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Marine rema hacia el poder

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Conflicto real o maquiavélica mise en scène? El conflicto entre el fundador del ultraderechista Front National francés, Jean-Marie Le Pen y su hija Marine, presidente en ejercicio del partido, ha acabado en ruptura política y familiar. Cualquiera sea la respuesta, la hija esgrime razones que el corazón del padre desconoce.

Marine ha logrado suspender la condición de militante de su padre y pretende convocar a una asamblea para despojarlo de la de presidente honorario del partido. El viejo filonazi, de 86 años, considera que su hija ha cometido “una felonía” y no merece convertirse en presidente de la República en 2017, una aspiración que no parece descabellada según las encuestas y el resultado de las últimas elecciones europeas (http://www.perfil.com/columnistas/Camino-al-abismo-20140601-0062.html).

“Me avergüenza que la presidenta del FN lleve mi nombre”, declaró Don Jean-Marie, agregando en tono mayestático que “el presidente de honor estima que es contrario a su dignidad presentarse ante esa asamblea disciplinaria, cuando se estima perfectamente inocente”.

¿Inocente o culpable de qué? Pues de lo que ha dicho y reafirmado toda su vida, apoyado por las bases del FN, desde que lo fundó en 1972: que “la ocupación alemana no fue particularmente inhumana”; que “las cámaras de gas fueron apenas un detalle de la II Guerra Mundial”; que “el señor Ebola va a solucionar el problema de la explosión demográfica” y otras lindezas por el estilo.

El problema es que desde 2004, cuando asumió cono diputada al Parlamento Europeo y sobre todo desde 2011, cuando fue electa presidente del partido en reemplazo de su padre con 67,5% de los votos, Marine inició una política de “desdiabolización” del FN, abandonando el discurso antisemita –llegó a expulsar a un dirigente del partido por hacer el saludo nazi– centrándose en su oposición a los inmigrantes, sobre todo árabes, que “quitan el trabajo a los franceses” y en las clásicas posiciones nacionalistas y rigoristas de la extrema derecha: antieuropeísmo, restablecimiento de la pena de muerte, etc.

El problema que intenta resolver Marine es que, según la encuesta Ipsos/Sopra Fractures françaises, dada a conocer esta semana, la imagen del FN sigue siendo la de un “partido extremista”, mientras que sus ideas y proposiciones son cada vez más aceptadas por la sociedad francesa. Aunque baja el apoyo a la salida del euro (25%; o sea -8% respecto al año pasado), todo lo demás progresa. Entre los franceses 85% considera que “Francia necesita un verdadero jefe, que ponga orden” (“No me jodan con la República”; Jean-Marie dixit); 67% estima que “hay demasiados extranjeros”; 52% apoya el restablecimiento de la pena de muerte; 74% que “el islam no es compatible con los valores de la sociedad”, y así respecto a otros asuntos.

El problema para liberales y socialdemócratas –en definitiva para la República– es que si Marine Le Pen consigue con esta movida desembarazar al FN de la imagen fascista que su padre se empeña en conservar, aumentarán sus posibilidades para 2017.

Sobre todo considerando que tanto liberales como socialdemócratas vienen fracasando sistemáticamente ante la crisis económica y el desempleo y que el fenómeno del repliegue nacional-populista no es sólo francés, sino europeo, estadounidense y, con los matices del caso, latinoamericano.

En esta columna ya se ha señalado la paradoja de que tanto para el FN como para el “Frente de Izquierdas” francés (comunistas y socialistas disidentes), el modelo a seguir es… el peronismo versión kirchnerista y el chavismo (“Populismo a la francesa”, PERFIL, 8-12-12 y http://www.perfil.com/columnistas/Bye-bye-Europa-social-20140119-0024.html).

En suma, que en tiempos de confusión, en Francia y en el resto del mundo no parece quedar otra que vivir revolcaos en un merengue; la Biblia llorando junto al calefón.

 

*Periodista y escritor.



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