COLUMNISTAS EL FUTURO DEL LIDER PRO

Macri y sus mujeres

El acercamiento con Cristina. El factor Michetti. ¿Miden a otro actor como candidato bonaerense? Su nacionalización.

Foto:Pablo Temes

Como en el termómetro de las encuestas la fiebre amarilla (léase PRO) levantó ligera temperatura, Mauricio Macri se anticipó a sus colegas para llegar al primer tiempo de la campaña con menos ojeras y transpiración. Para estar aliviado en el aplazamiento  del partido –el mes que dure la suspensión por el mundial de fútbol–, previendo expectativas más favorables que no se remitan exclusivamente, como ahora, al achicamiento de la diferencia que lo separa del naranja de Daniel Scioli y del incoloro, por ahora, Sergio Massa.

Igual, ya rompió con las fronteras porteñas con la publicidad de “terminar el secundario” válida para todas las provincias y, sobre todo, con el próximo lanzamiento de Lionel Messi como artículo de su propaganda, logro que obtuvo ofertando menos dinero al futbolista que Scioli. Se bendijo a sí mismo, cree, con la convocatoria de la cantante Violetta en Palermo, un fenómeno singular que arrastró más de 250 mil personas y que superó por un cero determinante al inicial vaticinio del padre de la adolescente. Un caso insólito frente a la movilización enclenque de los partidos políticos y, también, para otros frentes: mientras diarios y revistas se derrumban en ventas, la estrellita hasta coloca 200 mil ejemplares de su álbum en los kioscos.

Pero Macri debe agradecerle esta gracia pasajera a otra dama: Cristina Kirchner. Fue la Presidenta quien, al habilitarle sus aposentos telefónicos y alguna reunión física –mucho más de lo que les concede a los propios–, lo catapultó en los guarismos. A pesar de ese viento de cola inesperado, todavía el alcalde y su presidium (por orden de jerarquía, el empresario Nicolás Caputo, Marcos Peña y Jaime Duran Barba) desconfían de esa generosidad dialoguista y, para evitar confusiones de sangre, relatan pormenores de ese intercambio como si fueran solamente conversaciones “de amigos”, como diría cualquier semanario del corazón. Y no un contubernio, como ya advierten con suspicacia en las filas de Massa y hasta en sectores de izquierda. Del oficialismo peronista nadie insinúa nada, se abstienen, pero piensan lo mismo.

En este sector domina la experiencia. Recuerdan cuando Carlos Menem, antes de las elecciones, distinguía más a Fernando de la Rúa que a Eduardo Duhalde. No sólo en cuestiones de fondo, también en detalles como el de un alto funcionario de entonces reclamándole al radical –y obteniendo la concesión– de cambiar ciertos spots publicitarios. “Sacá esos policías que aparecen a tu lado, no te favorecen”, puntualiza un memorioso.

Trasciende lo obvio en esa nueva relación: a Cristina le conviene más un triunfo de Macri que el de un partner del justicialismo. Queda posicionada como jefa de la oposición, en comodidad para negociar por su fuerza legislativa, y en capacidad para hundirlo y reemplazarlo si la gestión por cuatro años no deleita a la población. También, es probable, este vuelco cristinista se parezca –para continuar en el lenguaje amoroso de la TV– mucho más a un touch and go que a una política de largo plazo.
Sea para consumar negociaciones no confesadas sobre el juego, la obra pública, enguajes electorales tipo boleta única (que les serviría a los dos) y, sobre todo, el ordenamiento mutuo de causas judiciales en las que ambos están comprometidos, que a la satisfacción de caprichos como mover la estatua de Colón, la habilitación de una negada autopista o el escandaloso (por el silencio con el que pretendían consagrarlo) y poco explicable traslado de los predios de la ex ESMA de la Ciudad a la Nación en la Legislatura. No es lo único en este calenturiento idilio.

Díficil discurrir sobre quién de los dos obtuvo más ventajas. Macri, aunque mejore levemente, no sale de ahogos varios: falta de inserción territorial en ciertas provincias (lo que quiere decir, en una elección general, la responsabilidad de contar los votos) y penetración nula de un candidato significativo en la decisiva provincia de Buenos Aires. No prospera María Eugenia Vidal,  en apariencia, quien se quedó sin el pan capitalino y quizá sin la torta provincial –para colmo, el marido amenaza aliarse con Massa–, tampoco progresa el primo de Vicente López, Jorge, y en la desesperación hasta miden a un actor racinguista como si se pudiera reiterar el ejemplo de Miguel del Sel en Santa Fe (esa misma angustia por falta de recursos humanos conocidos y prestigiosos asuela a Cristina: Kicillof ni movió la aguja, ahora intentan con Miguel Galuccio, de YPF, como si fuera el general Savio).

Además, permanece tropezada la conciliación antes de la primera vuelta con el llamado Frente Amplio, que le daría al ingeniero boquense, en principio, una ubicación privilegiada para el ballottage. También se le complica el dominio porteño: para su paladar, Gabriela Michetti viene a ser como Scioli para Cristina, tan repetido el esquema que deberá rodearla y, por supuesto, acercarle como segundo a Diego Santilli, hombre en quien confía el álter ego del alcalde, Caputo. Aunque, como se sabe, por una nueva ley, esa designación le corresponde exclusivamente al ganador de la interna y, quienes triunfan, en ocasiones pierden la memoria. Hará un esfuerzo Macri, de cualquier manera, para empujar a Horacio Rodríguez Larreta, el fiel operador que le responde a cualquier hora pero que no gana con las multitudes ni ubicando eventualmente a su vera a Graciela Ocaña (hoy acompañando a Cristian Ritondo).

Aun así y disponiendo el PRO de favoritismo insuficiente para las elecciones capitalinas (en marzo comienza el proceso), teme Macri por un futuro tan condenado al arbitrio femenino: si 45 días antes de las elecciones presidenciales no le sonríen los astros en los comicios de la Capital, su carrera presidencial puede abortar. Una mujer entonces, la Michetti, tal vez le determine el distrito que será clave para conservar su sueño por ocupar la Casa Rosada. Mientras, otra señora, Cristina, tanto o más casquivana, quizá pueda orientarle la fortuna en el orden nacional. Por suerte, en la casa no tiene tantos problemas con su esposa.



Roberto García