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Marina Silva y la izquierda en los agitados años 70

En su tercera entrega sobre la candidata brasileña, el politólogo reconstruye la época en la que la militancia dominaba la escena en América Latina y el mundo.

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Foto:Cedoc

Marina salió a Rio Branco a principios de los años 70, cuando los valores de la cultura occidental volaban en pedazos y se desataban todas las revoluciones.

La difusión de los anticonceptivos, los antibióticos y el desarrollo de los medios de comunicación soltaron las amarras del placer y de la imaginación. Como dijo un poeta nadaísta, “parecería que en el mundo no hay suficiente lugar para el mundo”.

Entraron en crisis el Partido Comunista y la Iglesia Católica, las dos grandes religiones de esa época. Eran anticuadas, buscaban llegar al paraíso, habían perdido contacto con la realidad concreta y eran machistas, ya que nunca hubo una mujer obispo o una mandataria en un país comunista.

Lao-Tsé dice que cuando las ramas de un árbol están vivas son flexibles y se mecen con el viento, cuando están muertas son rígidas y se quiebran. La Iglesia supo mecerse en el vendaval y reinventarse, el PCUS fue rígido y se despedazó cuando le cayó encima el Muro de Berlín.

En 1965 terminó el Concilio Vaticano II, última reunión internacional en la que los participantes hablaron latín. Aprobó reformas como el ecumenismo, que reconocía la validez de otras creencias y el compromiso con los pobres. A su sombra, nació la teología de la liberación, uno de cuyos líderes fue el franciscano Leonardo Boff, que influyó sobre Marina. Escribió Iglesia: carisma y poder, libro por el que la Sagrada Congregación de la Defensa de la Fe, presidida por Joseph Ratzinger, le suspendió a divinis. Perseguido por los conservadores, pasó al estado laical en 1992. En Brasil, la teología de la liberación vivió su compromiso con los pobres y ayudó a la formación del PT, pero no asumió posturas violentas como las de Camilo Torres y los predicadores de otros países. Marina Silva se formó bajo la influencia de esta opción religiosa y política.

En los primeros años de la revolución soviética, el izquierdómetro fue preciso: era más de izquierda quien más respaldaba la revolución leninista. Esto empezó a complicarse con Stalin. El socialismo en un solo país devino en nacionalismo, los procesos de Moscú desnaturalizaron su ética, y la limpieza étnica de los tártaros en Crimea y de los alemanes en Königsberg parecieron genocidios racistas.

La muerte de millones de soviéticos con la implantación de la economía centralmente planificada y las violaciones a los derechos humanos enfriaron el entusiasmo de intelectuales como George Orwell, Arthur Koestler, Igor Stravinsky, André Malraux, Jean Cocteau, Isaiah Berlin, Ezra Pound y Tennessee Williams, que habían apoyado inicialmente la revolución. De todas formas, hasta los 60 el PCUS señalaba el norte de la izquierda. La ruptura con China dividió a los partidos comunistas, la invasión a Checoslovaquia evidenció el aspecto colonial de la “liberación” de Europa del este y las revoluciones juveniles denunciaron su decrepitud.

Los líderes de la nueva izquierda, Daniel Cohn-Bendit, Paul Goodman, Allen Ginsberg y Herbert Marcuse, plantearon problemas que iban más allá de la oposición burguesía/proletariado. Con la revolución de mayo en Francia, varios intelectuales comunistas como Eric Hobsbawm, Roger Garaudy y André Gorz dejaron el partido. Entre los adoquines de París resucitaron Freud, Wilhelm, Reich, Fourier, Artaud, Cooper y Laing, reivindicando la locura como instancia de pensamiento revolucionario. Cooper viajó a Buenos Aires, creyendo que desde allí sería más fácil hacer la revolución, floreció la antipsiquiatría y se publicaron Nudos de Laing y Clínica grupal de Pavlovsky. En diciembre de 1969, Amelita Baltar interpretó la Balada para un loco de Piazzolla. La cordura parecía anacrónica.

La explosión de las libertades coincidió con el imperio de gobiernos militares que combatían tanto a las guerrillas como a los jóvenes con pelo largo, a los que tildaban de subversivos. No entendían que, aunque todos rechazaban la invasión de Vietnam, unos coreaban “¿Cuál es la consigna del comandante Che Guevara?, crear un, dos, tres Vietnam”, mientras los otros querían que no existiesen más Vietnam atropellados, que desaparecieran las guerras, los mandantes y los comandantes. Su lema era: “Peace, flowers, freedom, happiness”. En Woodstock, medio millón de jóvenes oyeron música durante 72 horas envueltos en una nube de marihuana, generando una ola de protestas que acabó con esa guerra. Muchos políticos antiguos no entendieron que la música era más subversiva que sus proclamas. Nada quedó de tantos cursos comunistas, socialdemócratas y democratacristianos, pero el mundo cambió al ritmo del rock y los musicales.

Las drogas aparecieron como algo que ampliaba el horizonte de la realidad. Artistas jóvenes como Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison murieron por sobredosis y se convirtieron en íconos de la contracultura. Timothy Leary, convertido en apóstol de los alucinógenos, fundó la Liga para el Descubrimiento Espiritual, religión que declaraba como sacramento al LSD, al que intentó difundir usando el amparo de leyes de protección de la libertad religiosa. Fue a la cárcel. En 1969 recobró la libertad, a tiempo para enfrentar a Ronald Reagan, candidato a gobernador de California. Su lema, “Come together, join the party”, inspiró a John Lennon para componer su canción de campaña, que fue posteriormente un éxito de los Beatles: Come Together.  Ese año se puso en escena Hair, un musical que expresaba los valores del mundo hippie y psicodélico. Los músicos impulsaron esa izquierda lúdica que, sin matar a nadie, arrasó con los viejos valores, pero fueron reacios a participar en política porque les parecía algo entre sucio y mediocre. Marina tomó contacto con ese microcosmos cuando ingresó al teatro. No fumó marihuana por temor a dañar su salud y porque nunca quiso depender de nada: “No quería usar algo que anestesiara mi mente”. En la campaña de 2010, Marina expresó los valores de la contracultura y contó con un apoyo masivo de artistas de Brasil, e incluso del extranjero, como James Cameron, director de Avatar, quien vino de Estados Unidos, filmó un testimonial para la campaña y un spot en inglés, que no salió al aire pero fortaleció el mito de Marina. También Fernando Meirelles, el genial cineasta, y otros ayudaron con materiales sofisticados, necesarios en una campaña cuyo principal target eran los votantes de mayor nivel de educación formal. Entre esos aportes, se destacó el comercial “Gente, gente, gente, Marina presidente”, que se convirtió en la marcha de la campaña. Nada de esto se habría conseguido con dinero, los apoyos llegaban  por la autenticidad de Marina y porque ella expresaba una nueva forma de hacer política.

La canción de protesta, con Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Violeta Parra, Alfredo Zitarrosa, los Quilapayún y los Inti-Illimani, formó parte de la revolución denunciando la injusticia. Algunos compusieron también la música de nuestros pueblos ancestrales, que se escucha en las estaciones de subterráneo de las capitales europeas.

Hubo trovadores de la revolución armada, como Pablus Gallinazo, cantautor nadaísta cercano a las FARC, que compuso canciones para niños revolucionarios. También creó La ciudad llamada Pablus, cuyo estribillo, “hay que matar, hay que matar, hay que matar, Pablus dirá, cuándo será”, fue coreado por decenas de estudiantes que nunca hicieron daño a nadie, pero estaban inmersos en los contravalores de la época.

En los años 70 surgieron movimientos armados que dejaron heridas aún no cicatrizadas que vuelven difícil un análisis racional sobre el tema. Para entenderlos es indispensable superar el paradigma que divide la realidad en izquierda y derecha, y también los mitos sin sentido que se han creado después. Son aportes valiosos en esa dirección los libros de Ceferino Reato y Graciela Fernández Meijide en Argentina, los trabajos de Santiago Roncagliolo sobre Sendero Luminoso en Perú, A Ditadura Envergonhada - As ilusoes armadas, de Elio Gaspari y la obra de Fernando Gabeira en Brasil.

Las guerrillas surgieron en el contexto de la Guerra Fría, con asistencia económica y tecnológica cubana. Equivocados o no, los combatientes no se alzaron en armas en contra de las dictaduras militares para defender la “democracia burguesa”. Decir que fueron a la montaña a luchar por algo que les parecía banal es bastardear su memoria. Quisieron construir un paraíso y creyeron que valía la pena arriesgar su vida y la de los otros para conseguirlo. Tuvieron motivaciones éticas, poco sentido práctico y se basaron en informaciones falsas. Su mentalidad era mesiánica.

Michael Heller había anunciado en El hombre nuevo soviético el surgimiento de un homo sovieticus, etapa superior de la especie. Nos decían que en Cuba había nacido el hombre nuevo, libre de las depravaciones capitalistas como el robo, el delito o la homosexualidad.

Nada de eso fue cierto ni tuvo ningún sentido, fueron solamente publicidad y deformaciones religiosas de la lucha política. Aunque todos los grupos invocaron el nombre del proletariado, ninguno fue dirigido por un obrero, ni hubo un solo sindicato que se haya transformado en columna guerrillera.

Los líderes revolucionarios como Lenin, Trotsky, Mao, Ho Chi Minh, Pol Pot, Fidel Castro, Abimael Guzmán, Raúl Sendic, Mario Firmenich, Carlos Marighella fueron personas de clase media o alta que se hicieron de izquierda porque creyeron en teorías. El Che Guevara, ícono de la guerrilla, murió en 1967 ante la mirada estupefacta de indígenas que no entendían por qué él y sus camaradas habían llegado a su tierra. La distancia entre lo que creía la vanguardia y la realidad fue brutal. Abimael Guzmán, profesor de Filosofía de Arequipa, creyó que él, Marx, Lenin y Mao eran las cuatro espadas de la historia y fundó Sendero Luminoso para dirigir la revolución mundial. Hasta su captura en 1992, murieron unos 70 mil peruanos, y nadie lo reconoció como líder.

La crueldad de los senderistas sólo fue comparable a la de los seguidores de Pol Pot, noble camboyano maoísta que también creyó ser líder universal. Competía por ese título con el coreano Kim Jong-iI, “cerebro perfecto”, que escribió 1.200 libros en sus cuatro años de estudiante universitario y nunca defecó. Fueron liderazgos delirantes que podían existir cuando no había internet. Fue el tiempo de Raúl Sendic y los tupamaros en Uruguay, de Firmenich y los montoneros en Argentina, del recrudecimiento de la guerrilla colombiana y de la brutal ola de violencia que asoló Centroamérica.

En Brasil, la guerrilla existía antes de que los militares depusieran a João Goulart.  Leonel Brizola y otros líderes de izquierda quisieron instaurar la dictadura del proletariado. Carlos Marighella fundó en 1968 Acción Liberadora Nacional, uno de los grupos guerrilleros más importantes. Autor del Mini-manual do guerrilheiro urbano, murió en 1969 en un enfrentamiento. Uno de sus lugartenientes, Fernando Gabeira, que participó en el secuestro del cónsul embajador norteamericano Burke Elbrick, fue apresado y canjeado por el embajador alemán. Escribió A por otra, compañero, El crepúsculo del macho, Entradas e Bandeiras y Hóspede da utopia, textos importantes para entender el tema. En 2010, alejado de la violencia, presidió el Partido Verde que patrocinó la candidatura de Marina Silva.

Dilma Rousseff, joven de clase media influida por Régis Debray, militó en la Organización Revolucionaria Marxista-Política Obrera (Polop).  Ironías de la vida, su nombre de guerra fue “Marina”. No participó en acciones armadas ni en secuestros, sino en tareas de apoyo, transporte de armas y dinero. Después de un enfrentamiento en el que murieron dos policías, su grupo entró en la clandestinidad y fue capturada portando armas. Pasó tres años en la cárcel, donde fue torturada.

Marina perteneció fugazmente al Partido Revolucionario Comunista, grupo armado que realizó algunas operaciones. Ella nunca tomó parte en ninguna de ellas, era una ecologista pacifista que estuvo cerca de ese mundo como todos los jóvenes inquietos de la época. Desde 1980 ayudó en la organización del PT apoyando a Lula, obrero metalúrgico que trabajó desde los 16 años y no pudo completar su educación formal. Cuando fue elegido presidente en 2002, Lula dijo entre sollozos: “Yo, que durante tantas veces fui acusado de no tener un título universitario, consigo ahora mi primer diploma, el título de presidente de la República”. Respondía así a los ataques que había sufrido por su falta de educación formal.

Con el triunfo de Lula, la derecha se horrorizó creyendo que llegaba el comunismo, pero él no era un predicador iluminado, sino un sindicalista que sabía negociar y que quería el bienestar de los obreros.

Marina y Lula nacieron pobres, querían un Brasil próspero, sin miseria, con mejor salud y educación. Predicadores teóricos, más preocupados por la ortodoxia que por la miseria de la gente, los acusaron de traicionar principios revolucionarios.

El otro gran actor político de estos años fue Fernando Henrique Cardoso, autor de Dependencia y desarrollo en América Latina. Durante la dictadura, estuvo en la única fuerza de oposición permitida que, al volver la democracia, se convirtió en el PMDB, que en 1994 lo llevó a la presidencia. Su libro Relembrando o que escrevi es indispensable para entender a la izquierda y a este intelectual subversivo que sentó las bases del progreso de su país y ayudó con grandeza a su adversario Lula da Silva a enfrentar el pánico que había ocasionado la elección de un obrero.

De las luchas políticas del siglo XX queda muy poco. Los electores de la tercera edad entonan todavía marchas con las que se emocionaban hace décadas pero que ningún joven tiene en su iPod. La mayoría de los políticos aburre a la gente con una agenda repetida. Los jóvenes oyen música todo el tiempo, lo que no hacen los estadistas, demasiado solemnes como para disfrutar de las cosas sencillas de la vida. Algunos de ellos se inspiran en Marx, personaje que nunca escuchó música. La incorporación masiva de la mujer a la sociedad occidental generó nuevos valores y se desprestigió el machismo. La mayoría rechaza la violencia, se enoja cuando un rey mata a un elefante y respeta a los ecologistas. Los viejos políticos no dan importancia a estas banalidades, quisieran que los electores lean autores clásicos y se preocupen por las estatuas. Mientras tanto, en todo el continente, la abstención electoral de los jóvenes es masiva: el 70% de los latinoamericanos rechaza la política y cerca del 80% dice que no le interesan las ideologías. Dos meses antes de la elección de 2010, el 70% de brasileños decía que no le interesaba quién iba a ser el nuevo presidente. Es en ese mundo donde crece la candidatura de Marina Silva. En la próxima entrega analizaremos el porqué.

*Profesor de la George Washington University.

Para saber más sobre la información contenida en esta nota, pueden visitarse los siguientes links: 

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