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Máscaras en las paredes

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Se me ocurrió porque estuve en lo de unos amigos que tienen eso, máscaras en las paredes. Paredes blancas, opacas, en las que quedarían bien otras cosas, cuadros con un paisaje pampeano, ranchito, arbolito. O las fotos de los nietos cuando tenían dos años, todo eso. No. Máscaras, cosa que me da un poco de miedo. ¿Usted tiene máscaras en las paredes? Hágame un favor: esta noche, cuando se levante para ir a tomar agua, fíjese en las máscaras, sobre todo si son africanas. Y después cuénteme: ¿las sorprendió con los ojos abiertos? ¿Le sonrieron? ¿Tenían hipo? ¿Le guiñaron los ojos? Porque a mí que no me digan que se mantienen quietitas y discretas lo mismo que a las diez de la mañana o a las tres de la tarde. Macanas. A la noche las máscaras se desquitan. Las trajeron de muy lejos (cierto que hay algunas truchas que fueron fabricadas en Villa Piolín y ésas seguro que a las cuatro de la matina ni se mosquean) y las pusieron ahí “de adorno”, horror: ¡de adorno! Y, por supuesto, como no se pueden mover porque no tienen más que eso, el simulacro de rostro, pues se vengan haciendo muecas. Algunas hasta gimen o gritan o se ríen a carcajadas o imitan maullidos de gata en celo o sirenas de ambulancias. Lo hacen tan bien que nadie en la casa se despierta, y si llega a casi despertarse, piensa ahí va la ambulancia y sigue durmiendo. Y entonces las máscaras charlan entre ellas, echan pestes y maldiciones a quienes las arrancaron de sus tribus natales y planean espantosas venganzas a ser cumplidas desde las blancas paredes porque las pobres, menos mal, no pueden saltar al suelo y degollarnos o estrangularnos o lo que sea que alcance a aplacarlas. Sí, bueno, está bien. Concedo: son los remanentes de viejos animismos infantiles, usted perdone.



Angélica Gorodischer