios y programas adictos. El apogeo de los tuiteros y trolls K. Es el momento de cooptación y uso propagandístico de artistas subsidiados. Es la etapa en que irrumpe el impúdico Fútbol para Todos. La época de esplendor de Guillermo Moreno. Toda esta parafernalia de cosmética tuvo tal vez su clímax en los fastos del Bicentenario, más propios de Leni Riefenstahl que de un gobierno democrático. Y cuando ya Cristina parecía encaminarse a una debacle electoral, los funerales de Néstor, con su cuerpo yermo dentro de un féretro sellado, y la imagen melodramática de viuda silente, jugaron un papel providencial.

El tercer kirchnerismo nace con las primeras manifestaciones masivas de la clase media y el affaire Boudou, con su larga secuela de fiscales y jueces decapitados. En este caso la respuesta equivocada, que inaugura el tercer período, es el cepo cambiario. Fin de la ilusión: en pocos meses se disuelve el poder presidencial y Cristina se convierte en un fantasma que aúlla para una barra ínfima de acólitos rentados. El sindicalismo y el peronismo huyen. Como si fueran tapando filtraciones descontroladas, devalúan, quitan subsidios, enfrían la economía y tratan de enmendar el Indec. Todo es ya inútil. Entonces, se recuestan sobre las Fuerzas Armadas y la Iglesia, hijos putativos a los que habían despreciado: en un doble maridaje tan desesperado como grotesco, digno del mítico Roberto Galán, Hebe de Bonafini se abraza a Milani en la tapa de una revista y Cristina Kirchner a Bergoglio en el Vaticano.

Una misma estética enmascara tres etapas: socialdemocracia con toques autoritarios, populismo duro y derechización. Un viaje de ida y vuelta del infierno al infierno. ¿Qué queda entonces del kirchnerismo mirado como conjunto? Lo mutilado ya no existe, sólo existen las cicatrices como signos acuciantes: queda una generación diezmada que no reconoce obligaciones ni noción de esfuerzo ni idea de norma ni instituciones ni respeto a las asimetrías. Queda una cultura del desprecio. Queda la conclusión de que el dinero para el poder y el poder para el dinero era, al fin y al cabo, una utopía demasiado absurda para pensarla como proyecto de país.

*Escritor y periodista. Su última novela es El amor sigue sin nosotros (Planeta).



Marcelo Gioffre