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Meditaciones valdivianas

Viajo a Chile hacia el festival de cine de Valdivia y en el avión leo Zanzíbar, una novela de Thibault de Montaigu que publicó Mardulce. Allí Klein y Vasconcelos, un fotógrafo y un periodista, recorren los lugares más selectos del mundo alojados en los mejores hoteles gracias a la promesa de notas que nunca publican.

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Viajo a Chile hacia el festival de cine de Valdivia y en el avión leo Zanzíbar, una novela de Thibault de Montaigu que publicó Mardulce. Allí Klein y Vasconcelos, un fotógrafo y un periodista, recorren los lugares más selectos del mundo alojados en los mejores hoteles gracias a la promesa de notas que nunca publican. Hasta que un día aparecen muertos. Como el avión aterrizó antes de terminar el libro, ignoro que les pasó a Klein y Vasconcelos, pero la ironía de Montaigu me permitió comprender que la prensa del turismo de lujo no es muy distinta de la literaria ni de la cinematográfica.

En Valdivia, me encuentro con el cineasta boliviano Kiro Ruso, quien me cuenta una historia que tiene un punto de contacto con la de Montaigu. Kiro no es un estafador como ellos sino un cineasta talentoso y dedicado, un perfeccionista que estuvo cinco años para terminar Viejo calavera, su primer largometraje, con la colaboración de los mineros reales que lo protagonizan. En estos años estuvo buscando financiación para terminarla y para eso recorrió el mundo en el tour para proyectos en desarrollo y películas a medio terminar que piden plata a los fondos que controlan el cine independiente, al que amoldan a sus formatos y exigencias. Ruso no consiguió nada, pero los mineros empezaron a acusarlo de mentiroso y de simular que estaba filmando una película al mejor estilo de Klein y Vasconcelos. De modo que terminó financiando la película de su bolsillo y así perdió cinco años de su vida buscando plata. Pero la vida de los cineastas consiste, sobre todo, en buscar plata. En Valdivia encuentro al crítico y programador Roger Koza, quien me cuenta que está de jurado en el concurso del Fondo Nacional de las Artes y tuvo que leer una cantidad enorme de aplicaciones para elegir entre ellas 88 y otorgarles subsidios de cincuenta mil pesos a cada una para “desarrollo de proyectos audiovisuales”. Supongo que el trabajo de presentar la carpeta excede en algunos casos el requerido para completar el guión respectivo, pero desde Duchamp se sabe que lo importante de una obra es su proyecto aunque no se realice, como los reportajes de Klein y Vasconcelos.

En la inauguración del Valdivia me encontré con una sorpresa: la presencia de la presidente chilena Michelle Bachelet. Por primera vez un presidente chileno asistía a un festival de cine. Acostumbrados a los desbordes de Mar del Plata, los argentinos presentes contemplamos con asombro y envidia lo que no fue un acto proselitista sino una civilizada, sobria y republicana ceremonia. Bachelet promulgó una ley que les permite a directores y guionistas tener derechos como autores de las películas. Para eso trajeron una mesa al escenario y Bachelet firmó ante aplausos. La solemnidad del momento se complementó bien con la atmósfera de distensión. El director Raúl Camargo (una rara y brillante combinación de político y cinéfilo) le propuso a Bachelet dos cosas: que había que darle a alguna institución el nombre de Alice Guy Blaché (1873-1968, primera cineasta mujer de la historia que además vivió en Chile) y que había que obligar al futbolista Gary Medel a asistir a la próxima edición del festival. La emotiva ceremonia terminó con la exhibición de un cortometraje animado, de inspiración soviética, sobre la vida de Violeta Parra. No todo es perfecto en Chile.