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Me resisto al requiem

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Para cualquier atleta de alto rendimiento –y para muchos de los otros, también– el desafío por dejar su deporte antes de que el deporte lo deje a él resulta muchas veces un dilema de compleja resolución. Ellos, que saben hacer lo suyo infinitamente mejor que la enorme mayoría de los humanos que tratamos al juego como el analfabeto al diccionario, suelen convertirse en vulgares mortales, incapaces de tomar la decisión adecuada en el momento justo. Sólo el ocaso acerca a los genios a nosotros, los ordinarios. Es más, es un hecho que cualquiera de nosotros, chambones de las pelotas, las raquetas, las pistas o las piletas, terminamos disfrutando de practicar muy mal un deporte mucho más tiempo que el que, finalmente, se permiten los talentos que nos inspiran.

En todo caso, para usted o para mí, dejar de practicar una actividad suele ser una sugerencia del clínico, y no la condena del entrenador de turno que nos dejó afuera de la convocatoria para el próximo fin de semana. De un lado, una sugerencia prudente. Del otro, la condena. Ese dolor inconmensurable que sea otro, descarnado, honesto y, seguramente, acertado, el que te diga que ya no estás en condiciones de seguir haciendo aquello para lo que te preparaste toda la vida; muchas veces, se trata de lo único que el genio sabe hacer. En el mejor de los casos, será tiempo de acostumbrarse a ser uno más del rebaño y no parte de una elite del músculo y la imaginación que te llena de admiración, envidia y, muchas veces, mucho dinero.

Como en tantas otras ocasiones, éste es un tema que ameritaría agregar una larga línea de puntos para que sea usted el que elija el ejemplo que primero se le venga a la cabeza. Le aporto algunos. Martín Palermo supo retirarse haciendo goles, ese alarido alrededor del cual giró íntegramente su vida de película. Rápidamente, encontró en la dirección técnica el bálsamo para atenuar los efectos del puerperio futbolero. Alguna tarde, después de un partido exitoso en el banco de Godoy Cruz, Palermo abrió su corazón y, crudamente, confesó cuánto le costaba mirar desde afuera lo que, de a ratos, sentía que aún podía seguir disfrutando desde adentro. Matías Almeyda se fue, volvió y volvió a irse. Como Palermo, desembarcó rápidamente como uno de los muy buenos exponentes de camadas de entrenadores que, por suerte, parecen haber llegado para quedarse. Antes que Palermo, Matías ya había hablado de lo duro que había sido para él alejarse del juego. La primera vez. También, la última.

Faltan pocos días para que sea Lucas Bernardi el que deje el fútbol aún siendo de los que mejor lo juegan en nuestro mercado. Como sucedió con Verón. Como sucederá con Riquelme, el maldito día en que Román diga basta. Cada uno de ellos, en su dimensión, se apoyaron en la sabiduría para derrotar al tiempo, a los presagios y a un fútbol que, torpemente, les pone como único límite el vigor físico.

Abundan los contraejemplos. La reticencia a asumir el ocaso es tan común en el deporte que hasta ha sido asunto cinematográfico desde los primeros años de las películas sonoras. En los ’60, Armando Bo caminó hasta el círculo central de la Bombonera. Se abrió la camisa blanca del traje y se pegó el balazo mortal en un pecho que aún llevaba orgulloso la 5 de Boca que acababan de quitarle para dársela a un pibe de las inferiores personificado nada menos que en Antonio Rattin. Desde ese homenaje a la historia del uruguayo Abdón Porte (Pelota de cuero, 1963), hasta aquella historia lacrimosa de El campeón, de fines de los ’70, Hollywood, Cinecittá y Argentina Sono Film sucumbieron a la tentación de hablar de nuestros héroes, vulgares a la hora de saber decidir.

De eso, de saber decidir, se trata este momento de Luciana Aymar, que acaba de comenzar, asegura, su último torneo con las Leonas. Mucho más que el Champions Trophy de Mendoza del que hablan las crónicas, empezaría a cerrarse uno de los círculos más virtuosos que recuerdo en la historia del deporte argentino.

¿Por qué habría de retirarse alguien tan vigente como que nadie se anima a elegir a otra jugadora como la mejor del torneo, que sea que
ella decida disputar?

Por cansancio físico y mental. Porque lleva más de 15 años asumiendo que ser Leona es infinitamente más que jugar muy buen al hóckey.  Porque si aún es joven para jugar su juego, imagínense cuánto más joven es para empezar a vivir una vida sin el factor tan hermoso como condicionante de un deporte de alta exigencia. Supongo que porque sentirá que aún está en condiciones de decir adiós sin que nadie se lo pida. Supongo que por una enorme cantidad de razones íntimas de las que, aun si las conociera, jamás las haría públicas.

No siempre Luciana fue la mejor del equipo, aunque demoró muy poquito desde su debut adolescente para exhibirse como única en su especie. Sin embargo, por mérito de la gran cantidad de monstruos del juego con el que compartió el seleccionado, tardó aún más en ser la líder del rebaño. Ese liderazgo, inevitable no sólo por su talento sino porque enfatizó ese compromiso aun fuera de la cancha cuando fue necesario disfrazarse de “tía Lucha” ante las nuevas camadas, también provocó un desgaste importante. Ni que hablar del último de todos, cuando ofició de nexo, juez y parte en el conflicto entre sus compañeras, en cuerpo técnico y la dirigencia.

En todo caso, siempre es bueno tener en cuenta que la Luciana que, muy merecidamente, puede llegar a los entrenamientos manejando su auto, viajando desde su departamento en Buenos Aires, es sólo la de los últimos años. Ya siendo una enorme Leona y medallista olímpica, mucho más tiempo fue aquella que llegó a viajar a dedo desde Rosario junto con su compinche y hermana de la vida Ayelén Stepnik sólo para entrenarse con el equipo nacional. Eso incluía, a veces, ir y volver en el día no sólo porque no tenía su departamento, sino porque, alguna vez, tampoco hubo garantías sobre dónde pasar la noche. No vayan a dramatizar la escena. No sólo que ella no lo permitiría, sino que suele contar este tipo de anécdotas entre sonrisas y aclarando que todo lo hecho y mucho más valió la pena en nombre del juego que tanto ama. 

Los fanáticos del deporte somos una especie tan generosa en la admiración que transmitimos a nuestros ídolos como egoísta a la hora de exigirles eternidad. Eternidad o “una más, que no jodemos más” que, para quien ya se bajó del escenario, es lo mismo que una eternidad. En el caso de Lucha el tema es más complejo aún. Porque sigue logrando que el hóckey tome otra dimensión apenas se apodera de la bocha. Porque aun hoy sería capaz de disfrazarse de la mejor volante central del mundo como en la inolvidable semifinal de Perth 2002 o de inventar goles de Maradona con pollera como padecieron chinas o coreanas.

Les confieso que me sigo resistiendo al réquiem. Es esa resistencia la que bloquea la memoria y la reflexión. Al fin y al cabo, me aseguran que se termina la carrera de la más importante deportista argentina y de la mejor jugadora del mundo de todos los tiempos. Y eso no es gratis. Es como los libros de Cortázar, los cuadros de Van Gogh o la voz de Amy Winehouse. Podemos volver a disfrutarlos, pero sin la magia de la sorpresa por lo novedoso, por la magia del momento inesperado. La sensación que me deja la despedida de Lucha es la misma de saber que los Redondos no volverán. Hay algo que se muere dentro de uno cuando esas cosas pasan.

Debo decir que, por respeto, admiración y el enorme afecto que siento por ella, acaba de comenzar el torneo despedida del hóckey de Luciana. Sólo por respeto, admiración y afecto, me guardo para mí la sensación de que, dentro de dos años, me la imagino en Río, con la celeste y blanca. Entre tantas razones, sueño con una que la convenza del último de infinitos esfuerzos: convertirse en la máxima ganadora de medallas olímpicas de nuestro país.

Si así no fuera, lo que quedará será un vacío aun más grande que el que el hóckey mundial sentirá la semana próxima, cuando formalice su despedida. La ausencia de Lucha convertiría a ese certamen olímpico en otra cosa. En algo más vulgar. Menos extraordinario. Terrenal. De a ratos, descartable.



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