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Malvinas en el ¿fin de ciclo?

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Una estrategia para comprender los procesos históricos es observarlos desde alguna constante que los atraviese. Por ejemplo, los símbolos y las políticas nacionales, que trascienden a los gobiernos. El reclamo por la soberanía de Malvinas es una especial ventana para analizar el legado
kirchnerista. Reúne la doble condición de “cuestión diplomática” y “causa nacional”: políticas y símbolos para analizar el final de un gobierno que hizo de su resignificación una marca de identidad.
El lema oficial sobre Malvinas es “memoria, verdad, soberanía”. Hasta 2007, la reapertura de los juicios y la recuperación de la ESMA fueron las principales intervenciones kirchneristas sobre el pasado. Pero, de a poco, el tópico malvinero se hizo lugar: sintonizaba tanto con la reinserción latinoamericana de Argentina (la cumbre contra el ALCA fue en 2005) como con la revisión de la historia reciente. En primer lugar, desde el Ministerio de Educación. Luego, Tristán Bauer, director de la película Iluminados por el fuego y Edgardo Esteban, periodista y ex combatiente en cuyas experiencias se inspiró el film, ambos con gran capacidad de incidencia pública (Bauer es el presidente de Radio y Televisión Argentina) protagonizaron la instalación de algunos aspectos del “tema Malvinas”.

La política de derechos humanos fue tomada por algunos grupos de ex combatientes para “leer” Malvinas. Con acceso al gobierno, impulsaron dos líneas novedosas: la lucha por tipificar las inconductas y los malos tratos de oficiales argentinos contra sus propios hombres (una vieja denuncia de los soldados) como delitos de lesa humanidad, y la identificación de los caídos enterrados como NN en Darwin. Ambas iniciativas están pendientes, y la falta de resultados diplomáticos produjo un deslizamiento: se transformaron en “lo más visible” sobre Malvinas; ejes de la política exterior que, vale recordarlo, busca la restitución de un territorio y no la reparación jurídica del pasado. Si bien no son antagónicos, tampoco son objetivos intercambiables.
Hacia 2010, un spot de la TV Pública imaginaba una radio argentina destinada a los malvinenses: proponía escuchar un tema de León Gieco, y luego uno de The Beatles, en un ingenuo pero novedoso intento de armonización (vale señalar que los kelpers siempre recelaron del kirchnerismo).
Dos años después, para los Juegos Olímpicos en Londres, una agresiva publicidad oficial mostraba a un atleta argentino que entrenaba en su “propio territorio”, Malvinas. ¿Qué había pasado? El “conflicto con el campo”; el endurecimiento de la retórica oficial traducida en una creciente intolerancia interna y externa hacia los disensos. El símbolo antiimperialista ganó relevancia, y en 2012 la consigna fue “salir a pintar Malvinas”.

Desde entonces, sin revisión, los avances en la mirada crítica sobre las responsabilidades en la guerra de 1982 conviven con el retorno de la retórica nacionalista anterior al conflicto. El mejor ejemplo de esta dualidad es el guión del Museo Malvinas, inaugurado en 2014. Junto a las denuncias por los malos tratos a los soldados, nos enteramos de que las islas son argentinas, entre otras cosas, porque ciertas especies reparten su ciclo vital entre el territorio continental argentino y Malvinas… argumento que desde el absurdo podría ser usado a la inversa.
Es difícil aún medir los logros de la Secretaría de Asuntos Relativos a las Islas Malvinas, creada en 2014. Algunas de sus acciones daban esperanza, como el impulso al interés de las universidades nacionales por el tema. La iniciativa estratégica Pampa Azul, asimismo, es un plan que vincula distintas áreas estatales en la revalorización y conocimiento del espacio marítimo argentino. Pero su nombre revela  que el pensamiento estratégico argentino aún no sale de viejas matrices: ve el mar en clave agroexportadora. Ese es el desafío más grande: un cambio cultural en nuestra relación con el Atlántico Sur. La década K no buscó romper esa lógica, pero es vital hacerlo.

 

*Historiador.



Federico Lorenz