COLUMNISTAS INSATISFACCIONES


Maridaje excepcional

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Hace poco, en un mismo día, tuve una experiencia inédita. Por la tarde vi la última película de Pedro Almodóvar, Julieta, y por la noche vi Fango, de Juan Celestino Campusano. No soy fan del cine de Almodóvar y nunca había visto nada de Campusano. Creo que por sus diferencias notables hacen un buen maridaje. La película de Almodóvar es una película de pérdidas, de reflexión sobre la vida que termina, algo de lo que le debe estar pasando al español ahora que entra en la tierna edad. Si antes sus filmes parecían estar pintados con rush, esta película parece dibujada a lápiz, por su sencillez: aunque las personas siguen sufriendo vestidas con un look tremendo. No importa que te perdonen, lo que te libera es perdonar. Eso parece ser el mantra que repite Almodóvar en este film crepuscular. Tanto en la película del español como en la del argentino, hay un animal que se utiliza de manera simbólica, en la primera, es un ciervo  hermoso, lírico, que corre y es visto a través de las ventanillas de un tren europeo. En Fango el animal es un caballo que está en descomposición y se lo van a morfar los de la villa.

Campusano es un poeta del Conurbano profundo, acá los actores son animales que no actúan, se mueven como lo que son: seres desposeídos de todo viviendo la parte oscura de la fábula del capitalismo. No están lookeados, se visten como son en la vida cotidiana: heavy metals, lúmpenes, ladrones, una mujer que uno tarda varios minutos en darse cuenta de que es una mujer, como si la androginia nos estuviera hablando de una zona donde no importa quién es quién en el reparto. El capitalismo no es una religión, como presuponía Walter Banjamin, porque la religión siempre te da algo a cambio. El capitalismo sólo te pide cosas y no da nada. Es un eterno insatisfecho. Para que exista el Malba, los cócteles, la Recoleta, los vips y el nieto de Mirtha Legrand, tiene que existir este costado del témpano negro donde los que están afuera del sistema se desangran. En Campusano no hay redención. O tal vez, la redención, el movimiento afirmativo, sea hacer un cine potente, cuando la sociedad te inclina más a estar reventando una farmacia.