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Macrismo-leninismo

Macri y Lenín hicieron lo que creyeron necesario para llegar al poder y lo seguirán haciendo para permanecer en él.

MACRI Y LENIN. Aquí y en Ecuador, son los mayores exponentes de un nuevo ciclo político.
MACRI Y LENIN. Aquí y en Ecuador, son los mayores exponentes de un nuevo ciclo político. Foto:temes

¿En qué se pueden parecer un hombre que se llama Lenín y militó en el marxismo-leninismo con otro que se llama Macri y representa la etapa superior de una saga familiar de la alta burguesía argentina?

A la primera y obvia similitud de que los dos son presidentes de países sudamericanos, se deberían agregar varias más.

Provenientes de historias e ideologías muy distintas, tanto Lenín Moreno como Mauricio Macri aparecen como los grandes verdugos de esa maraña conceptual llamada populismo.

Moreno acaba de vencer en un referendo en el que se enfrentó a su ex aliado, Rafael Correa. Macri volvió a triunfar en octubre sobre el kirchnerismo, esta vez encarnado en su propia líder, Cristina Kirchner.

El ecuatoriano nació en una familia de maestros. Hace 20 años recibió un balazo en medio de un asalto que lo dejó para siempre en silla de ruedas. Es un hombre cordial, respetuoso y con gran sentido del humor. Tras su incapacidad física, escribió una decena de libros sobre su filosofía de vida.

El argentino creció en una de las familias más ricas, aun cuando su padre no siempre lo fue y en el Newman sufría bullying por ser el hijo del “Tano” constructor. Su carácter no es el de Moreno, tuvo que trabajar mucho su imagen de soberbio para hacer política. Pero como Moreno, hace 27 años sufrió un duro golpe que lo marcó: estuvo secuestrado durante doce días en una especie de cajón bajo tierra.

Al llegar al gobierno, ambos emprendieron una campaña anticorrupción para diferenciarse del pasado. En medio del escándalo Odebrecht, el de Ecuador creó un Frente Contra la Corrupción. Jorge Glas, el correísta que asumió como su vice, fue destituido y encarcelado junto a otros funcionarios, tras el testimonio de un arrepentido que afirmó haberle pagado 14 millones de dólares en sobornos.

El de Argentina jura que no tiene nada que ver con la aceleración de las causas anticorrupción contra el kirchnerismo, pero está claro que no las frena. Todas parecen avanzar, aunque la de Odebrecht vaya más lento. Hace dos semanas la Justicia brasileña abrió una investigación sobre el pago de coimas para el soterramiento del tren Sarmiento. En esa obra, Odebrecht era socia de Iecsa, la firma de los Macri que entonces ya estaba en manos del primo Angelo Calcaterra.

Sus discursos son similares: dialoguistas, amigables, sencillos. Y parecen conciliadores, aunque no lo sean tanto.

Duranbarbismo. Pero la coincidencia más significativa entre Moreno y Macri es que ambos son asesorados por la exitosa dupla Jaime Duran Barba-Santiago Nieto. Duran Barba, como se sabe, tiene más influencia que la de un simple asesor político.

Compartió militancia con el presidente de Ecuador cuando el marxismo-leninismo era una verosímil opción de poder. Siempre mantuvieron relaciones, aunque Moreno persistió en eso que llaman “izquierda” y Duran Barba se fue amigando con el libre mercado.

Cuando el año pasado Lenín lo convocó para asesorarlo en cómo despegarse de Correa, antes le dio explicaciones a su gabinete. Le dijo que ese hombre al que muchos de sus actuales funcionarios acusaban de antipatria y mentor del neoliberal Macri, ahora los ayudaría: “Es un compañero”.

Duran Barba compartió días enteros con lo que allá llaman el “comité central” (resabio del pasado en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria) y aquí traducen como “mesa chica”.

Sin embargo, el mayor éxito duranbarbista es Macri; su clave para demostrar que, aún con alta imagen negativa y poca sensibilidad política, es posible acceder al poder con la metodología adecuada.

Tras los triunfos de Macri en 2015 y Moreno en 2017, Duran Barba sostenía que ellos tenían la misión de vencer a los máximos símbolos del pasado en sus países: Cristina y Correa. Está convencido de que los ex presidentes representan lo peor del populismo y de la partidocracia (“están enfermos de Hubris”), pero respeta sus inteligencias y ciertos aspectos de sus gestiones.

Que Lenín Moreno y Mauricio Macri hayan contratado al mayor experto en interpretar electoralmente a la posmodernidad y sus derivados, implica que saben (o intuyen) que ése es el clima de época sobre el que deben surfear. El esfuerzo intelectual de Moreno es mayor, porque él es un producto típico de la modernidad. Sin embargo, el trabajo más complejo para Duran Barba fue explicar su metodología a los demás funcionarios ecuatorianos, formados en la escuela clásica de lo que llama “la mitología política latinoamericana”.

Con los macristas siempre le fue más sencillo, porque abonó sobre ideologías light de personas desprejuiciadas y más jóvenes que crecieron con la posmodernidad y en algunos casos, como Macri, simpatizaron con la explosión posmo del menemismo.

Lenín y Macri son las representaciones de mayorías sociales que están hartas de los relatos ideologizados y de sentir culpa por su individualismo, el consumo y el goce, pero temen por su futuro. Duran Barba se jacta de que los presidentes con mejor imagen de América Latina son sus dos clientes: “Las sociedades quieren tener relaciones horizontales con los líderes y éstos son dos mandatarios que evitan las formas empaquetadas de los antiguos”.

En octubre, el consultor escribió un ensayo sobre Marx que fue tapa de Noticias. Allí recordaba que el autor de El Capital sustituyó al idealismo por un materialismo según el cual las fuerzas económicas determinan lo que ocurre en el orden social, político y cultural: “Marx desarrolló un método de análisis, el socialismo científico, que señalaba leyes para superar el orden establecido, frente al proselitismo inocente en el que creían los utópicos”.

Por más que hable de historia, Duran Barba siempre habla de hoy. Está seguro de que los políticos que tienen éxito, como Moreno y Macri, lo tienen por seguir métodos racionales y mensurables. El suyo sería ese “socialismo científico” y los “utópicos” serían los políticos y asesores tradicionales, creyentes de relatos supuestamente no realistas.

Manifiesto macrista-leninista. El primero que habló de “macrismo-leninismo” fue Alejandro Rozitchner. Lo hizo hace años, antes de que Lenín Moreno existiera por aquí y a modo de provocación. Decía que era una corriente que reflejaba al “izquierdista evolucionado” y que muchos adherentes al PRO, como él, provenían de la “izquierda”. El filósofo lo explicaba cual manifiesto: “Los macristas-leninistas somos reformistas, pensamos que la sociedad mejora con pequeños pasos concretos producidos con esfuerzo, humor, creatividad, alianzas y planificación. No creemos en la caída del capitalismo como solución a los males de este mundo. Creemos que lo más parecido a lo que la revolución buscaba se consigue más fácil por la vía de un movimiento democrático, amplio, serio y volcado a la gestión. Un movimiento que los marxistas-leninistas llamarían burgués y nosotros consideramos humanista y abierto, basado en las ganas de vivir y de hacer.”

Como la palabra izquierda es tan vaga en términos de ciencia política y cada uno entiende lo que quiere, tanto Rozitchner como Duran Barba dicen que la verdadera izquierda es el PRO.

Cuando los marxistas americanos de los 60 advertían que “un fantasma recorre el continente”, se referían al comunismo.

Ahora, ese fantasma es el del macrismo-leninismo capaz de cobijar a marxistas y liberales como Moreno y Macri, unidos por el pragmatismo y la hipermodernidad.

Aunque como los viejos comunistas, como los populistas, como los demás; ellos hicieron lo que creyeron necesario para llegar al poder y lo seguirán haciendo para permanecer en él.