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Mal e idiotez

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Videla y la dictadura son un tema tabú. Se habla mucho pero se dice poco. Se tiende a repetir obviedades en las que todos estamos de acuerdo pero hay un enorme temor de decir algo que despierte la más mínima controversia. No hay lugar para grises: se denuesta inflamadamente a los autores materiales o se calla.

Los que vivieron aquella época sin haber sido perjudicados padecen la culpa del pecado original. Aquellos que sí tienen antecedentes de persecuciones tienen pudor. Pudor, sí, como en los temas sexuales, de ofender la moral dominante. El pudor siempre es cultural, como la desnudez que en pueblos primitivos no era inmoral o el sexo en el futuro, cuando probablemente deje de ser tabú.

Precisamos que la dictadura deje de ser tabú. Los tabúes no ayudan al progreso de las sociedades, al contrario, las estancan. Para superar la dictadura no hay que dejar de hablar ni hablar menos sobre ella, hay que hablar más. Pero hablar en serio, con palabra plena, diciendo y no solamente emitiendo sonidos que no sean disonantes.

Hizo muy bien Kirchner en hacer bajar el cuadro de Videla y continuar con la profundización de los juicios que la Justicia ya había comenzado. Pero hace falta más. Precisamos llegar a los grises con gente que se anime a contradecir la moral blanco y negro que impera. Y esa gente debe provenir de quienes tengan credenciales de persecución durante la dictadura.

Esto no pasa o pasa poco porque, como durante la Inquisición, resulta tan blasfemo animarse a profundizar en los grises que hasta a las víctimas de la dictadura se les puede invertir el pasado y pasar a ser considerados colaboracionistas con cualquier excusa, una foto, una declaración o texto que no representa su trayectoria, en una versión actual del “algo habrán hecho” del que aún no nos hemos curado, como lo demuestra que ahora sea utilizado en sentido inverso.

Si hasta a la propia Hannah Arendt, por haber escrito en La banalidad del mal que Eichmann no era un monstruo ni un psicótico, la acusaron de nazi recordando que cuando era estudiante había tenido una relación amorosa con Heidegger. ¿Qué podría esperarle a quien dijera lo mismo de Videla? Hay que decir: era un monstruo.

A mí me deja más desolado aún ver que la maldad de quienes comandaron la dictadura era idiota. Aun salvando las distancias, quedo igualmente perplejo frente al reportaje de Ceferino Reato a Videla y sus explicaciones de por qué hizo lo que hizo, como quedó Hannah Arendt frente a las declaraciones de Eichmann ante el tribunal de Jerusalén que lo juzgó.

En Argentina: ¿cómo pudieron matar a 7 mil personas (es igualmente grave que si fueran 30 mil) y creer que con sólo hacer desaparecer los cuerpos iban a hacer desaparecer a las personas como sujeto de derecho? El mejor ejemplo de su oxímoron estuvo en el caso de los hijos de quienes secuestraban y de sus hijos nacidos en cautiverio. Había una contradicción –doblemente afortunada– entre el plan de exterminio al que llamaba “Disposición final” y entregar a los centenares de hijos de los desaparecidos.

Aun siguiendo su inaceptable lógica, según la cual a los subversivos había que matarlos y no encarcelarlos porque un nuevo gobierno los amnistiaría –como hizo Cámpora en 1973, cuando liberó a quienes estaban en esa condición–, hubiera sido moral e históricamente menos aborrecible, y menos grave jurídicamente para ellos, que fusilaran a los cabecillas con una orden firmada de un tribunal militar.

Por más malos que fueran, resulta inverosímil que no les generara conflicto tener que secuestrar niños y robar bebés. Creo que no pensaron suficientemente su estrategia antes de llevarla a la práctica. De la misma forma que con la Guerra de las Malvinas. Aunque en otra escala, no medir bien las consecuencias de los actos es otro rasgo permanente de quienes nos gobiernan, como lo seguimos viendo.

Otro oxímoron y estupidez legada al presente sucedió cuando la llegada de la democracia devino inevitable para ellos y promulgaron una “ley” de autoamnistía creyendo que al prohibir a los futuros jueces juzgarlos, no los juzgarían, igual simplificación que la ley de intangibilidad de los depósitos de Cavallo-De la Rúa en sus últimos días.

El mal idiota incomoda más que el mal eficaz. Queremos que si entran ladrones a nuestra casa sean ladrones profesionales y no aprendices. Que sepan hacer bien el mal. La dictadura fue como una banda de ladrones que mató e hirió a gente innecesariamente, obteniendo lo contrario a lo buscado, y terminaron presos. ¿Cómo pudo gente tan mediocre gobernarnos y tener tanto poder? ¿Qué mal hicimos nosotros, no ya ellos, para que todo eso haya sido posible? Y, más angustiante aún, ¿qué seguimos haciendo de la misma manera –aunque enmascarado en prácticas diferentes y más políticamente correctas– que sea también autodestructivo?

En pocas palabras: ¿nos curamos? Seguiremos enfermos si creyéramos que nos estamos curando si juzgamos, castigamos o se mueren en prisión los dictadores. No fueron sólo ellos. Parte del problema era nuestro y sigue en nosotros. Ellos, como hoy los políticos corruptos, no son la causa sino la consecuencia, son la representación de nuestros defectos llevados al paroxismo por el poder anabolizante del poder. “Si quieres conocer a alguien, dale poder”, dice el refrán. A la dictadura se le dio todo el poder y nos mostró lo que se puede hacer sin tener límites.



Jorge Fontevecchia