COLUMNISTAS FRENTES ABIERTOS


Megatransiciones

Política exterior, institucionalidad y matriz estatal son cambios por venir. Fortalezas y debilidades.

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Es lo esencial invisible a los ojos? No necesariamente: la salud o la libertad son fundamentales, y su ausencia, imposible de ignorar. Pero muy a menudo nos pasan cosas trascendentales y tardamos en advertir su verdadera dimensión.
La Argentina está atravesando tres transiciones simultáneas que producen reacomodamientos muy profundos. Cada uno de ellos combina costos y beneficios que se van desplegando de manera no homogénea ni lineal a lo largo del tiempo: el trayecto es duro, lleno de baches y con algunos obstáculos que pueden torcer el destino buscado e incluso derivar en reversiones agudas, con consecuencias insospechadas. La reinserción argentina en el mundo es el cambio más nítido y palpable: un giro estratégico aunque pragmático, de casi 180 grados (continúa un vínculo estrecho con Rusia y China), sin ocultar su clara vocación occidental. La nueva diplomacia encabezada por Susana Malcorra está a años luz de la oscura gestión desplegada por su antecesor. Con profesionalismo y solvencia, la Argentina abandonó rápidamente la marginalidad a la que CFK la había condenado, para ocupar un inesperado lugar de liderazgo regional, apalancado por las hondas crisis que experimentan Venezuela y Brasil. Los resultados no se hicieron esperar, como las visitas de importantes mandatarios y el apoyo de los organismos de crédito (como la CAF, el BID y el Banco Mundial).
Pertenecer tiene sus privilegios, pero implica asumir responsabilidades. Constituirse en líder regional requiere involucrarse en asuntos complejos cuando todavía los desafíos internos dominan la atención del Gobierno. ¿Tiene espaldas Macri para ocuparse, por ejemplo, del desmoronamiento del régimen chavista cuando su propia administración está lejos de haber superado los problemas más graves, como la inflación, la falta de empleo, la caída del ingreso y la seguridad ciudadana? Algunos observadores consideran que, en este caso en particular, tampoco tiene los atributos necesarios: desde antes de asumir, Macri expresó su contundente apoyo a la oposición venezolana; difícilmente ahora tenga las credenciales para convertirse en un actor confiable para todas las partes si se precipita la caída de
Maduro.
El retorno del país a los mercados de crédito también implica someterse a los controles y auditorías de analistas e instituciones. Se acabó el recurso de manipular las estadísticas públicas sobre, por ejemplo, el déficit fiscal. De ahora en más, deberá restablecerse un cronograma claro y previsible para recuperar la confianza y despejar cualquier interrogante respecto de un país que hasta hace poco se enorgullecía de ignorar las reglas fundamentales de la economía y del mundo contemporáneo. En algún momento, también deberemos definir una estrategia inteligente de apertura comercial, tema respecto del cual no hubo hasta ahora señales claras, sólo vagas expresiones
de deseo.

Gradualismo. Paralelamente, estamos transitando una gradual despresidencialización del sistema político. Se trata de desmontar los mecanismos formales e informales que caracterizaron los liderazgos hiperpresidencialistas tan típicos de la Argentina. En efecto, el orden político se estructuró en torno a figuras dominantes, autoritarias e incluso predatorias. Macri, por el contrario, favorece un juego más equilibrado y abierto para otros líderes, dentro y fuera de su espacio. Tanto el Poder Legislativo como el Judicial adquieren una independencia y un protagonismo inusitados, ejerciendo entonces su función de control y contrapeso del Ejecutivo. Incluso, representantes de la oposición, gobernadores, sindicalistas y empresarios tienen la posibilidad de expresar sus preferencias y canalizar las demandas de sus representados, conformando un entorno de debate mucho más abierto y plural. Esto de ningún modo garantiza una buena gestión de gobierno, ni siquiera resolver los principales problemas de la ciudadanía. Pero se trata de un proceso muy proteico donde los actores económicos, políticos y sociales tienen la posibilidad de ventilar sus intereses sin temor a represalias.
Dicho esto, el esfuerzo por mejorar la calidad institucional todavía está pendiente: excepto el proyecto de ley de libre acceso a la información pública y el anuncio de gobierno abierto, no hubo avances en este aspecto medular de la agenda política. Sin embargo, la despresidencialización del sistema político es una condición necesaria para que mejore la calidad de la democracia. No es un cambio menor.
La tercera transición es un proceso más lento, tan o más importante que los anteriores y con un final no menos incierto: el cambio de la matriz estatal. La gran crisis de 2001 derivó en una reconfiguración política, social y económica en torno de un intervencionismo extremo por parte del Estado, capturado por un pequeño núcleo de poder (una familia y sus adláteres). Ese sistema entró desde 2011 en una larga decadencia estanflacionaria por las inconsistencias de sus políticas fiscales, financieras y de tipo de cambio, pero sin generar una crisis aguda, como ocurrió otras tantas veces en el pasado. De este modo, el cambio de la matriz estatal también adquiere una dinámica gradual. El Estado está dejando de hacer lo que hacía (intervenir con discrecionalidad, imponer cepos, definir ganadores y perdedores). Pero esto no implica que tenga la capacidad y los recursos humanos y tecnológicos para cumplir con sus funciones elementales: brindar los bienes públicos fundamentales para asegurar la gobernabilidad y la conformación de mecanismos de movilidad social. Así, la seguridad, la administración de justicia (y su acceso), educación y salud de calidad, la infraestructura básica y la protección del medio ambiente siguen siendo asignaturas pendientes. Mientras eso no ocurra, los argentinos seremos ciudadanos en teoría, imaginarios.
¿Tiene el Gobierno la fortaleza necesaria para impulsar estos cambios fundacionales mientras pugna por estabilizar la economía sin el consenso activo de las principales fuerzas de oposición? ¿Puede la Argentina darse el lujo de perder otra oportunidad de retomar la senda del desarrollo y la democracia por la falta de visión y generosidad de su actual núcleo gobernante?



Sergio Berensztein