COLUMNISTAS ENSAYO

Magnetismo cubano

Daniel Muchnik y Daniel Pérez recuerdan en Furia ideológica y violencia en la Argentina de los 70 (Ariel), cómo la revolución cubana desencadenó, con las mejores intenciones, la violencia política que afectó a varios países de América latina décadas atrás. Aquí, Muchnik recuerda la historia de Marcos Schlajter y la guerrilla en el norte de Salta y Pérez se pregunta por qué es tan difícil criticar a La Habana para el progresismo argentino.

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Se llamaba Marcos Schlajter, nacido en Chile, en una familia de excelente pasar económico, hombre de gran y especial talento y cultura, a quien no se lo conocía como deportista, ni como practicante de tiro al blanco. Pocos meses después nos enteramos que formaba parte de la guerrilla de izquierda que ya había sido detectada en Salta, cerca de la frontera con Bolivia, dirigida por un tal Comandante Segundo, que estaba siendo perseguido por la Gendarmería Nacional. Al caer prisioneros algunos miembros de aquella legión armada foquista se supo toda la verdad: Marcos, como tantos otros, había muerto extenuado y sin comer durante cuarenta días, a los 24 años de edad. El final por hambre es algo especialmente cruel. Hay una clara conciencia del deterioro fisiológico y psicológico que llevan a la paralización. También trascendió que el grupo padeció graves reyertas internas y que por decisión del Comandante Segundo habían fusilado a dos compañeros. Estas informaciones fueron confirmadas cuarenta años después, desatando un ardoroso intercambio epistolar entre intelectuales, algunos de ellos, ex integrantes del respaldo urbano de aquel intento armado. La revelación del fin de Marcos conmovió al ambiente universitario, forzó a que su mujer, sin tener ningún compromiso político con el grupo buscara la clandestinidad para evitar represalias, siendo ayudada a huir al extranjero. Que yo sepa nunca más pudo regresar al país y vivió aterrorizada durante años. Marcos era marxista-leninista, un polemista teórico de gran nivel, lector obsesivo en búsqueda de detalles, alumno destacado ante sus profesores, ayudante de cátedras, militante de agrupaciones universitarias de izquierda y excelente orador. Exaltaba las virtudes de la revolución cubana, como gran parte de su generación, pero nunca se le escuchó un llamado a tomar las armas para destruir el sistema político vigente en el país. En esos meses gobernaba Argentina el médico radical cordobés Arturo U. Illia, votado en elecciones democráticas pese a la autoproscripción peronista, de especial trayectoria institucionalista. El grupo histórico partidario que lo rodeó se proponía salir de los atolladeros económicos que veníamos padeciendo. La muerte de Marcos fue para muchos, entre los que me encontraba, un corte, un abismo abierto a nuestros pies. Una muerte incomprensible, gratuita, que, de algún modo bordeaba el suicidio. En nombre de la revolución, envuelto en la bandera de la gloria, imitando a quienes habían peleado en Sierra Maestra, pensaban que lograrían fácilmente su objetivo. No sólo era Marcos. Varios conocidos de aquí y de allá, poco a poco, se volcaban a la acción violenta y decidida, deslumbrados por los acontecimientos del Caribe que consideraban ejemplares. Ese fue un nuevo escenario inaugurado en una década en la que también vivíamos atraídos por las novedades culturales de todo tipo existentes en el país. Una mezcla extraña. Devoción revolucionaria activa por un lado. Y por la otra una entrega casi sacerdotal a la literatura, la música, el cine europeo y sueco y la creatividad sin fronteras. ¿Qué fuerza interior movió al Marcos talentoso, lleno de vida y energía creadora a dejar todo lo que tenía, un casamiento reciente, la carrera promisoria, el reconocimiento profesional, la posibilidad de construir una familia propia, una vida más o menos cómoda en la ciudad o en el exterior? Odiaba la comodidad de la vida burguesa, con la que había transitado hasta su final. Todavía me lo pregunto, pese a tanta vida pasada desde entonces y no encuentro muchas respuestas. No estaba desesperado o tironeado por contradicciones, pero buscó el abismo, el peligro, la autoaniquilación. ¿Creía realmente que estaban dadas las condiciones económicas, políticas y de consenso en la sociedad para que un grupo guerrillero, desde un monte perdido del norte del país, fuera llevado en andas por un pueblo que le daba todo su apoyo y tras un desfile triunfal por las rutas se asentara en la Casa Rosada? (...) Muchos años más tarde, el pensador cordobés Oscar del Barco publicó un libro estremecedor y significativo titulado No matar. Ese trabajo trae los distintos artículos publicados de octubre y noviembre del 2004 en la revista La Intemperie. Del Barco, quien militó en la izquierda guerrillera y prestó ayuda, al igual que el pensador José Aricó y Juan Carlos Portantiero, al foco del Comandante Segundo en Salta, abrió el fuego con la siguiente frase: “Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay ‘causas’ ni ‘ideales’ que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano… Más allá de todo y de todos, incluso hasta de un posible dios, hay el ‘No Matarás’. Es el principio que funda toda comunidad”. (...)
La nota “Si Cuba cae”, publicada por el escritor Mempo Giardinelli en la edición del 26 de mayo de 2010 del diario Página/12, un momento en el que la bancarrota del socialismo cubano se había tornado ya tan inocultable que hasta el mismo Fidel Castro confesó en una entrevista: “el modelo cubano ya no sirve ni para nosotros”, ilustra elocuentemente el condicionamiento afectivo y la fe inamovible de los militantes de izquierda, que los encadena al podio de la superioridad moral y los priva hasta del menor atisbo de objetividad. “Desde hace un tiempo parece que Cuba se tambalea y son muchos los que presagian que la revolución cubana se encamina a su fin. No soy amigo de predicciones, pero sé que si un Bicentenario es algo excepcional, también lo es una revolución que ha cumplido medio siglo y está muy golpeada”, comienza Giardinelli, para luego exponer su dolor frente a la derrota de la ilusión que apasionó su juventud: “En mi opinión, luego de 50 años de esperanzas y cambios, la realidad, que es tozuda, parece mostrar, si no el fracaso, al menos el deslucido final de la más hermosa utopía política del siglo XX”. A continuación Giardinelli afirma su lealtad incondicional al régimen castrista y destaca los tópicos de la salud y la educación, cuya supuesta excelencia, según opinión de la izquierda, basta para absolver al régimen de los Castro por el desastre económico, el hambre, la prostitución, la miseria generalizada, la falta de libertades y el irreductible totalitarismo que considera a cualquier rasgo de iniciativa privada como una traición contra el Estado: “Soy de los que, anónimamente, siempre apoyaron ese proceso. No por afinidad ideológica sino por valoración de una experiencia que alcanzaba logros sociales, educativos y de salubridad inéditos, y además soportando por décadas el más cruel y despiadado bloqueo económico. Por eso aun en los momentos más cuestionables, y frente a las peores decisiones de Fidel Castro y su gobierno, jamás escribí ni pronuncié una sola palabra que pudiera afectar esa experiencia.” Enseguida asistimos a la parte más sugestiva y reveladora del texto de Giardinelli, donde adquiere el tono de una confesión: “Mi derecho a escribir sobre Cuba –y mi deber ahora– se basa en que esa revolución es parte de mi vida y mi historia personal; se basa en el amor, el idealismo y la esperanza que nos dieron aquellos barbudos de Sierra Maestra, el primer Fidel y el Che, y sobre todo los cambios sociales en una isla que de ser prostíbulo norteamericano en el Caribe pasó a ser la nación más socialmente justa y más políticamente soberana de toda América”. (...) ¿Por qué no se escuchan voces ni discursos destinados a difundir los admirables e incuestionables logros que colocaron a Holanda, Bélgica, Suiza y los países escandinavos en la cúspide histórica del desarrollo y la equidad social, mientras en el otro extremo un extraño mecanismo psicológico alimenta el permanente e incontenible aluvión de ensayos, poemas, discursos, manifestaciones, homenajes y declaraciones dedicadas a glorificar a Fidel Castro –y a sus supuestos logros en salud y educación–, mientras se cierran los ojos ante las penurias que desde hace cincuenta años soporta el pueblo cubano, supuesto beneficiario de la revolución? Y en cuanto al “prostíbulo norteamericano”, ¿no sabrá Giardinelli que la prostitución en la Cuba actual, recomendada por Fidel Castro cuando señaló que la mayoría de las “jineteras” tiene nivel universitario, produjo un auge del turismo sexual que atrae a incontables y prósperos jubilados españoles, ingleses, alemanes, italianos, rusos y hasta cubanos de Miami? . “Pero también es cierto –dice Giardinell– que el gobierno cubano no supo resolver otros aspectos no menos fundamentales: no democratizó su estructura de poder; no garantizó libertades esenciales; practicó censura al pensamiento y a las ideas. Nunca tuve reparo en decirlo y lo tengo escrito en los 80 y los 90. Para mí era y es injustificable mantener un sistema de partido único; es un arcaísmo político, y no cambiarlo es una medida de gobierno conservador; no de gobierno revolucionario. La cuestión de la democracia en Cuba es su propio talón de Aquiles, y es lamentable que Fidel no lo comprenda” (...).
Si el régimen “no democratizó su estructura de poder, no garantizó libertades esenciales, practicó censura al pensamiento y a las ideas y mantuvo un sistema de partido único que es un arcaísmo político propio de un gobierno conservador” ¿por qué le causa tanto dolor su posible caída?

*Periodista y licenciado en Historia.
** Diseñador y pintor.



Daniel Muchnik* / Daniel Pérez**