COLUMNISTAS GOBIERNO Y MUNDIAL

Más pornografía que fútbol

La publicidad del abuelo como metáfora de la actitud oficial. Los progresos de la Selección y el retroceso del Gobierno.

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Foto:Pablo Temes

Ya antes de que se conociera el verdadero oficio del “abuelo Quique”, protagonista de uno de los más irritantes spots de la propaganda oficial que vienen bombardeando al público mundialista y que adquiriera sus dotes actorales en producciones triple X de La Plata, era posible advertir que esa campaña tenía un sesgo pornográfico.

En el sobreactuado entusiasmo, en la burda explicitación de los fines perseguidos, todo en esas publicidades en que se mezcla deporte y política remite al sexo explícito. Desde un principio, mostraban a un Gobierno decidido a renunciar a las sutilezas, tal vez porque asumió que, ya que nadie le va a creer si actúa lo que no es ni nunca fue, y no va a poder seducir con moderación y lenguajes civilizados, la que le queda es ir directo y de cabeza a los bifes. Y lo más interesante del caso es que, al hacerlo y bombardearnos con los supuestos “golazos” de la gestión, del proyecto y de sus líderes, expuso a éstos en un rasgo que los caracteriza, no de ahora sino desde siempre: querer mostrarse en perpetua erección, saliéndose siempre con la suya y realizando a voluntad sus deseos.

Muchos han señalado ya la marcada diferencia que existe (más allá de las simpatías políticas expresadas por el propio DT) entre el estilo de la selección de Sabella y el “estilo K” puesto de manifiesto en este aprovechamiento político del fútbol, y más en general en todo lo que hace el gobierno nacional. Mientras los jugadores y el DT se esforzaron estas semanas por mostrarse prudentes y profesionales, sin sobreofertar a pesar de que, yendo de menor a mayor, su rendimiento y eficacia han sido crecientes, el Gobierno apuntó a convertirse en jefe de la hinchada, abrazarse al entusiasmo mundialista sin ningún empacho en identificar la camiseta con la patria, la patria con la unidad entre pueblo y Gobierno, y los supuestos logros oficiales con verdades reveladas, objetos de fe que sólo un apátrida podría cuestionar. Y más grave todavía; dado que al mismo tiempo que la Selección iba progresando en Brasil fueron saliendo cada vez peor los asuntos que en verdad tendrían que haberse dedicado a resolver nuestros gobernantes: la declinante evolución de la economía, el conflicto con los holdouts, los escándalos de corrupción, más desesperados estuvieron ellos por convertir la alegría en escapismo y hacer olvidar todo eso, en un giro ya manifiestamente abusivo, de nuevo pornográfico, de la pasión futbolera.

La prensa oficialista lo planteó en diversas variantes, y todas con el común denominador del exceso y las burdas analogías. Tal vez la más escandalosa fue una nota de la Agencia Paco Urondo, titulada “Superioridad física e ideológica de un Pueblo” y escrita por un tal José Cornejo, que si la hubiera hecho en joda tampoco daba gracia: la idea de Cornejo es que a la selección nacional le fue mal en los mundiales a partir de 1990 por culpa del neoliberalismo, por la enfermedad física y mental que él le inoculó al pueblo argentino; y que estos efectos habían calado tan hondo que se tardó de 2001 a 2014 en empezar a revertirlos, pero ahora nadie para a nuestros muchachos porque, desde la polis griega a nuestros días, no hubo nada tan potente para desarrollar el alma y el cuerpo de un pueblo como el kirchnerismo. Si cambiamos pueblo argentino por pueblo alemán, neoliberalismo por judíos, y Kirchner por ya sabemos quién, podríamos ubicar este texto en el contexto de las Olimpíadas de Berlín de 1936 y rezar por que no tengamos que explicarnos mañana cómo pudo ser que una decadente plutocracia neoliberal como la de la Alemania de Merkel logró hacernos lo que Jesse Owens les hizo a los muy arios corredores del Führer casi ochenta años atrás.

Por suerte, la sociedad argentina sí parece haber aprendido algo de esos ochenta años de uso y abuso político del deporte, o al menos las circunstancias favorecen que así lo haga entender, y está dándoles muy poca pelota a los discursos y propagandas oficiales. Con lo cual, muestra algo que ya era perceptible hace un tiempo: el país recupera el buen humor, la capacidad de experimentar alegrías colectivas, y no precisamente de la mano del proyecto kirchnerista, sino al contrario: a medida que lo va dejando atrás. Y no sólo porque la gran mayoría está ya harta de este gobierno, su estilo, sus errores y sus camelos, sino porque el propio oficialismo se condenó, a medida que se abrazó más y más a ellos, a ser parte del pasado. No hay nada más melancólico que un discurso que se esmera en mostrar todo lo que logró, sin poder balbucear una sola idea sobre lo que imagina para el futuro.

Que el kirchnerismo esté terminando así, tan desconectado de los humores del pueblo, que creía haber cultivado mejor que nadie, y con cuya finalidad ciertamente viene gastando enormes cantidades de dinero y lo sigue haciendo todavía hoy, pero con una falta de criterio que ni en el peor burdel, sin poder sacar mayor provecho de la alegría colectiva cuando ella finalmente encuentra ocasión para manifestarse, no es para nada casual. En la primitiva economía del deseo con que siempre se movió el kirchnerismo, no puede haber ninguna demora ni obstáculo para la realización de la voluntad. Todo tiene que ser rápido, directo y explícito; en suma, pornográfico. Pero ni la política ni el fútbol funcionan así. Requieren táctica, estrategia y una fina atención en el manejo de los tiempos y los ritmos del juego. Sólo con estos instrumentos las voluntades que intervienen en la partida pueden usar adecuadamente los recursos que tienen a la mano y lograr, sino el mejor de los resultados, al menos un buen desempeño y rendimiento. De eso, ni ahora ni nunca el kirchnerismo entendió demasiado.



Marcos Novaro