COLUMNISTAS ECONOMISTA DE LA SEMANA

Luchando contra setenta años de malas políticas económicas

Hay una realidad que es indiscutible.

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Hay una realidad que es indiscutible. La economía todavía no se encuentra en una etapa de crecimiento vigoroso y generalizado. Si bien es cierto que hay sectores que ya se están recuperando, hay otros que todavía no crecen. El consumo privado no logra despegar y los flujos de inversión siguen siendo, en general, más bajos de lo que se creía iban a ser a esta altura.

Frente a esto, lo primero que hay que decir es que no había, teniendo en cuenta la pesada herencia recibida, mucho margen para hacer las cosas muy distintas en materia económica. Se podría haber ido más rápido en algunas cosas y más lento en otras, pero en general la hoja de ruta que había que seguir en términos económicos estaba clara para casi todos hacia fines de 2015. Esto quiere decir que si el presidente electo hubiera sido Scioli o Massa, el plan económico a llevar adelante hubiese sido, en términos generales y cuantitativamente, más o menos parecido al que siguió Macri. Más aún, casi con seguridad, el desempeño económico hubiese sido peor en cualquiera de los dos casos anteriores, teniendo en cuenta que la voluntad de cambio respecto del pasado hubiese sido mucho menos clara de lo que fue bajo la administración Macri, lo que hubiese generado mayor incertidumbre local e internacional sobre Argentina y, por ende, menos inversión y consumo de los que efectivamente hubo.

Ahora bien, yendo al futuro, hay que hacer una clara distinción entre el corto plazo (digamos, 2017), por un lado, y el mediano/largo plazo (2018 en adelante), por el otro.

En lo que se refiere a este año, las cartas ya están en buena medida echadas. La economía va a seguir tendiendo a recuperarse durante el segundo trimestre y alcanzará su “pico” de velocidad hacia mediados/fines del tercer trimestre, justo cuando las elecciones de medio término estén en etapa de definiciones. Por supuesto, el Gobierno seguirá haciendo todo lo que esté a su alcance para lograr el objetivo de llegar al tercer trimestre con el nivel de actividad creciendo al mayor ritmo posible.

Lo interesante de esto es que, más allá de lo que intenten hacer las autoridades, es muy difícil que la economía crezca este año por encima del umbral del 3,5%/4%. La buena noticia es que también es muy difícil que la economía crezca menos que 2%/2,5% en 2017. Esto quiere decir que, contrario a lo que se cree, la economía no va a jugar un rol central en la elección de medio término. De acá a seis meses, la situación económica va a estar claramente mejor de lo que está hoy, y de lo que estaba hace seis meses, pero no habrá sensación de boom económico generalizado. Puesto de otra forma, cuando el momento de votar llegue, aquellos que no simpatizan con el Gobierno, por la razón que fuere, difícilmente puedan ser “seducidos” a votar por el oficialismo a partir de una situación de boom económico. Por el contrario, tampoco aquellos que simpatizan con el Gobierno podrán ser “desencantados” a votar por

algún candidato de la oposición a partir de una mala situación de la macroeconomía.

Por ende, el resultado de las próximas elecciones legislativas va a estar en muy buena medida influenciado por la política propiamente dicha. Es decir, por quienes terminen siendo los candidatos, por la división del peronismo, por la polarización de los mensajes, etc. En este contexto, no debería extrañarnos el reciente recalentamiento que se produjo en la política durante las últimas semanas, con masivas movilizaciones tanto a favor como en contra del Gobierno. Y, lamentablemente, lo más probable es que este tipo de situaciones tiendan a multiplicarse en la medida que pasen los meses y la etapa de definiciones en materia electoral se acerque.

En este sentido, y si esto termina resultando efectivamente así, la masividad que tuvo la marcha del fin de semana pasado de apoyo al Gobierno, y las consecuencias que ya tiene dicha masividad sobre el diseño de la estrategia política que llevará adelante el oficialismo de aquí en más, puede transformarse en un punto de inflexión de cara al resultado de las elecciones de medio término. Si la política va a jugar, más que la economía, un rol central en la definición del resultado de las próximas elecciones legislativas, el Gobierno hace muy bien en aprovechar el masivo respaldo que recibió el pasado fin de semana para reforzar su estrategia política.

Como dijimos, lo que va a pasar este año en materia económica (recuperación, pero sin sensación de boom) y política (con un nivel de conflictividad en aumento durante los próximos meses) está, en general, claro.

Sin embargo, cuando se empieza a pensar en las perspectivas de mediano plazo, el panorama se torna menos nítido. Es cierto que hay un escenario económico para la segunda parte del primer mandato de Mauricio Macri, en caso de que el oficialismo triunfe en las elecciones de medio término, y otro distinto, en caso de que el oficialismo pierda las elecciones.

Pero más allá de las diferencias que obviamente existen entre ambos escenarios, en especial respecto de cuáles podrían ser las decisiones en términos de política económica en cada caso, los desafíos estructurales seguirán siendo básicamente los mismos. Reducir el actual desequilibrio de las cuentas fiscales, mejorar la estructura impositiva y la eficiencia del gasto público, incrementar los niveles de productividad laboral (vía mayor inversión en capital físico y humano), modernizar y ampliar la infraestructura productiva son todas cuestiones que necesariamente el Gobierno deberá resolver si quiere que la tasa de crecimiento potencial de Argentina pueda acelerarse a partir del próximo año.

Por supuesto, atacar estas cuestiones no resulta para nada sencillo, básicamente porque el deterioro estructural de la macro en Argentina no empezó con la anterior administración (aunque ciertamente aquella representó en muchos aspectos su máxima expresión), sino que comenzó hace ya varias décadas. Entender esto resulta fundamental para comprender la magnitud del desafío que el país, en general, y el Gobierno, en particular, tienen por delante. No estamos luchando sólo por tratar de corregir el deterioro de los últimos 12 años. Estamos, en realidad, luchando contra setenta años de malas políticas económicas.