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Margarita Barrientos

Todo está listo para empezar el viaje. El Toyota Corolla gris perla de Isidro Antúnez fue lavado y encerado: espera, paciente, estacionado en el medio del galpón en el que pronto cenarán unas 420 personas.

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Todo está listo para empezar el viaje. El Toyota Corolla gris perla de Isidro Antúnez fue lavado y encerado: espera, paciente, estacionado en el medio del galpón en el que pronto cenarán unas 420 personas. La salsa de tomate crepita en las ollas de la cocina contigua.

El baúl del auto está lleno de bolsos y mercaderías como aceite, harina, yerba, azúcar. En esta tarde que se escapa al templado invierno, gran parte de la familia se halla reunida para la partida.

—¡El frío que debe hacer en esta época en Santiago, mi Dios! –suelta Mónica del Valle Delgado, grandota, el pelo largo y negro, ladera fiel de Margarita. Mónica también es santiagueña.

Entonces baja ella. Con parsimonia, uno a uno, desciende los peldaños de la escalera gastada de cemento. Se ha puesto unas babuchas negras de algodón que le llegan hasta los tobillos, un remerón violeta, zapatillas y un cárdigan. Lleva atado el pelo en una cola bien tirante; parece que hubiera usado gomina. Luce muchos años más joven que otros días, esos días en que absorbe los problemas y las miserias de las dos mil personas que comen diariamente allí.

—¿Cómo le va, señorita? –saluda con una sonrisa.

Trae a las nenas de la mano: sus nietas –Micaela, de 8 años, y Daiana, de 7– y Zoe, de 5, a quien rescató unas semanas atrás de las noches heladas, la calle y la basura por pedido de su madre, adicta a las drogas.

Margarita entra en el auto y guarda en un hueco, cerca de la caja de cambios, un estuche azul donde atesora sus maquillajes.

—Mis hijos no me dejan salir así nomás. Isidro tampoco. Me retan. Dicen que tengo que cuidarme, estar bien –se justifica.

Otros nietos también quieren subir al auto para ir con Mami, como la llaman casi todos. Mónica los frena en seco.

Nos acomodamos. Somos sólo seis los integrantes de esta aventura hacia los orígenes de Margarita Barrientos, hacia Añatuya, hacia el monte santiagueño, hacia el medio de la nada.

El Corolla arranca.

Ya anocheció en la Panamericana e Isidro, que perdió su brazo derecho hace 25 años, maneja su auto con caja de cambios automática y “perilla al volante”, como indica su registro de conducir. Lo hizo durante mucho tiempo sin controles especiales: hacía los cambios cruzando el brazo izquierdo y soltando el volante. Por suerte, no hubo consecuencias. Pero un buen día decidió ponerse en regla.

—No somos de viajar mucho tampoco –aclara Margarita–. Una vez nos fuimos a Los Cocos, en Córdoba. Nos había conseguido todo María PriceWaterhouse –en verdad se llama María y trabaja en PriceWaterhouseCoopers; es una colaboradora que aparece de vez en cuando para invitarla a comer, hacerle algún regalo o donar alimentos–. Los pasajes, por gentileza de Julio Comparada, el presidente de Independiente, y una semana en el hotel de gastronómicos, por Luis Barrionuevo. ¡No duramos ni cuatro días! A los tres días ya nos queríamos volver. Es que nos cuesta salir, estar lejos. En la Fundación (Margarita Barrientos) siempre hay muchas cosas que atender. Para las próximas vacaciones, Martita y Dorys (que se acercaron a colaborar y terminaron como íntimas amigas de Margarita) se van a Mar del Plata y nos están invitando. Vamos a ver.

Margarita viaja atrás, por las nenas. Me tocó el asiento del acompañante. Estoy a cargo de mantener despierto a Isidro, de poner y sacar los CDs, de alcanzar el dinero para los peajes.

A pedido de Margarita suena una chacarera de Sixto Palavecino, como para entrar en clima, para ir llegando a Santiago.

—Yo tuve documento a los 16 años recién –recuerda–, cuando me junté con Isidro. Ahí se fijaron, y yo estaba asentada como Barrientos. Dicen que nací en otra tapera en que vivíamos antes, por la zona de El 25, cerca de Añatuya. Pero me habían llevado al hospital en sulky después, como a seis leguas (treinta kilómetros), porque mamá estaba mal. Sé que nací el 12 de octubre del año 1961. No sé la hora. Dicen que estaban los testigos, que eran doña Edelmira Busto y doña Cristina Sánchez, las comadronas. Dicen que ellas son las que avalan que yo nací ese día.

Ya entonces, la provincia de Santiago del Estero, cuya riqueza forestal había representado a principios del siglo pasado el diez por ciento de la del país, estaba hecha jirones. Se había desangrado lentamente desde la década del 20 por la desmedida tala de árboles. La madera se vendía al ferrocarril; de los quebrachos se extraía el tanino, una novedosa sustancia que conservaba el cuero, para euforia de las tiendas del mundo. Cuando acabaron estos recursos, los capitales extranjeros, como la predominante Forestal inglesa, se marcharon. Quedaron el vacío y la miseria.

La zona, parte del llamado Gran Chaco, se venía vaciando de gente hacía algún tiempo. Los santiagueños emigraban a Buenos Aires en busca de un destino mejor. Los “cabecitas negras” que habían aclamado a Juan Domingo Perón años antes, muchos de ellos asentados en las villas miseria de la gran ciudad, invitaban de a poco a sus familiares y amigos. Había trabajo: primero, gracias a la profundización de las políti­cas de sustitución de importaciones del peronismo; luego, por el aliento de la industria pesada (acero, petroquímicas) con inversión de capitales extranjeros, eje del desarrollismo de Arturo Frondizi. Este largo éxodo trasplantó a unos 800 mil santiagueños. (…)

*Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y periodista (TEA). Fragmento del libro Margarita Barrientos, editorial Paidós.



Luciana Mantero