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Macri no puede perder

A Macri no le luce bien jugar para la tribuna.

Anabólico. El 1A fue una gran adhesión, pero demanda triunfo.
Anabólico. El 1A fue una gran adhesión, pero demanda triunfo. Foto:telam

A Macri no le luce bien jugar para la tribuna. De no haber sido por esos carteles contra las mafias que asomaban entre los que marcharon el 1A, posiblemente no se hubiera tentado con pronunciar esa “tribunera” condena pública antimafiosa en la propia cara de sindicalistas, ni los hubiera metido en la bolsa con empresarios y políticos non sanctos.

O la cuestionada mención al choripán. Se equivoca el Gobierno si toma esa marcha de hace una semana como un plebiscito, como el resultado antes del resultado.

Gran parte de esos miles que se reunieron en Plaza de Mayo y en lugares emblemáticos de todo el país llevaban en ese apoyo una demanda innegociable. No es muy distinta a la que llevó a Macri al poder en diciembre de 2015 y, aunque con matices, la referencia sigue siendo la misma: antes votaron a Macri para “que se vaya” el kirchnerismo, hoy lo apoyan para “que no vuelva”.

Aun para algunos hombres del propio oficialismo no está del todo claro hasta dónde el Gobierno elige actuar como opositor de la oposición por propia convicción, por la afiliación al minuto a minuto de las encuestas o por descarte de otras estrategias que la realidad obligó a abandonar. A ese discurso de opositor ejerciendo el poder contra los opositores recurrió y sacó rédito electoral Cristina con mucha más virulencia y durante mucho tiempo.

Es por ese curioso lugar de guardián, de granadero protector contra el pasado y no por conformidad, que una buena parte de la sociedad por el momento parece eximirlo de exigencias sobre la situación económica y otros ruidos domésticos. No ignora las cuestiones pendientes pero cree saber de dónde vienen y por eso se convenció de que todavía es tiempo de comprensión y tolerancia. Con el pasado reciente bien fresco, siente que el bueno por conocer nunca será peor que el malo conocido.

Ese juego de roles ha cambiado poco y nada desde la llegada de Macri al poder, sin que sea fácil distinguir la frontera que delimita dónde termina la virtud y empieza el pecado. Más aún, hay quien se apoya en psicologismos para aportar que en ese rol no asumido o

modificado podrían explicarse en parte las permanentes menciones a los brotes verdes o la reactivación siempre en camino: todo el tiempo parece que “la economía está por arrancar”.

Para esa parte de la sociedad, hoy convencida de que el Gobierno es el único que puede garantizarle que ese pasado no volverá, el resultado electoral será más determinante que para el

propio Macri. Para eso sí que no hay Plan B. Necesita derrotar a ese fantasma antes que a la inflación. Necesita no sentirlo como un “Alien” del que cree haberse liberado en cada película pero siempre resucita. La buena y mala noticia es que ese amplio sector de la sociedad que hace dos años asumía que Macri iba de punto a la elección ahora le exigirá demostrar en las urnas que se convirtió en banca. No aceptará una derrota.

Tiene derecho el Gobierno a sacar pecho, pero el fenomenal anabólico que representó la marcha del 1A no debería generar excesos de confianza ni festejos antes de tiempo.

Muchos de los que ayer colmaban el Obelisco y convertían en héroes nacionales a Mascherano y compañía hoy son impiadosos para sentenciar un fin de ciclo.