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Macri: marketing anti Franco y los límites de la realidad

Como al príncipe Hamlet, el fantasma del padre se le seguirá apareciendo al Presidente. Pelea funcional vs. negocios compartidos.

Foto:Dibujo: Pablo Temes

Cuando hace 15 años Mauricio Macri decidió lanzarse a la carrera política, supo que su principal escollo no era convencer a los argentinos sobre lo bien que podía hacerlo, sino de que era diferente a su padre, a pesar de llevar el mismo apellido.

Es que ese padre carga en sus espaldas con culpas propias, vinculadas con un crecimiento económico siempre ligado al poder de turno, en especial al menemismo; con la baja estima que en este país tienen los ricos en general y los empresarios en particular; y con su histórica alta exposición mediática a raíz de su buena vida y de sus jóvenes parejas.

Ya las primeras encuestas le marcaban eso a Mauricio: ser un Macri en la Argentina parecía un escollo insalvable para ser votado por una mayoría.

Al empezar a trabajar con él, una de las máximas preocupaciones de Jaime Durán Barba era la alta imagen negativa que tenía el pichón de candidato. El apellido era sin dudas un problema, pero tenían a favor que el vínculo entre padre e hijo nunca fue excelente. Mantenían sí el amor inquebrantable de la relación y los negocios que volvieron ricos a ambos.

Pero los celos absurdos, la lucha de egos y las denuncias cruzadas (de Franco acusando a su hijo de pretender quedarse con la empresa, de Mauricio diciendo que su padre jamás le permitió crecer dentro del grupo) la tornaron conflictiva.

Eso, que para padre e hijo resultaba un trauma, para sus consultores era una bendición. No sólo nunca intentaron encubrir esa tirantez, sino que celebraban hacerla público. Pero sólo la tirantez, no los negocios en común.

A tal punto eso fue así, que se exageró cuanto se pudo la disfuncionalidad parental. Durante el kirchnerismo, Franco se cansó de hablar maravillas de los Kirchner (no le costaba demasiado, porque siempre dijo que los empresarios deben ser oficialistas). Incluso llegó a afirmar que no le gustaba que su hijo fuera presidente y que, en cambio, se imaginaba un país gobernado por La Cámpora.

Mauricio versus Franco: el falso club de la pelea de los Macri

En cada campaña, Mauricio perdía su apellido en los carteles y en los actos, para alejarse de la marca de fábrica y para alivianar su imagen de empresario conservador (en la misma dirección, se sacaría los bigotes y la corbata). Lo único que importaba era convencer a todos de que la relación entre padre e hijo, no era mala, sino peor. Y que no compartían ni ideología ni riqueza.

Cuanto más crecía la percepción mediática de que los dos Macri eran bien distintos, más subía la imagen positiva del candidato.

Difícil saber qué tan sinceros fueron y son esos enfrentamientos, pero lo cierto es que le fueron funcionales al ascenso político de Mauricio Macri y nunca inhabilitaron sus partidas de bridge ni el cariño inalterable entre ambos.

Los K se dieron cuenta de la estrategia e intentaron imponer la idea de que “Mauricio es Macri”, pero su propia credibilidad no se los permitió. Y Mauricio, que es Macri por supuesto, llegó a la presidencia de la Nación como si no lo fuera.

Pero como al príncipe Hamlet, el fantasma del padre de Mauricio también se le viene apareciendo desde que está en la Casa Rosada. Primero fue con los Panamá Papers. Ahora con el acuerdo económico entre su gobierno y el ex Correo Argentino. Era inevitable que eso sucediera y es seguro que volverá a ocurrir.

El desafío ya no será convencer a la sociedad de lo distinto que son padre e hijo, sino responder a cada sospecha con las pruebas que acrediten que ni la familiaridad ni los negocios tornan incompatibles sus actos de gobierno.