COLUMNISTAS AVATARES DE LA REALIDAD

Mauricio, Milagro y el Che

Ciertas impericias oficiales y desteñidas actitudes del poder económico empañan estos días. La distorsión piquetera.

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Foto:Pablo Temes

El domingo pasado, un veterano peronista ya alejado de las vicisitudes políticas afirmó durante una cena que “a Macri lo están traicionando sus propios pares, sus amigos los empresarios, los dueños de los monopolios”. No lo decía para disculpar a los kirchneristas, que no terminan de asimilar que perdieron las elecciones y que hasta el peronismo tradicional les ha dado la espalda. Se refería a las actitudes de empresarios argentinos que, más allá del apoyo que ideológicamente pueden brindarle, actúan con la mezquindad que los argentinos ya conocemos. Puede gobernar un partido afín a sus ideas pero ellos, antes que participar de un proyecto que presuntamente los beneficiaría a largo plazo, prefieren asegurarse el centavo para hoy, especular con que si sube el dólar pueden obtener una ganancia extra, porque el concepto de “riesgo empresario” no figura en su vocabulario. A diferencia del capitalismo brasileño, que tiene una fuerte impronta nacional –entiéndase nacional como compromiso político y económico con su país–, la clase empresarial argentina reproduce su comportamiento habitual.
El antiguo lugar común que dice que en Argentina hay “empresarios ricos y empresas pobres” se actualiza una y otra vez. Los ejemplos son varios: cuando Macri eliminó las retenciones al agro, esperaba una reacción inmediata que aliviara las arcas vacías que dejó Cristina. Sin embargo, aguardaron algunos días hasta que lograron que el dólar subiera y recién entonces comenzaron a liquidar parte de sus productos. Aunque el Gobierno bajó los impuestos de los automóviles de alta gama –decisión discutible, por cierto–, algunas fábricas suspendieron a sus trabajadores preventivamente. Con el anuncio de incrementar las tarifas eléctricas, una medida razonable luego de una década de subvenciones que costó miles de millones al Estado y por ende a los contribuyentes, la Unión Industrial Argentina lanzó una primera advertencia: “Hay que evaluar cómo afectan estos costos en la competitividad” (léase: trasladaremos el aumento a nuestros productos). Sumemos a todo esto la apresurada remarcación de precios de los grandes comercializadores de alimentos, remarcación que trataba de ganarle al dólar, como si el pan, la leche y los alimentos básicos tuvieran que estar atados a la moneda norteamericana.
“Macri debería saberlo –continuó el veterano peronista– porque los conoce, se tutea con ellos y sabe que el afán de lucro inmediato, más allá de cualquier proyecto político, es el único baluarte, la única enseña patria de nuestro empresariado”.      
A las dificultades que surgen por una inflación basada fundamentalmente en la desconfianza y la desmesura se suman algunas impericias de funcionarios proclives a hablar demasiado. Instalar públicamente la discusión de si hubo 9 mil o 30 mil desaparecidos durante la dictadura no tiene el menor sentido. Ni siquiera podría sospecharse de una maniobra que prepara el terreno para indultar a los militares presos, como hizo el peronismo menemista en los 90. No, es sencillamente una torpeza. Los funcionarios deberían medir sus palabras y hablar sobre los temas específicos que deben atender. No hay que olvidar que el kirchnerismo todavía se cree el propietario de los derechos humanos; provocar una polémica inútil sólo contribuye a enrarecer el clima político.
A la impericia debe sumarse el desdichado episodio de cesantear a la especialista Graciela Bevacqua, que apenas tuvo tiempo para sentarse en su despacho cuando Jorge Todesca decidió prescindir de sus conocimientos; ella es una técnica y nada impedía que siguiera trabajando silenciosamente en la recomposición del Indec mientras se improvisaba un índice tentativo que orientara las acciones políticas y económicas más urgentes. Todesca todavía está a tiempo de dar marcha atrás sin sentir desacreditada su autoridad. Un error no es más que un error y hay que saber reconocerlo. Si no lo hace, las sospechas sobre un Indec manipulado habrán de continuar y provocarán serios conflictos a la hora de adoptar decisiones.  
El miércoles, doscientos cortes de rutas provocaron caos en todas las provincias; la detención de la dirigente Milagro Sala fue la excusa que aprovecharon Quebracho, La Cámpora y otros agrupamientos que están convencidos de que Macri es Hitler y de que ellos representan la resistencia, los maquís, los partisanos libertarios. La cuestión que debe revisarse es si era necesario detener a Milagro Sala. Suena a rencores personales del gobernador Morales, acosado durante años por la Tupac Amaru. Son numerosos los procesados por estafas, defraudaciones y violencia que gozan, hoy en día, de libertad provisional mientras se sustancian sus causas. La dirigente jujeña no tiene por qué ser una excepción, y fue un grave error detenerla, sencillamente porque es impensable su fuga.
Y porque les regalan banderas a los grupos más recalcitrantes residuales del kirchnerismo. Todo el mundo conoce los manejos dictatoriales de Sala y la utilización que hace de los pobres para beneficio propio. Su mansión con pileta de natación y sus visitas al casino de Punta del Este dan cuenta de sus caros caprichos. Las imágenes de “pibes villeros” retirando millones del Banco Nación un día antes del cambio de gobierno confirman los métodos espurios consistentes en la compra de voluntades de los humildes y la ineludible generación de una moral corrupta.
En uno de los piquetes, las pantallas de televisión mostraron a algunos jóvenes que lucían remeras con la imagen del Che Guevara. Habría que instruirlos acerca de que el legendario personaje jamás hubiera pisado un casino ni habitado una mansión. Milagro Sala no es el ídolo que ellos creen; si estudiaran un poco de historia encontrarían mejores referentes: Agustín Tosco, René Salamanca, Alberto Piccinini, Raimundo Ongaro, el Gringo Massera de Sitrac-Sitram. Incluso José Rucci, porque más allá de sus discrepancias ideológicas con los anteriores, vivió y murió humildemente.  

*Coautor de Perón y la Triple A. Las 20 advertencias a Montoneros.



Sergio Bufano