COLUMNISTAS FRANCO NIETO, EL PRIMER FUTBOLISTA MUERTO POR UNA BARRA

Lugar comun la muerte

PERFIL COMPLETO

“Esas muertes, que al principio parecían intolerables, fueron después aceptadas con indiferencia y hasta olvido. Así lo perdimos.”
Tomás Eloy Martínez (1934-2010); del primer prólogo de su libro de relatos “Lugar común la muerte”: Caracas, 1978.

Alguien aplaude allá atrás, mientras un compañero seca el sudor de su frente con la camiseta azul, una banda blanca en diagonal y sin ninguna publicidad, los pantalones demasiado grandes, medias al tono, la tribuna a medio llenar. Una heladerita naranja que alguien dejó; matas de pasto entre la tierra dura: suelo lunar que obliga a la pisadita para dominarla y no perderla. La foto sugiere un partido recién terminado. El clava los ojos en la cámara, gesto de sorpresa, mirada perdida o resignada del que cumple con la rutina absurda de la inmovilidad luego de correr como loco una hora y media. Hay otra foto: un plano corto donde se adivina cierta incomodidad, la urgencia por refugiarse en el vestuario, terreno inviolable donde habrá ducha y tiempo para repasar las jugadas, las que fueron o pudieron ser.

Ni yo ni nadie, fuera de su pueblo, vio jugar a Franco Nieto, 33 años, capitán de Tiro Federal de Aimogasta, ciudad riojana de 12.249 habitantes, unos 120 kilómetros al norte de la capital. Sí sabemos que aquella tarde fue al estadio San Fransisco con su mujer y su hijita de meses. Jugaban contra Chacarita y los esperaban 600 fanáticos: banderas, furia, gritos, cantos que ordenaban: “... esta tarde, cueste lo que cueste…”.
Ganaban 3 a 1 y, faltando 15, la cosa se desmadró. Pechazos, gritos, patadas, insultos, manotazos, trompadas, todos contra todos y muchos expulsados. Tres de Tiro Federal y ocho de Chacarita, lo que obligó a la inmediata suspensión del partido.
La cosa, cuentan, continuó afuera del estadio. Franco, su mujer con su bebé en brazos y Martín Reyes, su primo y compañero de equipo, apuraban el paso rumbo al estacionamiento. Pero un grupo increpó a Reyes y lo rodeó. Franco Nieto intentó defenderlo y les hizo frente. Entonces, ensimismados por el alcohol, la droga, la profunda estupidez, la locura o una mezcla de todo eso, se desató el infierno.
Insultos, golpes, palos y un brazo que dibuja un fatal semicírculo, ladrillo en mano, y se estrella sobre la humanidad de Nieto, el futbolista que siempre se tomó muy a pecho su rol de capitán, que para algunos puede no ser gran cosa pero para él significaba poner el pecho siempre para defender a los suyos. Fue un golpe certero. Brutal.
En la cabeza.

“Tendría que haber habido seguridad para que mis jugadores no salieran así del campo de juego –cuenta Jorge Cabrera, el técnico de Tiro Federal–. Franco era un chico buenísimo, un caballero, un tipo sin mala intención para jugar. Pero los jugadores lo atacaron y eso hizo que los hinchas rivales le hicieran la cruz. Primero lo atacan a Matías, el primo, pero él se interpuso. Entonces empiezan a darle a él y uno le pega el ladrillazo. Después siguen, lo patean, una locura. Estaba consciente cuando lo subieron a la ambulancia para hacerle los estudios. Pero perdió el conocimiento y ya no lo recuperó más. Acá estamos todos consternados. En este pueblo nos conocemos todos, nunca pasa nada, y mire usted ahora qué desgracia...”.
Lo operaron en el hospital Enrique Vera Barro, pero nada pudieron hacer. “Muerte cerebral”, dijo el parte médico. Quedó en estado vegetativo hasta que murió, el miércoles 3, cuatro días después de haber jugado un simple partido de fútbol. La liga local paró la fecha y prometió una ayuda económica. En el resto de país, el caso se cubrió como una curiosidad más, un temblor leve, una tormenta, esos desastres naturales ajenos que ocupan dos o tres columnas en los diarios porteños, si el cierre da lugar.
Claro: pasó lejos de Buenos Aires, “donde atiende Dios”, dicen en el interior (¿cómo definir a un país que insiste en llamar “interior” a todo lo que no sea Buenos Aires?).

Para colmo, el mismo día en que el tema excluyente era el partido de ida por la final de la Copa Sudamericana de River, la merecida idolatría de Diego Milito, la conmovedora vigilia de los hinchas de Racing, en busca del milagro y la estatua.
Todo muy lindo, muchachos, pero sucede que hoy me niego a escribir sobre otra cosa que no sea esta muerte. La absurda muerte de Franco Nieto.  
Que nadie se confunda y crea que esta estúpida locura sólo puede ser producto de la marginalidad, la falta de educación, la pobreza extrema. Vean, si no, cómo funcionan otros cerebros educados y muy exitosos, en la cosmopolita Buenos Aires.
“A nosotros nos dolió la eliminación de la Sudamericana, pero esto va a pasar. Otros dolores no pasan: nosotros perdimos un partido, pero otros tienen el dolor de haber perdido la categoría, je…”, recitó, agudo como un niño de preescolar, listo para arrojar su baldecito de nafta al próximo incendio, César Martucci, el señor secretario general de Boca Juniors. Ay.
Finalmente sucedió. Mataron a un jugador. Las barras, pymes del horror, socias de dirigentes, punteros políticos y policías, superaron un nuevo límite, por si alguien no lo ha notado, entre tanto circo, torneos a medida, partidos definitorios, copas varias, posters y papelitos de colores. Hemos oído –y lo seguiremos haciendo, como una letanía, inocua, como el ruido de una licuadora– la frase más repetida y más vacía de los últimos años: “Investigaremos hasta las últimas consecuencias”.
Las pelotas.

Ya vimos demasiadas veces esta película de terror. Estas historias parejamente tristes continuarán, cada vez más graves, que nadie lo dude. No soy un pesimista: sólo leo la realidad.
Demasiados partidos como droga estupidizante; demasiados tarados con carnet; energúmenos, barras de escritorio, vivillos en busca de rápido ascenso social, plata fácil, viajes, gatos caros.
Apesta todo esto, la verdad.



jasch