COLUMNISTAS LA CHICA QUE BUSCO ESTUDIAR PARA PROGRESAR

Marina, del seringueiro a la política formal

En esta segunda entrega, cómo abandonó el oficio de "seringueiro", su esfuerzo por acceder a la educación formal, su frágil salud y su despertar espiritual.

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Foto:Cedoc Perfil

Parecía que iba a morir. Estaba enferma, muy enferma. Pensó: "Es de nuevo la malaria". La había sufrido cinco veces, pero ahora tenía al mismo tiempo hepatitis. "Papá, quiero irme a la ciudad. Quiero curarme. Quiero estudiar". Para tener el coraje de pronunciar esas palabras, Marina rezó durante un mes. En el seringueiro no se abandona a la comunidad. Dom Pedro le dio permiso. Cuando llegó a Río Branco se alojó en casa de unos parientes que vivían en un barrio marginal. La luz eléctrica le molestaba mucho; la claridad hería sus ojos, habituados a la bruma de la selva y a la danza de la llama sobre los leños. También le perturbaba el gallo de un vecino, que movía las alas y cantaba en la madrugada. Tenía 16 años.

Marina había trazado su ruta: vencer la enfermedad, aprender a leer, hacerse monja. Su tío la llevó al hospital. El médico dijo: "¿Por qué trae recién a esta chica? Desde hace rato tiene el alma en el infierno". Marina cuenta: "Me dolió mucho cuando oí eso. Decía que iba a morir. Esa noche hice lo que me enseñó mi abuela para enfrentar circunstancias críticas: recé. Pensé que, diga lo que diga ese señor, Dios no va a permitir que suceda". Fue la primera sentencia de muerte que recibió. Luego vendrían otras tres, siempre pronunciadas por médicos solemnes, seguros de su diagnóstico.

En casa de su tía no había mucho espacio ni sobraba la comida, tenía que buscar una alternativa. Supo que una familia de profesores necesitaba una empleada doméstica y fue a trabajar en casa de Dacmar y Doña Teresita. Con sacrificio, logró juntar el dinero necesario para comprar algunas cosas que necesitaba para ingresar al convento. "Guardé aparte un poquito de dinero porque temía quedar nuevamente enferma". Tomaba plasil enzimático porque su cuerpo no producía enzimas digestivas como consecuencia de las hepatitis. "Si comía arroz, me sentía mejor, con la barriga menos hinchada y evitaba la anemia".

Ingresó al programa de alfabetización de adultos. "Creo que las leyendas que aprendí en el seringueiro fueron un gran entrenamiento. Relataban historias lindas, de príncipes, de princesas, un universo de leyendas. Mi tío, un shamán, me puso en contacto con el mundo de los espíritus. Construí mi razonamiento abstracto en base a cosas concretas y a los mitos con los que había vivido". Empezaron las clases. Su nombre era el primero de la lista, porque era nueva. La profesora dijo: "Marina", ella se levantó, se acercó al escritorio y preguntó qué quería. "¿Usted es tonta, joven? ¿Qué hace aquí? Cuando digo el nombre de una alumna debe decir ‘presente’ y no acercarse. ¿Es estúpida?". Habló lo suficientemente alto para que toda la clase escuche y se ría. Marina moría de vergüenza. Al día siguiente no volvió. Más tarde, lavando platos, reflexionó: "Voy a regresar. Si no lo hago, me llamarán estúpida el resto de mi vida". Llegó a la escuela con la actitud altiva de quien sabe que nada de lo que hagan le iba a afectar. "Mientras caminaba pensé: nada me va a avergonzar. Pueden reírse de mí, de mi ropa, pueden burlarse de todo, pero yo seguiré asistiendo. Vengo porque quiero aprender". Adquiridos los conocimientos básicos, ingresó al convento. Los horarios eran muy rígidos, Marina trabajaba desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche y no quería atrasarse en sus estudios. Compró furtivamente un paquete de velas para alumbrarse a la madrugada y leer. Para que las monjas no le vean estudiando, pidió permiso para cubrir con papeles el vidrio de la ventana, argumentando que la luz del corredor le molestaba. Mientras aprendía la disciplina del convento, crecía su angustia porque los árboles, a los que tanto amaba, eran derribados sin misericordia; cientos de seringueiros eran asesinados y borrados del mapa como si nunca hubieran existido. En el campo se alzaban las primeras voces de resistencia, apoyadas por el ala progresista de la Iglesia. Sentía una contradicción entre su vocación religiosa y su pasión por solucionar los problemas concretos de su gente.

Camino espiritual. Dom Moacyr Grecchi, el "obispo verde", fue un domingo al convento a decir misa. Marina sólo lo vio a lo lejos, pero le "gustaron mucho sus mensajes, solidarios con los indios, los seringueiros. Me dolía que las hermanas hagan críticas en contra del monseñor, al que calificaban de comunista, usando esa palabra como algo malo. Yo pensaba que, si le dicen comunista a alguien que defiende a los seringueiros, seguramente los comunistas son buena gente". Se inscribió en un seminario en el que hablaban Clodovis Boff y Chico Mendes. "Pensé que era la oportunidad de entender mejor lo que había en la cabeza de un comunista". Clodovis era hermano de Leonardo Boff, el célebre teólogo de la liberación. Leyó pasajes del evangelio de San Mateo, demostrando que el cristianismo no debía ser teórico, estaba para transformar la realidad social. "Predicaba una fe viva, comprometida con el sufrimiento de las personas en esta tierra y no sólo con abstracciones espirituales. Boff ponía de ejemplo a los seringueiros y a los indios expulsados de sus tierras, que según él eran los más excluidos de los excluidos. El mensaje fue muy fuerte para mí. Decidí que si eso era el comunismo, quería ser comunista". Chico Mendes habló después acerca de cómo practicaba esta filosofía en Xapuri, organizando sindicatos y movimientos de seringueiros. Al final del curso se montó una escenografía, Marina recitó versos inspirados en leyendas que le gustaron mucho a Chico Mendes. La invitó a ir a Xapuri. Se iniciaba 1977.

En diciembre de ese año, Marina debía ir a la casa de las Siervas de María en Río en Janeiro, para profesar sus votos provisionales, pero en el tiempo transcurrido desde el curso con Boff, se había convertido en otra persona. No quería ser monja y vivir recluida en un convento mientras el mundo se incendiaba. Marina dejó los hábitos y se metió de cabeza en el activismo político. Bajo el liderazgo de Chico Mendes se integró al movimiento en defensa de los seringueiros, promoviendo su organización, participando en su lucha por la preservación de la selva, organizando cursos, reuniones. Su febril entusiasmo se congeló cuando su salud se vino abajo y escuchó su segunda sentencia de muerte. Alojada en la sala de emergencias del hospital de Río Branco, sintió que una enfermera le comentaba a otra: "La paciente de la cama 96 insiste en saber lo que tiene, pero no se lo diga porque su cirrosis es terminal. Pronto va a morir". Otra vez su salud había llegado al límite. Marina pidió a los médicos que la dejen ir. Sabía que si se quedaba, iba a morir de manera irremediable y no quería renunciar a su intenso deseo de vivir. Tenía muchos sueños; algunos eran nuevos y habían renovado su alegría y su compromiso. Quería luchar en favor de quienes no tenían recursos como ella, de los que estaban siendo expulsados de sus casas en la selva, de los que no tenían acceso a la salud y a la educación. Quería ser profesora, enseñar a leer a los niños, darles armas, pero no de las que matan, sino las del conocimiento para cambiar. Esas ilusiones no podían truncarse por una enfermedad. Para que la dejaran salir del hospital tuvo que firmar un papel aceptando su responsabilidad por abandonar el tratamiento, a sabiendas de que estaba tan grave. Creyó que el único que podía ayudarla era el obispo verde. Lo conocía sólo de vista, pero todos decían que era un hombre bueno. "Sabía que salía muy temprano para trabajar en las comunidades y me dirigí a su iglesia. Se había agudizado mi hipoglucemia y cuando me bajé del bus me sentí tan mal que tuve que acostarme en el piso, en la entrada de una casa. Escuchaba que, al pasar, los transeúntes decían que seguramente era una mujer de la vida que pasó la noche bebiendo cachaza y se quedó dormida. Puse mi brazo sobre la cara. No quería que me crean una prostituta borracha. Cuando me repuse un poco atravesé la calle, entré a la casa arzobispal y dije que quería hablar con Dom Moacyr. La recepcionista contestó que eso no era posible, que necesitaba una cita. Iba a argumentar que era una cuestión de vida o muerte, cuando se oyó desde lo alto de la escalera la voz del sacerdote que decía: "¿Qué es lo que quiere esa joven?". "Quiere hablar con el Señor, pero le estoy explicando que necesita una cita". "Y usted, ¿qué quiere, querida hija?". "Estoy muy enferma, el médico dice que voy a morir. Quisiera que me mande a San Pablo". Marina se emociona cuando recuerda que el obispo descendió y le preguntó mirándola a los ojos: "¿Puede usted comprar el pasaje?". Ella no tenía ninguna idea de cuánto costaba un boleto a San Pablo, pero respondió: "Tengo". "Si usted consigue el pasaje, le consigo un hospital". "Entonces, ¿cuando tenga el pasaje puedo volver?". "Sí. Puede". Con ese acuerdo Marina tomó un bus, volvió al seringal y le contó a su padre lo que ocurría. Dom Pedro vendió los puercos, las gallinas y unos sacos de fréjol. Los tíos, primos y otros miembros del seringal hicieron cuota y consiguieron el dinero necesario. Sólo alcanzó para el pasaje de ida. En el aeropuerto, Marina se encontró con Clodovis Boff, le contó lo que ocurría y le confesó que se moría de miedo de subir al avión. Conserva ese temor hasta la actualidad.

La dieta salvadora. Los médicos del hospital de San Pablo diagnosticaron que como consecuencia de sus hepatitis Marina no producía enzimas digestivas. Le recetaron más plasil enzimático y una dieta a base de papaya, yogur natural y queso fresco, alimentos a los que antes no había tenido acceso. Se sintió mejor, ganó peso y tres meses después volvió a Río Branco. No tenía recursos para comprar yogur y queso, volvió a su dieta habitual de arroz y carne magra. Su historia clínica terminó produciendo un cuadro de alergias y restricciones alimentarias. Hasta hoy no come carne roja, mariscos ni lácteos, e ingiere poca azúcar. De los placeres de la mesa que le quedan, dice que nada se compara a los batidos de açaí, la fruta de una palmera de la Amazonia que toma siempre que visita Río Branco.

Entre 1970 y 1975, solamente en la región Xapuri fueron expulsadas de su tierra diez mil familias de seringueiros. Cuatro mil engrosaron los cinturones de miseria de las ciudades, otros se fueron a Bolivia para tratar de instalarse clandestinamente en la selva. Brasil padecía una dictadura militar con apariencia democrática. Se celebraban elecciones, pero sólo se podía votar por la Alianza Renovadora Nacional (Arena) o el Movimiento Democrático Brasileño (MDB). Algunos militantes de izquierda, sin otra alternativa, ingresaron al MDB, que tenía una línea más progresista, pero era parte del sistema.

Marina tuvo sus primeros contactos con la izquierda cuando ingresó al grupo de teatro Semente y a la Facultad de Historia de la Universidad de Acre. Entusiasmada con posturas radicales, se presentó como candidata para presidenta del Centro de Estudiantes de Historia. Fue la época en que ella y Chico Mendes se vincularon al Partido Revolucionario Comunista (PRC), que había optado por la lucha armada, pero eso no era lo suyo. Mendes era un pacifista, ambientalista, preocupado por la naturaleza; fue el primer personaje que defendió el concepto de desarrollo sustentable, que es el eje de la propuesta de Marina. Los marxistas ortodoxos los rechazaron porque, para ellos, el ecologismo, la defensa del papel de la mujer en la política, el respeto a los derechos humanos, eran "desviaciones pequeño burguesas" que confundían al proletariado para que no cumpla su misión histórica. Marina dice: "Con Chico aprendí que si tratamos de hacer las cosas para el pueblo brasileño, seremos derrotados, pero si hacemos los cambios con el pueblo, saldremos victoriosos. Tenemos que lograr que todos se sientan parte del problema y de la solución. Cada uno de nosotros tiene que sentirse parte de la pregunta y parte de la respuesta". Desde 1980 dirigentes obreros, intelectuales, estudiantes impulsaban la creación del Partido del Trabajo, una nueva alternativa política socialista, democrática, heterogénea, alejada de las consignas soviéticas. Un obrero metalúrgico, Lula da Silva, aparecía como el líder de la nueva organización, mucho más afín con las tesis de Chico Mendes y Marina. Se afiliaron en 1985.

Candidata. Tres años después, Marina fue candidata a concejal de Río Branco. En Acre había la costumbre de vender el voto a cambio de un par de lentes, dentaduras u ofertas de obras. Los Santiago eran una familia especializada en esas prácticas, nunca habían perdido una elección. Marina en su campaña pidió a la gente que no se deje chantajear, explicó que el asfalto, la luz eléctrica, el agua, eran derechos, no favores. Marina ganó la elección con más de dos mil quinientos votos, el doble de los que obtuvo Arlindo Santiago. Cuando asumió, devolvió el dinero que le habían entregado como recuperación de los gastos de campaña, llamando la atención de la prensa, provocando entusiasmo en los votantes y fastidio de los políticos. Al mes de la elección, el 22 de diciembre de 1988, Chico Mendes fue asesinado en el portal de su casa en Xapuri.

Esta es Marina Silva. El eje de su propuesta pasó y pasa por la defensa de la Amazonia, la necesidad de promover la educación y la salud. Son temas que nacen de su experiencia vital, no los escogió un asesor de imagen, ni eran los principales problemas que detectaban las encuestas. Los trucos del marketing político sirven para fabricar candidatos de papel que se disuelven con la primera tempestad. Marina es auténtica y, como dice en la presentación de su biografía, "conocí lo que es la fiebre y el sabor del hambre. En las aguas de mi infancia perdí el miedo a los torbellinos. Por eso avanzo por la vida, cantando".

 

*Profesor de la George Washington University.

 

Para saber más sobre la información contenida en esta nota, pueden visitarse los siguientes links: 

Marina Silva: el milagro de la conversión

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