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‘Mafalda’ o la riqueza prematura de las pampas

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Siempre fuimos pobres, me dice un distinguido colega colombiano hace unos días, mientras hablamos sobre el misterio del desarrollo. No lo dice como algo malo. Como los brasileños y los chilenos y los peruanos, me dice. En cambio, la Venezuela fundadora de la OPEP y del primer boom petrolero, la Venezuela “aprista” de Carlos Andrés Pérez, nos triplicaba en ingreso y nos miraba de arriba. Por eso ahora les cuesta salir. Lo mismo que la Argentina, me dice, que se gastaba una buena parte del producto bruto en viajes a Europa de familias adineradas, con la “vaca atada” en la bodega, no sea cosa que faltara leche fresca para la prole durante la larga travesía a bordo del Principessa Mafalda.

El nombre del buque tiene resonancias de realeza, de guerra, de tragedia. La princesa Mafalda de Saboya fue la segunda hija del rey de Italia Víctor Manuel III. Casada con el príncipe Felipe de Hesse-Kassel, un nazi que fue interlocutor de Alemania con el gobierno fascista, la princesa (“la carroña más negra de la realeza italiana”, según Hitler) fue siempre sospechada por los nazis de jugar en contra del Eje. El transatlántico que llevó su nombre recorría la ruta entre Buenos Aires y Génova cargando familias aristocráticas (y celebridades como Gardel) en la primera, e inmigrantes pauperizados en la bodega. Al momento de su inauguración, en 1909, el Mafalda era el mayor buque italiano en operaciones.

En El niño argentino, drama en versos telúricos de Mauricio Kartun, el niño ha cometido estupro y su padre lo “castiga” mandándolo lejos, a París. En la bodega del barco van la vaca Aurora y el muchacho que la cuida amorosamente (y que explotará cuando se entere por boca del niño que “el vacuno va de ida” y ve al amo abusar de su prenda). El crítico Jorge Dubatti sostiene que la metáfora de El niño argentino remite al pasado reciente del neoliberalismo menemista de los 90, en línea con el perfil socialista (y, más recientemente, cartabiertista) de Kartun, y con el revisionismo en boga en la década pasada. Sin embargo, al releer la obra no puedo dejar de pensar en el Mafalda y su hipérbole de aquella Argentina de la abundancia concentrada (de hecho, en el programa de la obra Kartun habla de los “niños del Club del Progreso… los alegres hijos del poder”). La metáfora no es del simulacro noventista del Primer Mundo sino de aquel otro, el de la Argentina prematuramente enriquecida, mucho antes de ser rica. La riqueza rentista, la de los recursos naturales, puede ser más o menos persistente, pero no es reproducible. Un día bajan los precios de los bienes primarios o sobreviene la guerra o la gente se harta por fin de la precaria distribución de la renta y el país se encuentra súbitamente al borde del Tercer Mundo.

La princesa Mafalda tiene su final trágico un año después de que su padre, el rey, firma la rendición de Italia a los aliados. Capturada por los nazis para extorsionar al rey, Mafalda muere en el campo de Buchenwald en 1944.

El SS Principessa Mafalda termina sus días bastante antes, el 25 de octubre de 1927, frente a la costa brasileña. Con el casco irreparablemente dañado por una turbina fracturada, el barco se hunde muy lentamente. A pesar de la cercanía de la costa y de que varias naves acuden al rescate, el pánico durante la evacuación lleva a la muerte a 314 de los 1.252 pasajeros, lo que le vale el mote de “Titanic italiano”. Sin embargo, análisis más recientes revelan que, si bien el número de víctimas fatales entre los pasajeros de las bodegas fue alto (28%), el número de muertes fue proporcionalmente mayor entre los pasajeros de primera y tercera (52%).

Leyendo el informe, uno imagina a las familias porteñas, el sopor rentista irreparablemente suspendido, abriéndose paso a los tiros hasta los botes mal ubicados y arrojándose improvisadamente a un mar plagado de tiburones, contra un coro de vacas desorientadas que muge en la panza del paquebote. Mientras, despatarrado en la bodega, el niño se lamenta: “Qué idiotez este crucero, qué ingenuidad la de tata, castigarme a lo pirata. Una celda entre las olas”.

*Economista y escritor.



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