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María Julia Kirchner

CFK puede ser una representación adecuada del mal para una parte importante de la sociedad y cumpliría bien el rol de chivo expiatorio, pero no es María Julia.

Alsogaray murió esta semana. Culpable real, sirvió para expiar culpas colectivas. La historia se repetiría con CFK: del amor al odio social.
Alsogaray murió esta semana. Culpable real, sirvió para expiar culpas colectivas. La historia se repetiría con CFK: del amor al odio social. Foto:PABLO TEMES

La ceremonia es así: se eligen dos chivos, a uno se lo sacrifica con todos los honores y su sangre se rocía en lugares sagrados. El otro no, el otro chivo no merece el honor de esa muerte. Un sacerdote purificado y vestido de blanco pone sus manos sobre la cabeza del animal y le traspasa todas las culpas del pueblo, luego lo lleva al desierto y lo abandona, algunos también son apedreados. Tendrán lo que se merecen, una muerte agónica. Son culpables de llevar lo peor de nosotros. Son chivos expiatorios.

El ritual es milenario y no falla. Algunas culturas primitivas aún matan animales, pero las más evolucionadas sacrifican personas.

Reina de los 90. Esta semana falleció María Julia Alsogaray, uno de los mayores chivos expiatorios de la historia argentina. Durante su fulgurante carrera fue sumando motivos reales para que, tras la debacle menemista, le tocara cargar con todas las culpas propias y también las ajenas.

Era frívola, exitosa, provocativa, un tanto corrupta. Pero antes había sido una mujer gris, de trajecitos aburridos, como su discurso político. El menemismo y la posmodernidad la cambiaron para siempre, igual que a la sociedad. Se soltó, el poder la embelleció, sonreía como nunca antes. Fue la reina de los 90, la mayor celebridad de esa fiesta con pizza y champagne a la cual una mayoría social se sentía invitada. La Argentina iba directo al Primer Mundo, un peso valía un dólar, sin inflación, crecía el PBI, el crédito hipotecario regresaba tras décadas, volvían las marcas internacionales, las empresas públicas se privatizaban y los trenes que paraban, cerraban.

Cuando en 1990 Noticias la hizo tapa con su insinuante desnudez sobre la nieve, la revista la presentó como una denuncia de frivolidad explícita suponiendo que escandalizaría a un país que intentaba sobrevivir a una hiperinflación con crisis económica incluida. Y fue un escándalo, pero un escándalo posmo, superficial, con más admiración que horror. Recién tiempo después esa tapa se vería como el mayor símbolo del exhibicionismo corrupto menemista.

Entonces sí, tanto ella como su jefe fueron las representaciones perfectas del mal. Las denuncias que en su momento sólo hacían esa revista y el Página/12 de Jorge Lanata, al final de los 90 ya eran asumidas por la casi totalidad de los medios y habían colmado de indignación a los argentinos, incluso (o especialmente) a quienes habían sido parte de aquella fiesta.

Era el contexto justo para que la ceremonia ancestral volviera a suceder. El peronismo ofrendó una ex funcionaria que era ajena a su historia, a una sociedad horrorizada por descubrir lo que ya sabía sobre la corrupción. Ahí mismo, la Justicia, la que casi me enjuicia al declarar como autor de la nota sobre su enriquecimiento que la llevó a prisión (me negué a responderle al juez sobre cuál era mi ideología), la que cajoneó la causa casi una década, fue la Justicia que puso las manos sobre su cabeza y la mandó a la cárcel. Al desierto social en el que fue apedreada y muerta mucho antes de la semana pasada.

Reina Siglo XXI. Los ciclos políticos argentinos vienen cargados con una dosis envenenada de culpas compartidas que se deben exorcizar al final del camino. Antes de la complicidad con la fiesta menemista, había sido el silencio colectivo durante la dictadura: esa culpa fue tan grave, profunda, dolorosa, generalizada, que la cantidad de culpables (verdaderos culpables) que hubo que arrojar a la hoguera fueron cientos y fueron militares. Porque en esa exculpación social los civiles no fueron sacrificados.   

Ahora le toca al kirchnerismo. Gobernó doce años, fue electo no una, sino tres veces. La última, tras ocho años de gestión, ganó con más del 54% de los votos (el segundo partido sacó 16 puntos). Y tras doce años de poder, ya sin un Kirchner en la boleta y con Aníbal Fernández de candidato en la provincia de Buenos Aires, alcanzó casi el 49% de votos.  

No fue magia. Hubo un apoyo masivo a un modelo que había recuperado la gobernabilidad tras la explosión de 2001 y mostraba índices de crecimiento “a tasas chinas”. Con un apellido no contaminado con la vieja política, que aparecía respetuoso de los derechos humanos, crítico de la corruptela política e impulsor de un recambio refrescante de la Corte Suprema.

Durante años, las opiniones de políticos, empresarios, periodistas, medios, jueces e intelectuales, mostraban el alto nivel de aceptación que tuvo ese período. Si una amplia mayoría estaba tan conforme, para qué oír las denuncias de una opositora loca, algún empresario que se decía apretado o a medios como Noticias o PERFIL que hablaban de testaferros, coimas en la obra pública, enriquecimientos ilícitos, distribución discrecional de la publicidad oficial y persecuciones de quienes pensaban distinto.

El pragmatismo no es una herejía, es la decisión de aceptar lo que conviene y hacerse el distraído frente a los daños colaterales que lo conveniente puede traer aparejado. Es una corriente filosófica que se inició en los Estados Unidos en el siglo XIX y que considera verdadero sólo lo que funciona. Para los pragmáticos, la verdad y la bondad deben ser medidas con el beneficio que provoquen. Esta sería la lógica argentina por la cual si a una mayoría social no le conviene buscar la verdad, para qué hacerlo.

Una persona no tiene el derecho de ser corrupta ni cómplice con su silencio frente al delito. La sociedad sí. Sus sectores eligen lo que les parece mejor, lo que les otorga más beneficios. Y pueden ser beneficios importantes, como el mayor bienestar de una familia, un subsidio para llegar a fin de mes, la supervivencia de una empresa. No hay condena posible por mirar para otro lado. No hay jueces que eleven a juicio oral una causa así.

Inocencia colectiva. Pero son las mismas sociedades las que en algún momento hacen su propio juicio de los procesos políticos de los que formaron parte. No es en los Tribunales ni es público. Es un ajusticiamiento lento y silencioso que comienza cuando esos procesos se deterioran generando más costos que beneficios, y se asienta cuando el viejo ciclo político es reemplazado por uno nuevo. Entonces, la sociedad (la opinión pública predominante, la voz políticamente correcta, los líderes que representan la moral media de cada época, los jueces) emitirá un veredicto que, en todos los casos, será exculpatorio de ella misma.

Los culpables serán otros, pero bien identificados, con historias y hechos que los desenmascaren. Porque la evolución social hizo que no cualquiera pueda ocupar el lugar del chivo expiatorio. Los elegidos tienen que estar cargados con sus propias culpas, no podrían ser absolutamente inocentes. Deben pagar por lo que de verdad hicieron y también para demostrar que fue su perversidad la que mantuvo engañada a una sociedad inocente.

El proceso de sacrificio con algunos emblemas del kirchnerismo (Boudou, Jaime, De Vido, López, Báez) comenzó hace tiempo y alcanzaría su mayor dramatismo con Cristina Kirchner presa. Como María Julia antes, hoy no hay nadie mejor que ella para representar el lado oscuro de su tiempo.

Cristina es soberbia, bonita pese a los años, inteligente, autoritaria. Responsable de una red corrupta parecida a la del menemismo y de una gestión que terminó con crisis económica, inflación, cepo cambiario, aislamiento internacional y 30% de pobres.

Con ella derrotada en octubre (“Yo te vi perder con Bullrich”, prepara remeras el macrismo), la economía despegando, gobernabilidad y un peronismo que halle un nuevo liderazgo no K, Cristina es candidata para una hoguera social que queme el pasado y exculpe a la mayoría. Una vez más.

Aunque con ella no será tan fácil. Es cierto que su imagen negativa crece, pero conserva un núcleo duro de adhesión del 20% que “da la vida por ella”  y estaría dispuesto a defender el mito. (“No, por Mauricio nadie da la vida, no tenemos adhesiones patológicas”, se ríen en el Gobierno).

Cristina puede ser una representación adecuada del mal para una parte importante de la sociedad y cumpliría bien el rol de chivo expiatorio, pero no es María Julia. Es la líder indiscutida de un sector aún relevante, viene del peronismo (de un peronismo setentista, pero peronismo al fin) y tiene un relato mítico que le da sustento y la encubre. Pocos volvieron de las cenizas (Perón fue uno), pero ella es tan impredecible como la Argentina.