COLUMNISTAS

Mary Barnes

PERFIL COMPLETO

Mary Barnes se recibió de enfermera durante la Segunda Guerra. Con eso alcanza para imaginarnos lo que habrá visto. Trabajó en Frankfurt durante años para el Ejército. Cuando volvió a Londres se convirtió al catolicismo y se recluyó en un convento de carmelitas, pero no fue suficiente. Leyendo su autobiografía –lamentablemente coescrita con su psiquiatra, Joseph Berke, lo cual da lugar a todo tipo de suposiciones– no queda claro que se haya curado nunca, ni que hubiera estado enferma al principio. Lo único evidente es que los que intentaron curarla no le hicieron mucho bien a ella ni a nosotros.

Sobre sus síntomas iniciales sabemos muy poco. Algo tenía, pero me inclino a pensar –como Thomas Szasz– que su crisis psicótica en el convento no fue tal cosa, y que había mucho de fabulación maníaca en las excentricidades que le presentó a Anna Freud, quien se negó a tratarla. También resulta extraño que Mary llegara después a R.D. Laing con sus libros (de él) prolijamente leídos, sabiendo (o creyendo saber) exactamente con qué iba a encontrarse. Szasz da un paso más y dice que Mary fue una versión moderna de las histéricas de Charcot; que se preparó para ofrecerle a Laing una enfermedad y una cura a medida. Si esto suena exagerado, lo cierto es que Mary Barnes no habría podido elegir un momento más oportuno para subirse al corso de la nueva psiquiatría.

Laing & Co. se estaban mudando a Kingsley Hall, un centro comunitario que querían convertir en clínica psiquiátrica horizontal, holística, hippie. Mary fue la primera en internarse ahí. Todo indica que salió más loca de lo que estaba cuando entró. Hay muchas versiones escandalizadas y prejuiciosas sobre la vida en Kinsgley Hall, pero incluso si nos guiamos solamente por el testimonio de Berke –quien experimentó con su paciente las terapias “regresivas” de moda y además se la cogió, no hay duda– hay elementos suficientes para suponer que el tratamiento de Mary fue un desastre.

Es famosa la anécdota de cómo descubrió Mary Barnes su afición por la pintura. Al observar que durante días ella se arrancaba la ropa, cagaba en el piso y después untaba la caca en las paredes, Berke le ofreció una caja de crayones y la alentó a dibujar. Esa propuesta es motivo de orgullo para Berke, que no se pregunta nunca lo que para cualquiera de nosotros resulta obvio: ¿Tenías que llegar a ese punto para que se te ocurriera darle crayones?

Sería injusto ignorar que el laissez faire de Kinsgley Hall pudo tener también aspectos positivos. Algo de eso puede verse en Asylum, un documental de 1972 que registra la vida cotidiana en otra clínica de Laing, más conservadora y menos ambiciosa. En los espacios comunes reina un descontrol propio de la Sala Alberdi. Los pasillos están cubiertos de pintadas que harían sonreír a Charles Manson. “Nuestros sueños derriten el sol”. “Dios está dentro mío y por lo tanto soy mi propio amo”. Los pacientes son iguales a los médicos; todos se parecen a Shia LaBoeuf ahora que no se baña. Pero también se nota en las sesiones grupales una disposición a escuchar y entender el comportamiento de pacientes graves que hasta ese momento era impensable. Aunque los terapeutas –salvo Laing– parecen torpes y confundidos, es imposible pensar que el electroshock y las drogas destructivas de la época fueran una alternativa más benigna.

Haya existido o no, la “autocura” de Mary Barnes fue la pasarela que la transportó a los 70 como ícono pionero de la New Age. Escribió libros ilegibles que, en comparación, hacen que Artaud suene como Hemingway. Pintó cuadros, muchísimos, horrendos, que la hicieron famosa. David Edgar escribió una obra de teatro sobre su vida, y su nombre se convirtió en sinónimo de una “nueva conciencia”, de la liberación psicológica de los oprimidos. Y pasó esto: para contar la historia de Mary Barnes, los comentaristas de la época empezaron a mencionar a un pintor del que no se acordaba nadie: Richard Dadd, que de pronto se puso de moda.


*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo