COLUMNISTAS BLANQUEO


Más palos que zanahorias

PERFIL COMPLETO

La discusión política del blanqueo se ha centrado en el destino de los fondos, en la “justicia” del mismo, y muy especialmente en que ésta será “la última vez”. La pregunta realmente relevante es por qué alguien habría de declarar ahora sus tenencias en el exterior, si antes prefería no hacerlo ¿Qué es lo que ha cambiado para que haya estimaciones muy optimistas de parte del Gobierno? Dudo mucho que haya un fervor patriótico que nos lleve a declarar impuestos. Tampoco es por solidaridad con los jubilados, y mucho menos porque haya una sorprendente mejora en la calidad del gasto público que, como sabemos, es la principal excusa de los que no pagan.
La principal razón para pagar es el temor a ser descubiertos. ¿Tanto han mejorado las autoridades nacionales sus sistemas para que rápidamente todos quieran declarar sus impuestos? Puede ser. Si así fuera esta gran capacidad para recaudar no desaparecerá en el tiempo, sino que probablemente se profundice. Lo que verdaderamente ha cambiado es el régimen informativo y de intercambio de información entre autoridades impositivas de distintos países. De esta manera un país puede solicitarle a otro información sobre las personas a quienes considera evasores. El otro país estará obligado a entregar esa información. Fatca y otros acuerdos internacionales son muy completos: quienes los prepararon conocen perfectamente los vericuetos legales y trataron de cerrar todas las opciones posibles.
Históricamente era muy difícil compartir esta información. No sólo no había registros suficientemente ágiles sino que cada país se beneficiaba con las inversiones realizadas por residentes de otro país en su propio sistema financiero. Todo esto ha cambiado. No sólo hay mejores sistemas de información sino que no hay beneficio alguno para el país que permite ocultar esta información. A lo sumo, se benefician algunos estudios de abogados o hay oficinas bancarias que, de lo contrario, tendrían menor actividad. Lo que también se ha modificado es que la carga impositiva en cada país ha aumentado lenta pero inexorablemente. Esto quiere decir que cada contribuyente que no paga en su país está dejando de pagar una cifra considerable: vale la pena salir a buscarlo para no perder esta capacidad de recaudación. Los tratados para evitar lavado de dinero proveniente de terrorismo, drogas, armas, u otras actividades ilícitas, han sido bastante fáciles de negociar entre países: nadie quiere refugiar a este tipo de delincuentes, sobre todo porque no tiene beneficios. Una vez definidos los acuerdos, se hicieron extensivos a todas las personas.
Los argentinos, que por diversos motivos han dejado de pagar impuestos y ocultaron del fisco (o de sus ex esposas) bienes en algún otro país, o en la propia Argentina, tendrán ahora pocas posibilidades de seguir haciéndolo. Todos sabemos que los crímenes se evitan un poco por el temor a la penalidad y otro poco por la probabilidad de ser descubiertos. En Argentina ambos factores han aumentado: las penalidades y la probabilidad de ser descubierto son muy altas. Para los que crean que sus fortunas están bien ocultas, la ley de blanqueo debe proveer incentivos para declarar, o un costo aceptable. Tengamos en cuenta que la mayoría de los países en los que se pueden refugiar fondos tienen en este momento una tasa de interés muy baja. Y si desde una cuenta en otro país se compran bonos argentinos, con una tasa mucho más atractiva, la posibilidad de ser descubierto es extremadamente alta.
Las tasas impositivas que están en la ley de blanqueo son generales. Pueden ser muy costosas para algunos malos contribuyentes y un regalo para otros. Es difícil establecer casos particulares, pero ése es un tema a mejorar.
El temor que inspiran las regulaciones externas es un gran garrote. Esperemos que la ley incluya algún tipo de zanahoria, a los fines de facilitar la decisión de quienes deben blanquear.

 *Economista, Universidad CEMA.



Diana Mondino