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Medicina alternativa

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Dallas Buyers Club (El club de los desahuciados, 2013) es una película extraordinaria que seguramente les dará a los actores principales (Matthew McConaughey y Jared Leto) los premios que se merecen por sus performances, pero que, sobre todo, obligará a los espectadores más educados a discutir sobre las relaciones complejas y nunca demasiado claras entre la medicina y la industria farmacológica (y, naturalmente, los enfermos).

Y a los espectadores más comprometidos con el tema de la película (el virus de HIV, la enfermedad llamada SIDA y las maneras de tratarla) a leer con un poco más de atención los prospectos de los medicamentos que se les prescriben.

El malo de la película no es el virus HIV, sino el AZT, la droga aprobada por la FDA el 19 de marzo de 1987 como tratamiento antiviral porque, se dijo, impedía la replicación del virus.

La película muestra, por un lado, una escandalosa indiferencia de los médicos en relación con sus pacientes (“Tiene un mes de vida, ponga sus asuntos en orden”, le dice el abominable Dr. Sevard a Ron Woodroof, el paciente al que acaba de diagnosticar como portador de HIV en 1986 y que morirá recién en 1992) y, en segundo término, una extraña complacencia en relación con los medicamentos que la FDA aprueba como tratamiento legítimo, el AZT, sobre cuya toxicidad ya se sabe tanto que muchos dicen que el AZT es la causa principal del SIDA (al menos, de varias de las enfermedades que terminan sufriendo los portadores de HIV: daños hepáticos, desórdenes musculares, lipodistrofia, anemia y supresión de la médula ósea, destrucción de los linfocitos T4).

Aunque los infectólogos sigan considerando que el AZT “es como un Falcon: no es lindo, pero te lleva”, la mayoría de los pacientes instruidos se niegan a recibir como parte de su tratamiento una droga aprobada en los Estados Unidos sin ninguno de los protocolos de control habituales y con tanta prisa como el anuncio del aislamiento del virus de HIV por parte del esperpéntico Dr. Robert Gallo, quien ya ha recibido la atención de esta columna (18.10.2008, y también: 13.06.2009 y 07.08.2010).

Dallas Buyers Club cuenta la formación y expansión de clubes de compradores de drogas alternativas al venenoso AZT y la lucha de la FDA en contra de esas asociaciones que distribuían entre pacientes desahuciados drogas y otras terapias alternativas en uso en otros países (DDI, cuyo uso es incompatible con el AZT, interferón, complejos vitamínicos, zinc, aloe vera, ácidos grasos, etc.). Terapias alternativas cuyo objetivo no es tanto atacar al virus sino reforzar el sistema inmunológico.

Por ese lado, la película se relaciona con las teorías disidentes sobre el SIDA, que han cuestionado reiteradamente la relación monocausal entre el virus (cuya existencia, en algunas posiciones extremas, incluso se niega) y la enfermedad, y que forzó a la corporación médico-farmacológica a una pomposa “Declaración de Durban” en 2000, que fue refutada punto por punto por los disidentes.

Dallas Buyers Club no necesita ir tan lejos para convencernos de que la medicina no siempre está del lado del bien. Rayon (Jared Leto) muere cuando la reingresan al hospital y la vuelven a medicar con dosis masivas de AZT.

Afortunadamente, la situación actual no es la de 1987, cuando se aprobó el AZT, ni la de 1981, cuando el SIDA hizo su aparición monstruosa entre nosotros. Sabemos más y estamos más preparados. Hay otras drogas (todas más o menos tóxicas), los médicos ya no son tan dogmáticos en lo que se refiere a las terapias alternativas (hormona DHEA, vitaminas y minerales, etc...) y la población en general está más alerta a las manipulaciones del capitalismo farmacológico.

En nuestro país, además, el Dr. Alfonsín nos legó la ley 23.661/ 89, que crea el Sistema Nacional del Seguro de Salud, cuya reglamentación dio origen al Plan Médico Obligatorio, que obliga a los prestadores de salud a distribuir gratuitamente los antirretrovirales, reforzado por la ley de genéricos de 2002, lo que minimiza la cantidad de rehenes y víctimas que quedan en las batallas campales del sistema de patentes.
Si alguien todavía dudas sobre por qué la economía norteamericana no es amiga de la argentina, acá tendrá una pista para seguir.
 



Daniel Link