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Mariscal Sonriente

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Roberto Perfumo fue el 2 ideal: velocidad, clase, pegada, guapeza, juego recio, maldad, inteligencia, personalidad y jerarquía. Todo eso tenía. Sólo le faltaba algo de cabezazo. Pero le sobraba elegancia. Fue ídolo y salió campeón –varias veces– en cada equipo que jugó. El Racing de José, Cruzeiro y el River de Labruna eran equipos generosos, que atacaban desbocadamente. Perfumo aguantaba solo en el fondo. Fue el mejor marcador central de la historia jugando en equipos abiertos, que no lo resguardaban.
En la Selección Nacional no siempre le fue bien. Figura en el Mundial 66, fue uno de los señalados por el fracaso en las eliminatorias para México 70 y en el Mundial 74. Sin embargo, su gran decepción fueron los Juegos Olímpicos de Tokio 64. Argentina quedó eliminada en una zona que integraban Japón y Ghana. El número 11 japonés los enloqueció. Se lo cruzó a la salida del estadio. Daba notas al periodismo convertido en nuevo héroe nacional. Yamamoto, ese wing izquierdo, usaba anteojos con cristales culo de botella. Roberto se puso a llorar. Habían quedado eliminados y los había bailado un japonés casi ciego. Fue la última vez que lloró por el fútbol.
Debutó en el periodismo mientras todavía era jugador. Comentó varios partidos del Mundial 78. Entre comentaristas engolados y obvios, sus aportes, siempre risueños, permitían ver más allá de lo evidente. Perfumo entendía el juego y lo explicaba bien. En los últimos tiempos, las redes sociales lo rechazaban. Se lo notaba hastiado, distraído, aburrido. Este fútbol no lo divertía pero se negaba a admitirlo. No quería dejarse vencer por la tentación de la nostalgia y recaer en el elogio de lo pasado. Los grandes ídolos de los 70 integran una raza rara. Sus opiniones futbolísticas casi nunca son constructivas, los domina el resentimiento. Alonso, Gatti, Bochini, Sanfilippo. Perfumo era diferente, trataba de que sus comentarios fueran un aporte. Su gran hito en los medios fueron las primeras temporadas de Hablemos de fútbol.
A mediados de los 90 sacó un libro entrañable e ingenioso: Jugar al fútbol. Es un pequeño y extraordinario tratado de cómo entendía el juego. Allí afirma que el buen jugador debe tener cinco características imprescindibles: vanidoso, egoísta, mentiroso, violento y malo. Sus fundamentaciones, repletas de gracia y precisión, son irrefutables.
En una época en la que el fútbol era exclusivo asunto de hombres, su imagen de galán, la mirada juvenil, su sonrisa franca (¿alguien alguna vez sonrió mejor en la historia del deporte?), consiguieron que fuera el jugador más popular entre las mujeres durante los años 60. El sex symbol pionero del fútbol vernáculo.
Más allá de los análisis tácticos necesarios, creía que la verdad del fútbol encarnaba en los jugadores. En su habilidad, en la personalidad, en su coraje, en la capacidad para sacrificarse por el equipo. Su gran hallazgo, su indispensable aporte conceptual, fue el de la “cancha interna”. “Es el registro que tiene el jugador de todo lo que ocurre durante el juego con sus compañeros, los rivales, el referí, los minutos que faltan, qué es lo mejor y lo peor de su equipo, por dónde sacar ventaja, qué jugador está cagado, y todas las demás variantes de un partido”, explicó. El mejor ejemplo de esto son los dichos sobre su precisión en los pases de larga distancia. “Cuando jugaba de local, no fallaba, porque sin mirar tiraba la pelota y ya sabía que en Fernet Branca estaba el Chango; en Renomé, Maschio; en Cinzano, el Toro Raffo, y en Thompson & Williams, el Panadero”.
En 1975 volvió al país para sacar a River de su sequía de dieciocho años sin títulos. La primera vez que jugó contra Racing, la hinchada académica le dedicó un estruendoso y despechado abucheo. Al llegar al vestuario, Perfumo, sin enojo ni dolor, algo emocionado dijo: “Esta tarde me di cuenta cuánto me quisieron acá”.

* Escritor.



Matias Bauso