COLUMNISTAS REPORTAJE A CLAUDIA PIÑEIRO

“Me gusta forzar a los personajes, que lleguen a situaciones límite”

La exitosa escritora adelanta su último novela: Una suerte pequeña. Recuerda sus inicios y explica su proceso de creación literaria. También revela cómo pudo sobreponerse a la trombosis cerebral que sufrió mientras escribía y describe las enseñanzas que obtuvo de esa crisis. Críticas a la sociedad, que desprecia la soledad de las mujeres.

PERFIL COMPLETO

Foto:Néstor Grassi

Leer a Claudia Piñeiro siempre fue una forma de felicidad. Desde aquellas “…viudas de los jueves…” hasta Betibú pasando por Elena sabe, la obra de Piñeiro nos lleva, con inteligencia, por los senderos inescrutables del comportamiento humano. Hoy, con Una suerte pequeña, Claudia se interna en la identidad de cada uno; en el esfuerzo ciclópeo que significa “ser otro” sin abandonar la idea del “yo mismo” y, en un paréntesis de la Feria del Libro en la que aparece tempranamente como best-seller, nos internamos por los laberintos que contiene el alma humana.

—Sí, me parece que la novela tiene mucho suspenso –explica Claudia–, pero es un suspenso muy distinto al de mis otras novelas que tenían más relación con un crimen, la búsqueda de la verdad… en fin, algo más cercano al género policial. Una suerte pequeña, en cambio, es absolutamente personal y se sumerge en las profundidades del personaje principal y de quienes lo rodean. Diría que es más un thriller psicológico, familiar (por decirlo de alguna manera) que me aleja un poco de mis otras novelas.

—¿Vos creés realmente que el ser humano, en determinados momentos, es capaz de negar sus propias raíces?
—¿Por el hecho de irse a vivir a otro país?

—No solamente por esto, sino porque se trata de cambiar una identidad.
—Bueno, me parece que la que yo planteo es una situación límite. A mí me gusta forzar a los personajes para que lleguen a esas situaciónes. Es decir, situaciones límite, en las que, cuando toman una decisión, uno entienda quién es realmente ese personaje. Como dice David Lodge (un escritor inglés que me gusta mucho), “la novela es la búsqueda de la conciencia de los personajes”. Y así uno trabaja, inventa episodios, tramas etc. para entender realmente quiénes son esos personajes. Por ejemplo, cuando en El amante del teniente francés ella tiene que elegir, en un tren, si se queda con su hija o con su hijo, la decisión que toma es cuando el lector dice “entendí este personaje a quien el autor ha puesto en el borde de un abismo y tuvo que decidir”. A mí me gusta mucho jugar con esa situación.

—¿Llevar a los personajes al borde del abismo?
—… sí, y observar qué resolución van a tomar. Me parece que esta mujer (la protagonista de mi novela) toma esta decisión y, quizás, en la misma circunstancia, otro personaje hubiera elegido otra. Esto me llevó a investigar mucho sobre cómo tenía que ser esta mujer, de dónde tenía que venir, cuál era su historia anterior, aun cuando, después, no use todo eso en la novela. Yo necesitaba entender realmente quién era ella como para tomar esa decisión.

—Qué difícil… ¿Y cuánto tiempo te llevó todo eso?
—¿Entender al personaje…? Bueno, esa primera imagen que yo tengo para armar una novela y que siempre aparece… bueno, hasta que se conforma el personaje lleva mucho tiempo. A veces, no de escritura pero sí de investigación y de acomodar las piezas dentro de mi cabeza. En cuanto a la escritura… suele llevarme más de un año. En realidad, cerca de los dos años. En particular, en este caso, fue una investigación diferente a las otras. Recuerdo que, en esta época, tenía que ir a uno de tus programas de televisión y no pude hacerlo porque tuve un problema médico.

—Sí, por supuesto.
—Bueno, yo tuve una trombosis cerebral. Estaba escribiendo una novela y llevaba mucho retraso en mi trabajo. La quería terminar para fin del año pasado pero los escritores, ahora, tenemos entre manos un montón de otras cosas a las que cuesta decir que “¡no!”. A veces, tenés que decir que “sí” porque eso te brinda luego oportunidades de publicación, de distribución en otros países, lo que hace que más gente lea lo que vos querés que, justamente, lea. Todas estas cosas que yo tenía previstas también incluían terminar la novela en los plazos que yo quería… Y luego que pasé por aquel problema de salud que me tuvo diez días internada, ¡lo único que no suspendí fue la escritura! Todo lo demás lo postergué y eso me permitió terminar la escritura con mucha más tranquilidad. Te repito: solamente me dediqué a escribir. Entonces, cuando me preguntan ¿cuánto tiempo te lleva una novela? Diría que, quizás, me llevó menos tiempo (en cuanto a días o meses, etc.), pero solamente porque estaba dedicada a escribir. En otros momentos, claro, no es así.

—Te confieso que, por lo menos a mí, me produce admiración esa actitud que tuviste mientras padecías la trombosis. Lo común es tenerle mucho miedo a la enfermedad. En cambio, vos, muy animosa no dudaste en enfrentarla. No sé si ésta es una proyección mía pero me parece que no es la actitud habitual en estos casos.
—Bueno, lo que ocurre es que con este problema fue un episodio que no tuvo consecuencias graves. La vena donde se produjo la trombosis no se rompió, entonces tampoco me dejó secuelas y por lo tanto no tuve (más allá de los días internada en terapia intensiva) otros  problemas que enfrentar. Mucha gente queda con secuelas sobre las que, después, tiene que trabajar, y esto exige una fuerza de voluntad terrible. Yo sólo tenía que estar anticoagulada, cuidarme de ciertas cosas y, claro, enfrentar ese temor que te queda… La verdad es que tuve mucha suerte. Hay gente que ha pasado por episodios de este tipo y no ha tenido la suerte, te repito, que tuve yo. No fue una pequeña suerte, ¡sino una suerte muy grande! En realidad, no tuve que luchar contra una enfermedad instalada, sino contra un episodio…El episodio pasó. Fue un problema, pero una vez que pasó el problema no hubo tanto que trabajar. ¡Sólo bajar un poco los decibeles! Es cierto que uno lleva una vida muy agitada y, si bien la trombosis no tiene que ver con la vida agitada, ciertamente no es una ayuda para evitarla.

—Leyendo esta última novela tuya tengo la sensación de que, a pesar de una mirada diáfana y toda tu paciencia y tu aceptación frente a lo que se puede o no se puede hacer cuando uno se enferma, no tenés, sin embargo, una mirada tan indulgente hacia la protagonista de “Una suerte pequeña”… ¿No sé si me equivoco?
—Tampoco yo soy tan diáfana ni tan paciente como parezco. Creo que todos tenemos claroscuros y me gusta que una persona los tenga. No creo en la verdad absoluta de que un personaje sea quien tiene razón y, otro, no la tenga. Creo que en esta novela hay muchos puntos de vista y entiendo a la protagonista. Pero también entiendo a otros personajes de la novela. Yo estudié mucho tiempo con María Inés Andrés, que era una gran directora de televisión y formadora de guionistas. Yo estudié con ella cómo hacer guiones y fue una gran maestra. En aquella época no había dónde estudiar para ser guionista, y ella, justamente, formaba guionistas. Era una especie de semillero. María Inés usaba la frase “ponerse en los zapatos del personaje” y nos enseñó incluso a “ponernos” en los zapatos de los peores protagonistas. Ella explicaba (con razón) que, si no éramos capaces de caminar con el calzado de los personajes, no podríamos nunca entenderlos. Entonces, estas cosas que pueden parecer un poco indulgentes te hacen reflexionar: “yo también podría haber sido ese personaje. Tiene que haber algún punto en el cual me puedo identificar con él. Y no para verlo como un estereotipo sino como alguien tridimensional, ¿no?”.

—¿Vos te hubieras ido del país (y aquí no vamos a adelantar nada del argumento de tu novela) en circunstancias especiales como las que aparecen allí?
—A veces uno dice “yo no hubiera hecho tal cosa”, pero uno no estuvo en ese lugar. No sabe realmente qué hubiera hecho… No sé si a vos te pasa pero, a veces, hay circunstancias en las cuales hacés algo que, normalmente, no hubieras hecho. Hasta que… claro… no se presenta esa oportunidad. Hasta ese momento todas son simples elucubraciones. Y como una elucubración más te diría que yo creo que no hubiera hecho lo mismo que la protagonista de la novela. Por eso trabajé tanto en quién era la protagonista de la novela… Lo trabajé con una psicóloga, con una astróloga.

—¿Con una astróloga? ¿Por qué? Contame... (¡Nos asalta la curiosidad!)
—A mí me intriga mucho el psicoanálisis. He hecho mucho examen psicoanalítico pero también me interesan todas estas cosas que tienen que ver no tanto con tal signo que significa tal característica sino que hay algo así como una cantidad de casas en las que vos encontrás determinados planetas. Esos planetas pueden influir sobre decisiones y cosas que te ocurren en la vida y demás… Y me gustaron las dos miradas como para entender de dónde podía venir este personaje. Y esto no lo uso en la novela. No escribo nada que tenga que ver con eso pero, como yo no podía tomar esa decisión y probablemente hubiera hecho otra cosa, quería entender qué tipo de mujer era la que, llegadas esas circunstancias, tomaba esa decisión.

—Además es una mujer que tiene bastante suerte con los hombres que se cruzan en su camino porque son hombres bastante buenos.
—Algunos son buenos –se ríe– y otros, no tanto. No sé si el primer marido era tan bueno… Si hablamos de los personajes… no sé si son buenos o malos. ¡Son lo que son! Todos tenemos luces y oscuridades, blancos y negros… pero lo  cierto es que a la protagonista se le cruzaron los que eran mejores para ella.

—También aquí juega el destino: tu protagonista tiene la gran suerte de encontrar a Robert… algo que no es común en la vida, ¿no?
—Algunos me preguntan sobre esto. Es decir, si este personaje hubiera tenido otra edad… Probablemente, no. Probablemente, repito, en la juventud, estos Robert pasan de largo porque, en ese momento, uno está viendo otra cosa. Pero varias amigas “grandes” que han leído la novela me han escrito con buen humor: “si conseguís algún Robert, vos avisame y tomale los datos” –Claudia se ríe francamente–. Bueno, me parece que hay que tener mucho aplomo para un tipo de relación como la que ella entabla con este personaje. Es una relación más propia de la adultez, ¿no es cierto?

—Bueno, también al tratarse de dos personas que, por las circunstancias de la vida, están afectivamente solas…
—En ese sentido ella es más vulnerable porque antes no estuvo sola pero un hombre que ha estado solo mucho tiempo es un tema diferente. Cuando alguien ha estado solo mucho tiempo y aprende a disfrutar de su soledad, ¡solamente cambia esto para estar mejor! Ya sabe vivir solo o sea que la nueva relación debe ser tan satisfactoria como para efectuar el cambio. También creo que, en la sociedad, hay un desprecio por la soledad. Sobre todo con las mujeres. Cuando una mujer está sola hay como una duda: ¿por qué está sola?, ¿por qué nadie le viene bien? Y, a veces, los hombres y las mujeres están solos porque les gusta estar solos y viven mejor así. Tienen relaciones ocasionales o no. A veces no se plantea tanto si una mujer está con un hombre y tiene una vida horrible con él como aquello de “¡siempre sola, siempre sola!”. Como si fuera una marca. Hay un trabajo de una socióloga israelí, Eva Illouz, cuyo título, “Por qué duele el amor”, trata justamente acerca de cómo la sociedad impone aquello de “no estar solo”.

—También ocurre que las mujeres somos más longevas que los hombres.
—También –sonríe–. Tan es así que tengo muchas amigas que comienzan a salir con hombres más jóvenes. No sé si ésa es la única razón pero… habría que ver…

—Volviendo a esta historia, ¿vos creés que, en la vida real, se puede tener tanta fuerza como la protagonista de tu novela?
—Me parece que se usa la fuerza en los momentos en los que la vida lo demanda. Nadie sabe, de antemano, cuánta fuerza puede tener. Muchas veces una persona que es aparentemente débil, en una situación límite, saca fuerzas de espacios desconocidos. Y, en cambio, también, personas que aparentan ser muy fuertes y seguras de sí mismas, se derrumban frente a una pequeña adversidad. Creo que esto es algo muy interno y, en cada caso, aparece en momentos diferentes. A veces, también, las circunstancias más difíciles permiten conocer al otro. Incluso, posiblemente, en el caso de la protagonista de mi novela, ella no se hubiera identificado si no le hubieran ocurrido ciertas cosas.

—Lo cierto es que (por lo menos para el lector) tus protagonistas siempre terminan por ahondar en sus sentimientos. Nunca se quedan en la superficie. ¿Es una característica personal o querés dotarlas de una particular profundidad?
—Cuando elegís a un personaje, debe tener ciertas condiciones para protagonizarlo. Si el personaje fuera alguien que sólo se queda en la superficie de las cosas, ¡dejaría de ser interesante como protagonista de una novela! Me parece que, cuando buscás a un protagonista, lo hacés en todas sus dimensiones emocionales y también ¿por qué no? en sus contradicciones. Esta es una de las cosas que nos enseñó María Inés Andrés: no solamente pensar cómo es tu personaje sino, también, qué hace con sus posibilidades. Incluso, hay cosas nuevas que, a veces, ni permitís que el otro conozca de vos.



mguinazu